miércoles, abril 15, 2020

99#17




           Lady Agnes of Lochnaw. John Singer Sargent (1893)
                                ‎Scottish National Gallery‎, Edinburgh










Querida Gertrude:

Supongo que estarás sorprendida al haber leído el nombre del remitente de esta carta. He imaginado ese momento y barajé distintas situaciones, algunas descabelladas que espero que no se hayan producido, como que mi misiva haya terminado en la magnífica chimenea de Lochnaw Castle, en cuyo caso me conformaré con haber tenido la fortuna de que tus maravillosos ojos hayan dedicado unos segundos a algo que salió de mi mano y de mi corazón.
Si no es así, Gertrude, si mis palabras no sucumbieron en el fuego y me estás leyendo ahora mismo desde el chester rojo con una taza de té incandescente –bebida como siempre a sorbos cortos como era tu costumbre- quiero decirte dos cosas:
La primera es que he vuelto de India. Tras seis años donde mis tribulaciones podrían haber completado algunas páginas del Standard, decidí marcharme de mi último empleo en la Compañía de las Indias Orientales habiendo conseguido más fortuna de la que hubiera podido soñar cuando cogí triste y sin un penique aquel barco en Liverpool.
Sé que ahora mismo habrás puesto el sutil mohín de disgusto al leer esto último. Una dama no habla de dinero. Permíteme Gertrude, que  busque aunque sea erróneamente llenar mi exangüe pozo de vanidad.
La segunda cosa que te quiero decir, querida, no carece de cierta analogía con los motivos últimos – bien lo sabes- que originaron mi abrupta partida: tú. Vuelvo por ti. Podría añadir cientos de frases a esta afirmación, pero eso lo habría hecho el hombre enamorado y dubitativo que conociste en aquella maravillosa noche donde Bach amenizaba nuestro primer encuentro. Aquel hombre murío. El primer día que murió fue cuando lo rechazaste con una leve sonrisa, dándome razones que recuerdo como las brasas ardientes que vi en Rajastán en las festividades Holi. Tu boca, que quería devorar expelía sílabas equivocadas. Oí “soy mayor que tú, estás empezando a vivir, no niego que me atraes pero debo de pensar en el presente, tú solo tienes futuro”.  Ay, amor.
Me comunicaron que te has casado con Andrew Agnew. Recibe mis felicitaciones más sinceras, que lo son, y dicho lo cual, he de confesarte que no estoy sorprendido por tu elección: obstenta título, fortuna imprecisa pero impecable posición. Una opción de presente. Enhorabuena.
Hay un detalle que ha debido quitarte algunas horas de sueño –corrígeme si me equivoco-, que es el hecho de que ese “presente” que anhelabas sea también más pasado de lo que imaginas. Tiene catorce años más que tú. Confió así mismo que con tu gracia y elegancia sepas compensar el proverbial aburrimiento que traslada a cualquier reunión. Quizá sepas encauzarlo –no te  subestimes- para que llegue a tener esa virtud victoriana tan propia de la gente que no habla porque no tiene ninguna opinión que no sea prestada: será discreto.

El otro día me encontré por casualidad con el pintor Sargent en el club. Hablamos de ti y me informó que tu marido le ha contratado para hacerte un retrato de tres cuartos. Me estuvo hablando de los detalles. Utilizará –no creo que te descubra nada- un biombo de seda azul que compró a un marchante chino como fondo y te sentarás en un sillón Bergere.
Estaba realmente entusiasmado con el posible resultado y según me comentó insistirá en que te pongas para las sesiones de posado un vestido blanco de gasa, -“parece una ninfa en El Parnaso, créeme”- me dijo-, que según él fue la sensación de la última de las fiestas que has organizado con tus amigos. Ardo en deseos de verte con ese vestido, Gertrude.
Le di a Sargent un pequeño estuche que contiene algo que compré para ti en Jaipur. No voy a desvelarte qué es, pero póntelo para el retrato. Así, cuando reclines la espalda sobre el lado izquierdo del sillón rococó floreado, con la cuidada dejadez de tu brazo a lo largo del mismo, rozando el final del fajín malva que te cubre la cadera y la pierna que se apoya en la otra como meandros de un río tropical, mirándome con los ojos que solo tienen las elegidas de Rati, sabré que aún me quieres.

