martes, diciembre 27, 2005

Reflexología "ciega" en Singapur



"El Libro" nos recomendaba visitar un centro de reflexología. Vale, confieso que tuve que preguntar que era eso de la reflexología porque no tenía ni idea. Bien, tras una buena caminata por Orchard bajamos y buscamos el sitio. Cuando ya estábamos un poco mosqueados porque no lo encontrábamos una señora mayor nos dio en plena calle un papel que ponía que se daban sesiones de reflexología. Era el que buscábamos, el recomendado por "El Libro". ¡Suerte!Subimos por unas escaleras y nos atendió una china albina (!). Nos lavamos los pies y nos sentamos. Yo notaba algo raro y no sabía qué. Rápidamente todo se aclaró. Los empleados eran ciegos. Entre la impresión y el cosquilleo de los masajes (a veces ya dejaba de ser cosquilleo, no creáis, dolía de verdad) nos dio un ataque de risa de estos incontrolable que nos duró un rato. Eso sí, eran buenísimos. Los pies nos quedaron como nuevos.

Singapur al atardecer


Singapur es una de las ciudades más seguras del mundo. Y una de las más limpias. Te multan por todo. O al menos hay carteles que dicen que te multan: 1000 dólares por tirar basura, 1000 dólares por arrojar chicles a la calle...pena de muerte si te encuentran droga. Además ésta se aplica sin mucha dilación.

Estuvo unida durante unos años a Malasia pero a mediados de los sesenta se independizó. La comunidad predominante es la china que se trasladó desde la península malaya al sentirse discriminada por la mayoría malay, la etnia mayoritaria que controla el poder. Es un nudo de comunicaciones fundamental con Australia y otros puntos de Asia. Una ciudad muy interesante para pasar unos días.

Orchard Road. Singapur


Antes de llegar a Malasia aprovechamos tres días para visitar Singapur. Fue increíble. Singapur es primer mundo, una de las referencias comerciales de Oriente, donde todo se compra y se vende. Y dentro de este gran supermecado de lujo que es toda la ciudad destaca la "calle de las calles": Orchard Road. Multitud de centros comerciales donde encontrar de todo. Perderse por Orchard, simplemente pasear -si eres capaz de resistirte a comprar realmente es que eres un ariete de la antiglobalización- merece la pena.

Cena en Kuala Lumpur


La primera noche en Kuala Lumpur, justo después de recogernos en la estación, How-Seng comenzó su labor de ángel de la guardia. Nos llevó a cenar a uno de los restaurantes de los miles que hay en cada esquina. Comenzamos a darnos cuenta lo amable que es todo el mundo. La cerveza era "Tiger". Gloria bendita.

The King of the fruit


El rey de la fruta en el sureste asiático es el durión. Cuando tras dejar Changi Airport nos adentramos en las calles de Singapur camino del hotel, tropezamos con los duriones. Rectifico: tropezamos con su olor. Literalmente es para desmayarse. El olor es una mezcla indefinible de pis (en serio) y materia putrefacta. "Very stinky", dirían los sajones. Es la fruta más controvertida del mundo. Tiene detractores furibundos y partidarios que son legión.

Logicamente había que probarlo. Lo mismo después estaba bueno, la naturaleza es muy puñetera. Lo hicimos cuando "nuestro héroe local", tras tenaz insistencia (los chinos son así para todo) compró uno y lo partió para la degustación. El durión que veis estaba rodeado de tres caras inquietas, ojos espectantes y narices en cuarentena. Lo que se come son esas tres piezas redondas y carnosas. Se chupan y se deja la pipa. No me entretendré en describir el "mar de sensaciones contradictorias" que me provocó su ingesta. No es ni dulce pero tampoco es salado. Lo curioso es que no tienes fruta con la que compararlo, no puedes decir que amarga como tal o es dulce como tal otra. En mi vida probé nada igual. De todas maneras: con una vez basta.

Las Torres Petronas. Vistas desde la "Menara Tower", la torre de comunicaciones de Kuala Lumpur. Estaba atardeciendo y las Petronas refulgían inmensas y doradas. Tuve la impresión de que el diseño me recordaba a los edificios futuristas de Blade Runner, cuando ese Harrison Ford buscaba a replicantes que sólo ansiaban lo que todo el mundo: vivir un poco más. Un año más. Un mes más. Un segundo más.



Todo ocurrió como ocurre con las cosas importantes: de casualidad. Un amigo que llevaba tiempo sin ver me invitó a ver su país. Sonaba un poco disparate: Malasia. Sólo conocía, aparte de mi amigo, las andanzas que por esos mares tuvo un icono nunca olvidado de mi infancia, -gracias Salgari-un ilustre malayo: Sandokán ¡Qué buenos momentos me hiciste pasar, añorado Tigre de Bengala!Esas peleas por sitios tan exóticos, tan lejanos...Malaka, Lankawi...

Pero la idea de viajar allí era algo que tenía de forma indefinida, veleidades difusas, proposiciones queridas pero inconcretas, siempre aplazadas con un recurrente "un año de estos".

¿Por qué se toman las decisiones? ¿Por qué hay un segundo donde te vas o te quedas?¿Qué hace que dejes la calidez de la mesa camilla por viajar al quinto pino? Eso es algo que Javier Reverte o Bruce Chatwin han intentado explicar mejor que yo. En mi caso viajar es respirar. Viajar es encontrarme. Viajar es saber qué hago yo aquí. Reverte en su magnífico libro "El Sueño de África" nos dice que no se debe viajar para encontrar respuestas. Quizá no las encuentres nunca. Pero que una sóla pregunta justifica un viaje. Yo estoy con él. Navegando desde Kuala Tembelin a Kuala Tahan en una canoa frágil para llegar al grandioso Taman Negara, rodeado de la selva más antigua del planeta, un mar verde que te miraba con indiferencia, te sientes minúsculo. No eres nada. Una mota de polvo en el proceso de la vida. Aquella travesía fluvial fue un buen sitio para hacerse preguntas.

Alguien dijo aquello de "nunca le perdonaré al tiempo que no me hiciera saber que era feliz cuando lo era". Pues bien, a mi eso no me ocurrió. Cada día que estuve en Malasia fui feliz. De forma absoluta. Lo sabía cuando me levantaba. Y cuando me iba a dormir.Te perdono tiempo. Sólo por esta vez.

Berlín Silvester 2006