martes, octubre 02, 2012
Las basuras y las noches
¿Me puede gustar más Wim Wenders? Paris-Texas y Nastassia Kinski, y hace un rato "Don´t come knocking". Joder, tener tanto talento debe de ser algo irreal, trascender a esta mierda, imprimir belleza arrolladora a este estercolero debe de ser una verdadera experiencia. Por tíos como tú, me gustaría que existiera la reencarnación.
¿Me puede gustar más Sarah Polley? Es difícil. Te vi en "Mi Vida sin Mi" y me dejaste sin habla. Tan acuática, extraterrestre, bellísima en tus mundos abisales. Me muero cuando te miro. Saldría contigo, lo dejaría todo, me mudaría de continente, aprendería esperanto, coleccionaría sellos del país que me dijeras, sacaría todas las basuras de todas las casas donde durmieras todas las noches que te quedaran por vivir.
http://www.youtube.com/watch?v=xgsszfxMyBQ
sábado, septiembre 15, 2012
Estoy enamorado de mi vecina.
Absolutamente, sin solución de continuidad. Antes de verla, la
presentí y ya me gustaba.
Oí un ruído de arrastrar muebles en el piso contiguo, que llevaba sin inquilinos desde siempre, taladros, operarios que entraban y salían y los preparativos de un desembarco inminente en forma de cajas, plantas, bolsas de Bimba y Lola, que generó una vaga sensación: tengo vecinos. Sopesé las posibilidades: un hombre no (incompatible con Bimba y Lola); quizá una pareja. Con niños. El horror. Llantos a medianoche, -el niño no come, el niño no para de comer, está enfermo, habría chillidos de amor entre padres e hijos (cosita mía, amor de mi vida, se puede ser más guapo, Dios mío, dale un besito a papi ) que romperían mi equilibrado mundo, mi coqueto pisito de soltero con tele plana, cenas burguesas a lo Woody Allen, risas inteligentes con la bruma de taninos y retrogusto se irían al carajo porque en mitad de una conversación sobre la fragil belleza de Naomi Watts (tema al que recurro cuando no sé de que hablar) escucharíamos el aullído de un infante desdichado, los reproches entre los padres (levántate tú alguna vez, el niño también es tuyo) y el repertorio de frases que desde mi atalaya de single irreductible siempre he grabado en mi disco duro para ingerir cicuta si yo soy protagonista.
O quizá, una mujer. Y esa era una sugerente opción. Y si era mujer, ya por pedir que fuera guapa. “Coge una mujer guapa, hijo, cuestan igual que las otras”, me decía mi padre, y yo seguí sus consejos como un Abraham postmoderno detenido en el último segundo en su estocada mortal. Por lo tanto, decidí pensar que mi vecina era un bellezón, por supuesto soltera, había llegado allí tras un desengaño amoroso que le indujo a cambiar de barrio, a modo de retiro tibetano para reflexionar sobre el fracaso inherente a todas las relaciones, sobre la mentira, sobre los besos amargos y las noches de terraza con cervezas en silencio. Sí, eso. Ella se habría dado cuenta de que su historia no iba bien cuando llegó al punto del que habría hablado con su novio cuando lo conoció: “Mira a esos dos. Llevan una hora y no se han dirigido la palabra”. Y ese día, el día en que a ella le pasó eso, se habría mudado para estar junto a mi. Porque aunque todavía no la había conocido, sí que la música que le gustaba -la compartía a través de las paredes- transmitía y corroboraba todo mi armazón intelectual: Le gustaba Muse, Radiohead, Joy Division, Morrisey, Kasabian. ¡Como a mi! Evidentemente, desprendían desgarro, oscuridad, sinceridad, me emocionaba cada vez que sonaba “Love will tear us apart”, y casi tenía que contenerme para no dejarlo todo, llamar a la puerta, abrazarla, ella con los hombros encogidos y los brazos flojos resistiendo mi abrazo salvador de todas las plagas bíblicas de su vida, y decirle: “No te preocupes, amor, ya estoy yo aquí”.