99#16






Hacía unos meses que había muerto mi madre y le prometí que vendría.

Dejé el coche en una plaza empedrada, presidida por una torre con reloj, y  cogí una de las calles que salía de allí paralela a la carretera hasta que di con el hostal que tenía la cafetería abierta.
Al sentarme al lado de la chimenea metálica, cerca de la ventana, el silencio apenas se rompíó por alguna puerta que se abría a lo lejos, y el casi inaudible sonido del amontonamiento de la nieve en el techo de los coches. Altdorf era un pueblo pequeño, con casas alpinas, fachadas blancas, techumbres marrones y ventanas de colores que rezumaban solidez, hechas para durar.

Podía haberme olvidado de lo que le dije, como tantas veces no he hecho lo que aseguré que haría a mucha gente. Pero tras días de quedarme en la cama, pensando en tiendas de ataúdes y derribar sombreros a viandantes como diría Melville, me dije que se lo prometí. Y allí estaba, a las tres y media, que era la hora acordada.

Cuando la enfermedad devastadora avanzaba como un bulldozer loco por el cuerpo de mi  madre, y cuando ya solo se levantaba de la cama durante pocas horas al día, una mañana recibió una carta. Una carta de Suiza. Me dijo que se la leyera:

“Estimada Señora :

Soy Jacob Christell. Tengo 76 años y vivo en Altdorf, cantón de Uri, en Suiza. Se preguntará por qué me pongo en contacto con usted. Se lo voy a decir. Desde hace muchas generaciones vamos heredando algo muy singular en mi familia. Unas cartas que una abuela nuestra muy lejana recibió durante años desde La Carlota, el pueblo en el que nació usted y su madre. Por razones que no quiero explicar, le estaría muy agradecido si al menos las leyera. Después puede hacer lo que quiera con ellas.
Me gustaría poder entregárselas personalmente pero mi estado de salud es precario. Soy el único  que queda de los Christell y por tanto, las cartas se perderán cuando yo muera. Quizá nada importa, pero me gustaría que las viera y me dijera si quiere conservarlas. Puedo mandárselas por correo si tiene interés.
Reciba un atento saludo."
Jacob Christell


Mi madre calló. Después susurró: “Altdorf ”. Y recuperando un brillo de ojos perdido, dijo:
- Dile que mande las cartas. O mejor. Ve tú allí. Es importante.
La miré como si estuviera escuchando a alguien que deliraba, y sospeché que la morfina había hablado por ella. Me volvió la cara y muy seria confirmó:
- Todos venimos de allí. Frank Tristell fue el abuelo común de todos nosotros. Somos séptima generación de alemanes.
- Pero mamá, espera. Primero este señor se llama “Cristel” y no es alemán, es suizo.
- Originalmente era Cristel, pero ya sabes que los escribanos de aquellos siglos españolizaban todo. Y respecto a que es suizo: eso no importa. En aquellos años no existía Alemania como estado, y el criterio que pusieron Olavide y el sinvergüenza de Türriegel fue la lengua. Venían de Suiza pero hablaban alemán. Pregunta al cura y te lo dirá. Además, los franceses quemaron los archivos y ya cada uno se puso el apellido que le dio la gana.
- No sé mamá, me suena bastante raro.
- Escríbele al menos, por favor. Me gustaría leer esas cartas
Y todo quedó allí. Mi madre tenía una obsesión con sus ancestros. Eso de “somos descendientes de colonos alemanes” era un cajón de sastre para explicar un montón de cosas.
Si éramos retraídos, era por la sangre alemana, no es que fuésemos “antipáticos” sino que éramos serios “como los alemanes”. Y de ahí surgía un corolario a modo de llave multiusos.
Las acciones y la falta de ellas tenían una explicación multicausal pero a ella le parecía divertido apuntar a esos alemanes como demiurgos obniscientes dirigiéndonos a su antojo desde el Valhalla. O al menos eso pensaba yo. Sí es cierto que había perdurado a través de generaciones un patrón en las distintas ramas Tristell: altos por regla general, y con pelo entre castaño y rubio. Abundaban los ojos claros. Pero no era siempre así, y en nosotros, a diferencia de muchos de mis primos, por influencia de mi padre, algo que mi madre en silencio seguro lamentaba, no había rastro del gen nibelungo. Castaños ordinarios y ojos marrones.
La recuerdo hablar con mis tíos de los colonos, claro. Trazaban árboles genealógicos que se remontaban a tres y cuatro generaciones, con multitud de apellidos imposibles, que ellos no estaban seguros de como se escribían, y lo aderezaban con anécdotas de los personajes más singulares, aquellos que habían destacado en algún momento para bien o para mal. Desde pequeño me encantaba oírlos, en aquella mesa de celebraciones, con mi abuela presidiendo y dictando autoridad sobre aquellos temas que suscitaban controversia, como una sacerdotisa de Delfos, que tras sacarle las entrañas a una gallina, miraba en qué dirección volaban los pájaros.

