jueves, octubre 31, 2013

99#6





Yo no había leído nada de Flaubert hasta que leí algo que iba de Flaubert. “El Loro de Flaubert”, de Julian Barnes. Después, inmediatamente pasé a leerlo: cayeron “Madame Bovary, la “Educación Sentimental”, “Noviembre”. Y creo que ya está. Pasé una temporada muy imbuído por su forma de escribir. Era un maestro de la ocurrencia, un fino estilista, un mago de las palabras con un estilo zumbón, ligeramente lúbrico, un tipo talentoso en las descripciones de objetos muertos. Era capaz de llenar dos páginas hablando de un sombrero en una mesa. Esa era la parte que menos me gustaba de él, después sí había cosas que me resultaban interesantes, como por ejemplo la visión del “outsider”: Flaubert subido en en su andamio intelectual escribe con asco y aburrimiento sobre algo. Flaubert disecciona las miserias de sus personajes con una precisión que asusta. Cuando Emma Bovary se despeña poco a poco por las simas de la infidelidad, uno no puede sino plantearse lo mismo que le ocurre cuando se engancha a Breaking Bad. Ves a un fulano que es  profesor de química al que le comunican que la va a palmar en unos meses de cáncer. Seguidamente tiene la feliz idea de fabricar metanfetaminas para ganar mucha pasta que dejará a su familia. Ya sabéis: las penas con pan son menos.  En fin , ves eso en el primer capítulo y ya te dices: “Esto no va a acabar bien”. Lo sabes como que mañana amanece, lo sabes con la seguridad que te da la experiencia de cinco mil series anteriores,  noventa mil películas a las cuatro de la tarde, y más muertos en tu subconsciente que en todo el Sitio de Stalingrado. Sabes que  ese tipo no acabará bien. Y sabes que Emma Bovary no acabará bien.
Ese epílogo no impide el disfrute de Breaking Bad, ni por supuesto del libro de Flaubert.  Pero, ¿Hay alguna similitud entre Walter White, el protagonista de la serie y Enma Bovary? A ver: Enma , chica que vive en el campo, dada a las ensoñaciones románticas, ávida lectora, frágil, delicada,  se casa con un médico viudo. Al matrimonio le sucede rápidamente la frustración, y ella no tiene otra vía de escape –sí la tiene, pero si no no estaríamos hablando de nada- que serle infiel a su marido. Primero con el “chulo piscinas” de Boulanger, un Lecquio al uso, un indocumentado sin escrúpulos que quiere algo muy loable: tirársela. Y después contarlo a sus amigos en  una noche de copas, o de calvados, que para eso estamos por la zona de Normandía. En 1850 no había wassap, y por tanto Boulanger no pudo mostarle ninguna conversación subida de tono a sus colegas. Bastó con su palabra. Además, el que esté casada le da al tema mucho morbo, un objetivo legítimo para los depredadores académicos. Después, tras el fiasco, Emma, en vez de quedarse en su casa haciendo punto de cruz criando a su niña (sí, ha tenido una niña del médico, Dios aprieta pero no ahoga), le da por solazar su melancolía con León Dipuis, personaje éste que detesto. Un triste que  quiere lo mismo que Boulanger pero lo envuelve con literatura, frases grandilocuentes, pelos alborotados , tez blanquecina  y naderías sin fin. Es lo peor. Y acaba todo como el rosario de la aurora.

Walter  White se va a morir de cáncer. ¿Y qué hace? Meterse a criminal, sin dudarlo, mintiendo a su familia, juntándose con camellos , con yonquis, con la escoria. Y para lograr tener éxito -sólo medido en bolsas negras con fajos de billetes apresados en gomas-, hace juegos malabares, manteniendo la apariencia de tipo gris, padre de familia y a la vez cocinero de droga sintética azul que crea con sofisticado celo profesional, obviando alguna consideración moral. Repito: sabes que aquello no va a durar, que tu contrastado disco duro de pelis/series/ no necesita cruzar demasiados datos para que le endiñes la etiqueta de fiambre, pero eso no obsta para que le tengas cariño. Es un  dead man walking en la prisión estatal  de Texas, pero tiene cierta elegancia, admitámoslo. Emma me cabrea en su inactividad. Vive en un mundo de risa y de color, una diletante de sofá y peluquería, gastando dinero que no tiene, y dejándose enredar por alimañas ávidas de flujos soñados. Me gustó la maestría de Flaubert en mostrarla  irritante, ojo, me pareció un meritazo. Describir tan bien como una francesita burguesa del diecinueve se estrella, como sugerir sus sentimientos tan contenidos, sus suspiros cadenciosos paseando ausente por los parques de Yonville, sólo lo puede hacer alguien que haya sufrido un proceso de ósmosis sensorial catártica. Es como jugar al Grand Theft  Auto sin saberlo.  Y ahí está la dicotomía: ser soldado o filósofo. Emma es una teórica del amor, se le seca la boca hablando de él, el amor, ese ideal, esa luz que se le escapa entre las manos. La vida de Walter es un eterno Enero en el  Stalingrado del 43. Le queda poco, las hordas rusas huelen la sangre desde el Volga y van a por él. Morir o morir matando. Decide lo segundo. Quizá Emma y Walter no tienen nada que ver. No lo había pensado.