Oí un ruído de arrastrar muebles en el piso contiguo, que llevaba sin inquilinos desde siempre, taladros, operarios que entraban y salían y los preparativos de un desembarco inminente en forma de cajas, plantas, bolsas de Bimba y Lola, que generó una vaga sensación: tengo vecinos. Sopesé las posibilidades: un hombre no (incompatible con Bimba y Lola); quizá una pareja. Con niños. El horror. Llantos a medianoche, -el niño no come, el niño no para de comer, está enfermo, habría chillidos de amor entre padres e hijos (cosita mía, amor de mi vida, se puede ser más guapo, Dios mío, dale un besito a papi ) que romperían mi equilibrado mundo, mi coqueto pisito de soltero con tele plana, cenas burguesas a lo Woody Allen, risas inteligentes con la bruma de taninos y retrogusto se irían al carajo porque en mitad de una conversación sobre la fragil belleza de Naomi Watts (tema al que recurro cuando no sé de que hablar) escucharíamos el aullído de un infante desdichado, los reproches entre los padres (levántate tú alguna vez, el niño también es tuyo) y el repertorio de frases que desde mi atalaya de single irreductible siempre he grabado en mi disco duro para ingerir cicuta si yo soy protagonista.
O quizá, una mujer. Y esa era una sugerente opción. Y si era mujer, ya por pedir que fuera guapa. “Coge una mujer guapa, hijo, cuestan igual que las otras”, me decía mi padre, y yo seguí sus consejos como un Abraham postmoderno detenido en el último segundo en su estocada mortal. Por lo tanto, decidí pensar que mi vecina era un bellezón, por supuesto soltera, había llegado allí tras un desengaño amoroso que le indujo a cambiar de barrio, a modo de retiro tibetano para reflexionar sobre el fracaso inherente a todas las relaciones, sobre la mentira, sobre los besos amargos y las noches de terraza con cervezas en silencio. Sí, eso. Ella se habría dado cuenta de que su historia no iba bien cuando llegó al punto del que habría hablado con su novio cuando lo conoció: “Mira a esos dos. Llevan una hora y no se han dirigido la palabra”. Y ese día, el día en que a ella le pasó eso, se habría mudado para estar junto a mi. Porque aunque todavía no la había conocido, sí que la música que le gustaba -la compartía a través de las paredes- transmitía y corroboraba todo mi armazón intelectual: Le gustaba Muse, Radiohead, Joy Division, Morrisey, Kasabian. ¡Como a mi! Evidentemente, desprendían desgarro, oscuridad, sinceridad, me emocionaba cada vez que sonaba “Love will tear us apart”, y casi tenía que contenerme para no dejarlo todo, llamar a la puerta, abrazarla, ella con los hombros encogidos y los brazos flojos resistiendo mi abrazo salvador de todas las plagas bíblicas de su vida, y decirle: “No te preocupes, amor, ya estoy yo aquí”.
Estoy enamorado de mi vecina. Y antes
de conocerla, de oir su voz, de escuchar su risa, siento vértigo,
ahora que oigo el ruído de su puerta y que sé que si me doy
prisa la podré ver por la mirilla.
domingo, septiembre 09, 2012
Hace unas semanas tropecé con un
libro. El título me llamó la atención: “Momentos de inadvertida
felicidad”. Leí algunas páginas y rápidamente quedé enganchado.
Tentado estuve de comprarlo. Lo cogí, lo solté, volví a dejarlo en
el anaquel para retomarlo después, como para despedirme
correctamente, como esos novios principiantes de “no, cuelga tú,
amor, tú primero”, porque era tan sugerente, de una liviandad tan
cercana que abandonarlo allí, entre tantos libros de crímenes
nórdicos, asediado por miles de páginas de autoayuda contemporánea
y guías de viaje sobre sitios que dejan de ser interesantes en el
momento que llevas una guía, me partió el corazón. Abrí la
puerta de la librería como quien se despide de un viejo amor para
siempre y salí contento y triste a la vez porque sabía que
volveríamos a encontrarnos.
Al día siguiente, no pude evitarlo, cogí el tren, me planté delante de él y le dije: vente conmigo. Disfruté muchísimo. Ligero, humano, reconocible...y mediterráneo. ¿Hay libros mediterráneos? Por supuesto. Como libros bálticos, como libros del Mar del Norte, imposibles de entender al cien por cien si no vives en la Costa de Maine, si Nantucket no es algo más que un nombre, si no has soportado dos horas de atasco un domingo por la tarde cualquier agosto saliendo de Málaga. Y cuando digo mediterráneo, me refiero a la impronta que deviene por estar cerca del mar. Consideras lacerante haber llegado a aceptar que tu país será siempre segunda división comparada con esos bárbaros del Rin, donde la mayoría de las cosas funcionan correctamente, donde no hay ropa tendida en los balcones y la masa calvinista trabaja y ahorra en silencio mientras nosotros comemos sardinas en chanclas con gafas de sol pagadas a plazos en El Corte Inglés. Pero interiorizas que eso, eso que detestas también lo amas. Este libro va de eso. O a mi me lo parece.