Mi madre murió y tras un mes de pensar que hacía yo, no sólo allí sino en todos sitios, escribí a ese hombre en mi oxidado alemán una carta corta. Le dije que aprovechando que iba a estar de vacaciones por Suiza me pasaría a visitarlo y podríamos tomarnos un café. Le expuse el día y la hora y tras un rápido chequeo en internet elegí un hostal para vernos. No me respondió.



La puerta emitió un crujido y entró una chica con un gorro cubierto de nieve. Se quedó de pie y nos miramos.
- ¿Eres B?- dijo, con un tono cálido
- Sí- contesté sorprendido. ¿Tú...?
- Me llamo Magdalena. Estabas esperando a mi padre. No va a venir. Murió hace dos meses.
               
                                                      *******

Llevaba un abrigo negro que se quitó a cámara lenta, imbuída en el vapor humeante de su aliento, pegó su espalda al respaldar de la silla, suspiró y me contó todo.

Eran cartas del abuelo que se marchó a España y que le escribía a su abuela. Llevaban casados poco tiempo. La idea del abuelo Frank era ir primero y después que se uniera ella, cuando él estuviera más instalado, con casa y tierra, con animales y oficio. Eso era lo prometido. Aquello era el pasaporte para una nueva vida promisoria en un lugar donde dejar atrás la nieve, y la permanente lucha de tener algo que comer. Muchos lo hicieron. Además había otro asunto nada menor: estaba embarazada y embarcarse en un viaje como aquel no era lo más conveniente.
- Y hay más- dijo arrastrando las palabras- Puedo enseñártelas si quieres y ya ves lo que haces con ellas.

Pagué y la seguí. Llegamos a una casa grande, cálida con un agradable olor a café. Se veían libros, papeles apilados, un gato en un sofá que me miraba silente, cuadros ocres que eran mapas, fotos de gente con cara rosada y sonriente. "Este era mi padre. Hace muchos años". Y reparé en una cara dura, un señor de mi edad que miraba la cámara sosteniendo un vaso pequeño de cristal de café. Viste un polo negro y la mitad de su cara está ensombrecida. Y hay algo en esa mirada que me conmueve, me atraviesa. Es como si me viera yo.
Sacó de una caja de madera ribeteada de motivos orientales un sobre grande parduzco que contenía unas cubiertas de plástico. Debajo de estas, hojas como papiros, frágiles y cuarteadas, con manchas, con una letra vertical, imposible de entender.
Me pasó otras a ordenador que eran el contenido de todas ellas. En orden cronológico. Y esas sí las entendí. Frank Christell le escribía a su mujer embarazada. Le decía que el viaje había sido difícil. Que la travesía desde Trieste a Almería resultó complicada por no estar acostumbrado al movimiento del barco. Que ver el mar por primera vez era toda una experiencia. Y que todavía no tenía casa propia pero que confiaba en tenerla pronto.
En otra, Frank se queja de las condiciones, de que han tenido que desmontar todo el terreno, lleno de zarzas y piedras, que la gente se queja de que esto no es lo que le habían prometido.
Y le pregunta por el pequeño Joseph. Le insiste en que la espera en primavera. Se despide con unas palabras en español.