domingo, octubre 27, 2013

99#5




Me acabo de enterar que ha muerto Lou Reed. Y me lo ha dicho la persona que tenía que hacerlo, no había otra en el mundo que me pudiera dar esta noticia. Cumplimos años, y la gente que queremos, que ha significado algo va desapareciendo a golpe de alertas de periódicos digitales, de mensajes de facebook, dejando en nosotros una zozobra que no es digital sino analógica, una pena que no está en la "nube", sino en nuestros corazones. Se nos muere Lou Reed, cuando creíamos que todos los que significaron algo en nuestros años atravesando incendios y risas  tendrían la decencia de morirse el mismo día que nosotros, ni un segundo antes. Me has fallado.

Menos mal que que nos dejaste tus canciones. Yo también tarareo eso de "just a perfect day. You make me forget myself. I thought I was someone else. Someone good ". Cada vez que te escuchemos, nos harás mejores. Gracias, amigo.

viernes, octubre 25, 2013

99#4


A las seis de la mañana, después de mil esfuerzos por dormir se dio por vencido y decidió dejar el hotel. Todavía no había amanecido y una brisa agradable le acompañó cruzando el jardín, trayendo un suave olor a sakura que se fundía con las luces de los coches que como una hilera incesante y silenciosa desfilaban por las avenidas circundantes. El silencio de Tokio. Una ballena enorme que se sumerge en el Ártico tras mirar por un segundo de costado al tipo del barco que instintivamente abre un poco su boca, incapaz de descifrar la grandeza de lo que ve. Tokio era su Mobby Dick y el vapor de su soplido le humedecía la cara.
Se metió por la boca de metro y anduvo durante diez minutos por pasillos larguísimos; se cruzó con bastante gente que cual legión disciplinada marchaban diligentes a sus trabajos. La ropa de los japoneses. El gris, el negro. Abrigos. Las máscaras en la boca.
Se decidió por  la línea Yamanote ,la que daba vueltas a la ciudad sin solución de continuidad, como un Sísifo ferroviario que no paraba jamás. Encontró en el andén a un ejército de “salary men”, con la vista perdida, esperando. Llegó el metro. Un empujador con gorra de plato empezó a vociferar y a realizar su trabajo con eficacia, obligando a las hordas obedientes a entrar en los chiqueros subterráneos, y éstos, y él, se movían hacia la boca deglutidora, rápido, antes de que el general empujador  les gritara que ya no cabía más gente, que la bestia estaba saciada. Tuvo suerte y entró. Siempre le gustó el metro, a todos los enamoradizos y melancólicos les gusta el metro. Sueñan con las vidas ajenas, en cómo será la vida de esa chica que lee manga, tan marciana aunque casi roce su hombro, y quien será el receptor de esos mensajes de móvil a las seis de la mañana de ese chico con pelo naranja.
Se bajó en Harajuku. Cogió el mapa, bordeó Yoyogi Koen y se adentro por el sendero  flanqueado de  árboles. Miles de ellos. Volvían a la vida. Enormes y callados.  Amanecía y la luz anaranjada comenzaba a darle al horizonte una línea de sombra mortecina, que se perdía entre el verde oscuro de los prados. Los pájaros revoloteaban entre las fuentes, posándose una milésima de segundo y retomando el vuelo hacia esas silentes ramas que ya sí, se iban definiendo como brazos gigantes sostenedores de aire.

