
Todo ocurrió como ocurre con las cosas importantes: de casualidad. Un amigo que llevaba tiempo sin ver me invitó a ver su país. Sonaba un poco disparate: Malasia. Sólo conocía, aparte de mi amigo, las andanzas que por esos mares tuvo un icono nunca olvidado de mi infancia, -gracias Salgari-un ilustre malayo: Sandokán ¡Qué buenos momentos me hiciste pasar, añorado Tigre de Bengala!Esas peleas por sitios tan exóticos, tan lejanos...Malaka, Lankawi...
Pero la idea de viajar allí era algo que tenía de forma indefinida, veleidades difusas, proposiciones queridas pero inconcretas, siempre aplazadas con un recurrente "un año de estos".
¿Por qué se toman las decisiones? ¿Por qué hay un segundo donde te vas o te quedas?¿Qué hace que dejes la calidez de la mesa camilla por viajar al quinto pino? Eso es algo que Javier Reverte o Bruce Chatwin han intentado explicar mejor que yo. En mi caso viajar es respirar. Viajar es encontrarme. Viajar es saber qué hago yo aquí. Reverte en su magnífico libro "El Sueño de África" nos dice que no se debe viajar para encontrar respuestas. Quizá no las encuentres nunca. Pero que una sóla pregunta justifica un viaje. Yo estoy con él. Navegando desde Kuala Tembelin a Kuala Tahan en una canoa frágil para llegar al grandioso Taman Negara, rodeado de la selva más antigua del planeta, un mar verde que te miraba con indiferencia, te sientes minúsculo. No eres nada. Una mota de polvo en el proceso de la vida. Aquella travesía fluvial fue un buen sitio para hacerse preguntas.
Alguien dijo aquello de "nunca le perdonaré al tiempo que no me hiciera saber que era feliz cuando lo era". Pues bien, a mi eso no me ocurrió. Cada día que estuve en Malasia fui feliz. De forma absoluta. Lo sabía cuando me levantaba. Y cuando me iba a dormir.Te perdono tiempo. Sólo por esta vez.