Al día siguiente, no pude evitarlo, cogí el tren, me planté delante de él y le dije: vente conmigo. Disfruté muchísimo. Ligero, humano, reconocible...y mediterráneo. ¿Hay libros mediterráneos? Por supuesto. Como libros bálticos, como libros del Mar del Norte, imposibles de entender al cien por cien si no vives en la Costa de Maine, si Nantucket no es algo más que un nombre, si no has soportado dos horas de atasco un domingo por la tarde cualquier agosto saliendo de Málaga. Y cuando digo mediterráneo, me refiero a la impronta que deviene por estar cerca del mar. Consideras lacerante haber llegado a aceptar que tu país será siempre segunda división comparada con esos bárbaros del Rin, donde la mayoría de las cosas funcionan correctamente, donde no hay ropa tendida en los balcones y la masa calvinista trabaja y ahorra en silencio mientras nosotros comemos sardinas en chanclas con gafas de sol pagadas a plazos en El Corte Inglés. Pero interiorizas que eso, eso que detestas también lo amas. Este libro va de eso. O a mi me lo parece.
Pero también va de otras cosas. De
nosotros, de tí, de mi, de lo que fuimos, de lo que nos amamos y
sufrimos, de la miseria interior que llevamos pegada a la piel como
si fuéramos terroristas suicidas. Somos complejos, infelices,
felices, trágicos, mezquinos, generosos, apasionados, amamos cosas y
gente que nos produce dolor, con intensidad y sin límite. Caemos en
simas oceánicas de siniestra oscuridad al comprobar que el encanto
se fue sin saberlo, que disfrutas estando solo más que con ella, que
fantaseas ahora con todas menos con aquella con la que soñabas antes
de los primeros besos. Somos mediterráneos. Qué le vamos a hacer.
Hemos tenido esa suerte.
sábado, septiembre 08, 2012
No quiero escribir una carta empalagosa. No quiero usar palabras gastadas. Ni tirar de filosofía de “todo a cien”. No quiero decirte que lo siento hasta no sabes cuánto. Porque una vez que lo leas no significará nada para ti. Solo más palabras. Nada puede ya evitar tu dolor. No quiero ser pesado, ni pedante, ni excesivamente profundo, ni tan superficial que mis frases no tengan la pátina de algo importante, no quiero ser otro más que escribe cartas pidiendo perdón por algo horrible, entre tantas que ha habido, ni que todo resulte un conjunto vacío de excusas sin alma. No quiero decirte sin más que lo siento, porque entonces mi carta duraría un segundo, lo que tardo en escribir esas dos palabras. Lo siento. Dos. Lo. Siento. No quiero enumerar todo lo que hice mal desde que nos conocimos, y que el corolario de todo haya sido un viaje espacial sin retorno al planeta de las mentiras, la desilusión, la amargura, el fracaso, las lágrimas y la rabia. La rabia.
Ahora que te escribo mi primera y última vez, ahora que no habrá respuesta, cuando nos abandonamos ya sí, a que pase el tiempo y nos volvamos invisibles, podría decir que lucharé hasta el último día para conservar tu risa en mi memoria. Y mentiría. Se me olvidará tu risa. Se perderán los buenos momentos porque estarán cubiertos de ese agrio sabor de lo que acaba mal. Se me olvidará donde estuvimos. Qué hicimos. Y eso me entristece. Se me olvidará incluso que te escribí esta carta y que tú enfurecida, la borraste inmediatamente, como todo lo relacionado conmigo, en una suerte de pira funeraria, el crepitar al fin, de palabras, teléfonos, e-mails, fotos, buscando acelerar la extinción de lo común. Porque estoy muerto. Me lo has dicho. Estoy muerto para ti. Tengo un libro que se llama “Memorias de Ultratumba”. Chateaubriand. La carta de un muerto no tienen ningún valor, así que asumo la futilidad de mi tarea, la inanidad de todo esto. Cuando la leas, llamarás a tus amigas y dirás “me ha escrito”. “Sus chorradas”.
Pese a todo, concédeme una última gracia, ya que no soy ni siquiera un condenado. Ya estoy muerto. Permíteme que te susurre al oído las dos palabras. Lo. Siento. Dos.
*Foto: http://bferry.wordpress.com/
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