Los pasos en la gravilla. Ese sonido. Y su respiración. Una puerta Torii, separadora de lo profano y lo divino, le sorprendió .  En mitad de la nada, aquel arco de madera, le anunciaba algo, aunque no sabía muy bien qué.  Llegó a  Meiji Jingu. En la entrada apilados a la derecha, se encontró con barriles blancos, debería preguntar qué era aquello. Pero no lo hizo. Un cartel obligaba a lavarse las manos antes de entrar a las estancias principales y eso hizo, junto a una anciana que lo miraba sonriente y que al terminar se despidió con esa genuflexión que provocaba azoramiento. Entró en el templo y escuchó palmas. Cada plegaria era acompañada de palmas. Se sentó. Miró a su derecha y se encontró a la anciana. Le sonrió de nuevo. Le cogió la mano y le estuvo hablando durante cinco minutos. No entendió ni una palabra pero de alguna manera se sintió mejor. Salió fuera, cogió un trozo de papel del bolsillo, escribió lo que había ido a escribir y lo dejó en el muro, con cientos de papelitos más. Respiró. Y se despidió de su padre.

jueves, octubre 24, 2013

99#3



“Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día... esos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad.” (T.E.L.)

Las Brough eran las “Roll Royce” de las motos en aquellos años. Eran diseñadas por George Brough, un antiguo piloto que buscó la excelencia, llevar aquel medio de transporte a un nivel superior. Cada una era distinta de las demás, siguiendo las especificaciones y gustos del cliente. Eran ensambladas dos veces. La primera vez se montaban todas las piezas. Después se desarmaban y se pintaban. A continuación la moto se volvía a montar y se hacía una prueba de carretera para comprobar que cumplían estrictamente con los requerimientos del cliente. Una obra de orfebrería sólo al alcance de los más ricos desde que el salario de los empleados en la Inglaterra de los años 30 llegó a la cifra de 3 libras por semana. Existían distintos modelos y precios que variaban desde las 130 a las 180 libras de la época. Un auténtico dineral.

El modelo más exclusivo de todas las Brough era el SS100, un bellísimo ejemplo de pureza de líneas que prometía alcanzar la cifra de 100 millas por hora (160 kms), y para ello disponía de un novedoso cambio de 3 velocidades, un motor bicilíndrico KTOR JAP dispuesto en V, que atesoraba la cifra de  45 caballos,  inimaginable para una motocicleta en aquellos años.


El 13 de Mayo de 1935, Thomas Edward Lawrence, conducía su séptima SS100, por una carretera secundaria cerca de Bovington. A todas las llamaba “George”, por la amistad que tenía con George Bernard Shaw. Así, ésta era George VII. Acababa de mandar un telegrama a su amigo Henry Williamson y regresaba a su casa. Tenía 47 años, medía 1.66, y había tenido una vida nómada, abrasado por el ansia de los que no pertenecen a ninguna época, porque su destino es trascender, locos por conseguir arrancarle al tiempo lo que creen que les debe.

Lawrence se estrelló en un cambio de rasante al encontrarse de frente con dos ciclistas. Intentó esquivarlos y se salió de la carretera. Tras seis días en coma murió. Estoy seguro que si le hubieran preguntado veinte años antes en los pedregales de Irak, en los desiertos de Arabia, en el puerto de Aqaba, entrando victorioso en Damasco, por cómo quería morir, él hubiera respondido que “rápido y a toda velocidad”. Así fue. 



