lunes, noviembre 11, 2013

99#9


Año 2356. Al fin se consiguió. El Desfibrilador de Partículas es una realidad. Con la intrusión de la válvula proteica se ha dominado el átomo. Ahora se destruye y se vuelve a crear, se traslada en el tiempo. O sea, que ya podemos viajar al futuro y al pasado.

Vayamos por partes. Si no hubiera muerto en el 2356, porque han inventado un santo grial en forma de ADN, por esas cosas que siempre anuncian unos tipos de la Universidad de Michigan y me veo allí con más años que una palmera pero totalmente sin una arruga, lo que viene siendo un modelo mejorado de "El Puma" (¿alguien sabe los años que tiene “El Puma”?) y otro fulano con leggings negros que se llamara Luca (italiano, cómo no) me dijera: “Amichi, ¿Dónde quieres ir?”. ¿Qué le diría?. A ver:

Creo que, sí, estaría una temporada recordando de dónde vengo: Asistiendo a la lectura de El Banquete por el Autor, ensimismado en el Ágora, una mañana de Abril.  Con el gran Julio en Farsalia, sintiendo el fuego de la victoria, comprobando la biblioteca de Adriano, dándole a Cleopatra un imperio ficticio a cambio de que me acercara a Ra, en una noche alejandrina.

Tras mi periodo clásico, ya domino el latín y el griego a la perfección, lenguas francas que me servirán para siempre. En cualquier situación futura soltaré eso de “Certum est, quia impossible”. (Cierto es porque es imposible). Lo diré con desgana, mirando al mar sosteniendo un martini, con una rubia que me miraría arrobada sin entender nada. Y qué mas da: gracias Petronio, Suetonio, Antonio, y todo lo que acabe en onio.  


Tras aquello…¿dónde? Hernán Cortés llega a Cozumel. Allí, blandiendo espadas y pecho de latón a lomo de caballos, algunos indios asustados le dicen que en la isla hay otro como ellos, que es esclavo de un cacique local. Hernán le manda una carta para un posible encuentro. Y tras varias vicisitudes aparece un español, naúfrago de una expedición anterior que habiendo perdido toda esperanza de salir de allí, ya conocía la lengua indígena, se había adaptado a las costumbres tropicales con inusitada rapidez y se entendía con aquellas gentes con soltura y gracia. Gerónimo de Aguilar se llamaba. Pues se encontraron. Y le faltó tiempo para irse con Hernán y sus barcos, convirtiéndose en intérprete que sería utilísimo para la conquista de México. Pero ese encuentro de naúfrago a lo Tom Hanks debió ser sublime. Como tengo tiempo, puedo estar donde quiera, ¿vale?  

domingo, noviembre 10, 2013

99#8


Escucho “Un Buen Día”, de los Planetas, porque me parece que es la canción que sincroniza con  cómo me siento.  “Nos hemos metido cuatro millones de rayas”…

¿Cúanto duele el amor?¿Hay un aparato con wifi que lo mida, en plan escala de uno a diez, o que utilice barras de colores de azul a rojo intenso, o con atractivos iconos en forma de lágrima de uno a tres, siendo uno  fase de ponzoña otoñal y tres fracaso rotonda-píllame-camión? ¿Qué cojones hacen en Cupertino que no lo fabrican ya? “Nos hemos bajado a tomarnos unas cañas. Y me he reído con ellos”


