“Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de
noche y aquellos que sueñan despiertos y de día... esos son peligrosos, porque
no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad.” (T.E.L.)
Las Brough eran las “Roll
Royce” de las motos en aquellos años. Eran diseñadas por George Brough, un
antiguo piloto que buscó la excelencia, llevar aquel medio de transporte a un
nivel superior. Cada una era distinta de las demás, siguiendo las
especificaciones y gustos del cliente. Eran ensambladas dos veces. La primera
vez se montaban todas las piezas. Después se desarmaban y se pintaban. A
continuación la moto se volvía a montar y se hacía una prueba de carretera para
comprobar que cumplían estrictamente con los requerimientos del cliente.
Una obra de orfebrería sólo al alcance de los más ricos desde que el salario de
los empleados en la Inglaterra de los años 30 llegó a la cifra de 3 libras por semana. Existían
distintos modelos y precios que variaban desde las 130 a las 180 libras de la época. Un auténtico
dineral.
El modelo más exclusivo de
todas las Brough era el SS100, un bellísimo ejemplo de pureza de líneas que
prometía alcanzar la cifra de 100 millas por hora (160 kms), y para ello
disponía de un novedoso cambio de 3 velocidades, un motor bicilíndrico KTOR JAP
dispuesto en V, que atesoraba la cifra de 45 caballos, inimaginable para una motocicleta en aquellos
años.
El 13 de Mayo de 1935,
Thomas Edward Lawrence, conducía su séptima SS100,
por una carretera secundaria cerca de Bovington. A todas las llamaba “George”,
por la amistad que tenía con George Bernard Shaw. Así, ésta era George VII. Acababa
de mandar un telegrama a su amigo Henry Williamson y regresaba a su casa. Tenía
47 años, medía 1.66, y había tenido una vida nómada, abrasado por el ansia de
los que no pertenecen a ninguna época, porque su destino es trascender, locos por conseguir arrancarle al tiempo lo que creen que les debe.
Lawrence
se estrelló en un cambio de rasante al encontrarse de frente con dos ciclistas.
Intentó esquivarlos y se salió de la carretera. Tras seis días en coma murió. Estoy
seguro que si le hubieran preguntado veinte años antes en los pedregales de
Irak, en los desiertos de Arabia, en el puerto de Aqaba, entrando victorioso en
Damasco, por cómo quería morir, él hubiera respondido que “rápido y a toda
velocidad”. Así fue.
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