miércoles, octubre 23, 2013

99#2



En España los hombres mueren a los 78 y las mujeres a los 84. Eso dicen los números. Por tanto, me quedan 36. O sea, que ya he comenzado el segundo tiempo del partido. ¿Soy más sabio? ¿Soy más maduro? ¿Soy mejor? No, no, no. ¿He aprendido de mis errores? Lo suyo es que sí, pero no estoy seguro por una razón: básicamente me gusta lo mismo que me gustaba hace veinte años. Libros, mujeres, viajes, cine, música. Y si me analizo, creo sinceramente que lo que he perdido es fuerza. Fuerza para meterme de lleno en lo que me hace feliz. No he leído los libros que debo, no he viajado lo que era necesario cuando podía, para tener esa visión serena de las cosas, no he visto todas las pelis que sé que harían irme a dormir con una sonrisa o con una pregunta. Ni siquiera he sido un melómano consistente. La música que he escuchado han sido propuestas en su mayoría de otros, recomendaciones de radio. O sea, que el tiempo ha hecho de mi una versión peor. Putadón.
No todo es malo. No vayamos a cortarnos las venas antes de que Miss Parca nos sonría. Tenemos tiempo para tener no redención completa pero sí algunos instantes  de genialidad, flashes que hacen que nos sigamos reconociendo. Acabo de empezar “Nieve de Primavera” de Mishima y desde las primeras páginas el tío arrinconado de hace veinte años me canibaliza y se apodera de mi. Cómeme, amor. Y así, todo. ¿Pero  lo que queda de vida son ya momentos de lo que fuimos? Cuando estoy triste sí lo pienso. Que el 70%  del tiempo es trabajar en algo que paga facturas, compartir charlas intrascendentes, romper el silencio del comedor cuando marca tu equipo, y ver seis capítulos seguidos de Breaking Bad los fines de semana. O sea, un planazo de cojones.
Cuando estoy feliz, una bruma de esperanza cala en mí. Y pienso que soy capaz de todo. Imparable. Esos son los mejores días y los que querría que duraran para siempre.
¿Y en cuánto a las mujeres? Siempre la solución, siempre el cataclismo.

martes, octubre 22, 2013

99#1






“Elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos”. Honoré de Balzac.

-“¿Nos vamos a una playa nudista?”- dijo al dejar sobre la mesa la caña de cerveza. Hacía calor allí, el toldo no evitaba que estuviésemos a punto de arrancar a sudar en aquella terraza junto al mar. Me pareció que dentro de la lógica furtiva de nuestros encuentros lo razonable era decir: “Estupendo”.  Estupendo.
Terminamos el arroz caldoso, un café adulterado y nos fuimos.
El amor de mi vida despareció de mi vida hacía muchos  años para volver a mi vida unos días después de haberme casado con otra persona. Podría hablar de porqué lo nuestro no funcionó, porqué nos hicimos tanto daño y qué sentí cuando ella se casó con otro. También de las ganas de morir, y de todo eso. Pero creo que no le interesa a nadie.
Volvió como un relámpago, y rápidamente supimos que seguíamos teniendo el fulgor de siempre. Su matrimonio no iba bien. El mío, tras su irrupción, entró en una cuesta abajo imparable. Hablamos mucho esas primeras veces. De todo, con ansia por recuperar todo lo que el tiempo nos debía. Todo era como antes, pero mejor.
Incluso nos reíamos al comentar nuestra realidad; el futuro era un testigo incómodo, una letra con vencimiento muy lejano. Nos alegrábamos tanto de vernos, que pasábamos de puntillas por nuestras parejas equivocadas, no fuésemos a hacer demasiada sangre, y aunque no lo reconocimos, ellos eran extraños en nuestro recuperado amor, personajes sin papel  en ese “remake” sobrevenido de nuestras vidas, caras que no entenderían la preexistencia atómica e indestructible de nosotros, latentes durante tanto tiempo como  super héroes  en la Antártida que vuelven a la vida con los poderes intactos, volando a la velocidad de la luz, poseedores y custodios de fuerzas de planetas lejanos que nos otorgaban  la capacidad refractaria de ser inmunes al mal.  

Conduje hasta la playa nudista. Pagué unas monedas, se abrió una valla. Siempre es desconcertante los primeros momentos cuando estás desnudo ante extraños. No los verás nunca más en tu vida, pero aún así. Nos fuimos lejos. Dejamos la bolsa de plástico con la ropa y las llaves del coche en la arena. Me cogió la mano y nos fuimos al agua. Atardecía. Me abrazó, esos labios salados dentro de mi. Por detrás, un mercante como un paquidermo  lejanísimo partía la puesta de sol.

“-Vámonos”- me dijo. Sorteamos las piedras de la orilla cogidos de la mano; la corriente nos había desplazado y no encontrábamos nuestras toallas. Al llegar a ellas, la risa paró y nos miramos. La bolsa había desaparecido.
No contaré lo proceloso que fue salir de allí con un mínimo de dignidad, sin ropa, sin llaves, sin dinero. Me ahorraré detalles.

Mucho tiempo después, ahora cuando recuerdo aquel verano, no puedo evitar pensar en lo extraño de nuestras vidas. Y a pesar de que los finales son lo menos importante, sí tengo la completa seguridad de que en el éxtasis de aquellos meses nosotros no éramos nosotros. Éramos Ménades danzando en una epifanía de fuego, naciendo y muriendo, volviendo a la vida y ardiendo buscando aquella máscara.