Anoche vi “La Vida de Adele” y me di cuenta de que el amor duele. Ya lo sabía, de más, lo experimento, pero cuando lo ves en pantalla grande durante tres horas con banda sonora, chicas que hablan en francés sobre el tema y encima hay lágrimas y sexo muy explícito  a diez centímetros de tus ojos, se refresca el conocimiento de que sí, de que la secuencia del asunto es esa en muchas ocasiones, el resplandor cegador-conocerse-estar bien-dejar de estar tan bien-no estar bien-estar un poco mal-estar bien y mal-estar peor que mejor-estar mal-no saber por qué estás-no te ves estando-no estás. Y después lágrimas. Adele, la prota, llora un montón, la pobre, y a uno le dan ganas de achucharla, decirle que la entiende, que es para eso y para más, que todo irá bien, que eso pasa, que patatín que patatán.  Palabras que no servirían de nada. Lo sabemos porque a nosotros cuando hemos estado como ella, -tú también, ¿verdad? ¿O eres de otro planeta?- no nos han servido de nada. Es esa sensación de pérdida, de que ya nada será igual, el vitriólico agujero que tienes en el estómago. Al igual que el primer día en que nos lanzan al mundo ya llevamos el gusano microscópico que roe la viga maestra de nuestra existencia, desde la primera mirada que nos cruzamos con alguien nuevo, en ese segundo nos intercambiamos vía infrarrojos el virus invisible que nos hará sentir que perdemos pie, que la cosa ya no tiene solución. Y lo que te queda son los siguientes mil buenos días al estilo de Los Planetas. 

viernes, noviembre 01, 2013

99#7




“Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror desde las parte de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a  veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian. De modo que las guardaré para mí, y cubriré con ellas las paredes de mi choza”.
(Gustave Flaubert)


En el siglo XIX nadie podía ser catalogado como un genio sin haber contraído la sífilis o haber luchado contra los turcos en Grecia. En el siglo siglo XX para atesorar ese esclarecido honor debía de haber escrito un panfleto maoísta, o uno estalinista, haber dado conferencias sesudas sobre la muerte del capitalismo y la lucha de clases y fumar en pipa como Sartre.
¿Y ahora? ¿Qué hay que hacer para ser un genio? Quiero decir para que tu nombre se salga de ese “mainstream” y flote en la ingravidez cero de los que cual Faro de Alejandría iluminarán nuestro porvernir. Uno lee: “Steve Jobs cambió nuestra forma de relacionarnos con la tecnología, la hizo accesible, democratizó de forma cualitativa la intereacción entre las personas. Fue un genio”. Sí, quizá lo fuiste, Steve. Me molan tus teléfonos, tus gadgets tan cool y tu rollo casual. Has hecho que me pase el sesenta por ciento de mi vida respondiendo wassaps. Pero no te critico, ojo, es simplemente envidia. Creaste algo de la nada y eso tiene un valor per se, fuiste un Leonardo californiano. Te admiro, crack.
¿Qué es lo que decía Jonathan Swift? Ah, sí, era algo así como “cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Leí la frase en el libro de Kennedy Toole en mis años de universidad. Me pareció acertadísima, y de hecho, tiro de ella cada vez que algún talibán del Madrid discrepa  de mí viendo el fútbol. Supongo que es vanidad, ese arrogamiento fatuo de superioridad que nos hace tan estúpidos. ¿O era orgullo? Repasando a Flaubert estos días, me encontré que en una de las cartas que le escribe a Colet, esa loca que no paraba de agobiarlo en aras a procrear, a atarlo, a agobiarlo, a castrarlo en realidad, en respuesta a las quejas de ella sobre que sólo se “interesa por él mismo”, él le espeta: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Supongo que si ahora alguien me respondiera así un mail, mi grado de lividez alcanzaría cotas siderales. ¿Se imaginan? Estás en un garito, rastreas como un programa de la NSA americana posibles caras interesantes para “la seguridad del país y la libertad de nuestros aliados” y tras ingerir un último trago de ambrosía destilada te lanzas al ataque. Hablas de banalidades con una sonrisa, que si blablablá, y crees que todo va bien, has emitido las señales correctas, y pronosticas a tenor de sus risas, un temblor de barbilla cuando dentro de un rato veas lo que estás deseando.: una diosa con curvas te mira saliendo del cuarto de baño a ti, sí a ti, que estás echado en la cama. Pero de repente, regresas a la lucidez y escuchas como sus maravillosos labios brillantes se acercan a tu oído y te susurran, con música de “Vampire Weekend” al fondo: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Y miras alrededor buscando micrófonos ocultos, es más, estás seguro de que tiene un pinganillo en la oreja donde alguien le dicta esa frase para que te la suelte a ti y se te quede esa cara de gilipollas.

Lo dicho: zambullámonos a buscar conchas. El agua está buenísima. Se está mejor dentro que fuera.