Mis ojos dibujaban rápidas líneas paralelas leyendo deprisa. Y llegué a la última.
"Querida Magdalena:
Espero que Dios te tenga bien, así como a nuestro hijo. Disculpa los meses en que no te he escrito. Aquí las cosas están mal. La cosecha ha sido escasa y el dinero prometido no llega.
¿Anda ya Joseph? Háblame de él y de cómo estás tú"...
Continúa más y se despide con un "siempre tuyo, Frank".

- Y ahí acabó todo- me miró seria-.Después, el silencio de los siglos. La abuela Magdalena no supo más de su marido. Crió a su hijo sola, murió sola. Mi padre quería de una forma absurda contactar con vosotros porque tras investigarlo, supo que hubo otros dos Christel que marcharon a la zona de La Carlota o alrededores y los únicos descendientes con los que ha podido contactar sois vosotros. Así que él entendíá, que quizá alguno podría darle alguna información. Personalmente creo que todo esto es un disparate, pero me veo obligada a hacer lo último que me pidió antes de vender todo, quemarlo o tirarlo al contenedor. Vivo en Berna y quiero resolver este asunto lo antes posible, así que nada. Aquí acaba mi labor. Mi padre, era un señor difícil. Se movía entre su natural hosquedad, su frialdad y sus arranques de sobreprotección. Eso y el que no nos viésemos mucho porque se divorció de mi madre hace muchos años, hizo que nos convirtiéramos en casi extraños. Digamos que nos falló el timing cuando hicimos intentos de acercamiento. La culpa no es sólo de él.
Ya sé que es precipitado. Pero ¿podrías ayudarme o mejor dicho, podrías ayudarlo a él?
-Cuando vuelvas, intenta averiguar qué le pasó a Frank Christell.

Nos despedimos. Nos dimos un beso en la mejilla. La suya estaba caliente.
                                                                                           
                                                        ***

No voy a abundar en lo que vino después. Hablé con el cura de la Iglesia de Santa Ana en La Carlota que disponía del archivo que sobrevivió a los franceses. Allí comprobamos nacimientos y decesos y cientos de legajos variopintos, arrendamientos de los Christell, y de la evolución del apellido hasta llegar a Tristell, según el párroco porque tras morir los monjes capuchinos alemanes que vinieron con los colonos ya nadie sabía cómo escribir las diéresis,todo lo que sonaba raro se fonetizó. Todo se escribió para entenderse.
De allí saqué el árbol genealógico de los Tristell, efectivamente, eran tres ramas que se extendían y se mezclaban con apellidos Herzog, Hilinger, Walls, Alors. Después me sirvió muchísimo hablar con Juan Helmann, investigador curioso y atento de todo lo relacionado con ese fenómeno extraordinario que originó que 6000 europeos emigraran desde sitios como Alemania, Suiza, Francia, etc, hasta una zona tan aparentemente incompatible para ellos como la parte norte de Jaén en el paso de Despeñaperros (La Carolina, Guarromán...) y la zona sur de Córdoba siguiendo la ruta desde Sevilla a Madrid. Según me contó Juan en aquellas tardes tan fructíferas, fue una idea revolucionaria, un verdadero intento de reforma, de afrancesar la estructura del estado por un lado (la división de la Carlota en Departamentos), de asegurar esa ruta vital con asentamientos que terminaran con la inseguridad (asaltos, bandidos) y por otro lado dotar a tierras baldías de colonos extranjeros que las cultivaran y las pusieran en valor, redistribuyendo la tierra con pequeños propietarios o arrendadores. "Se les prometió en oro y el moro", me contaba Juan, "pero fueron literalmente engañados: las casas no estaban preparadas, las tierras tardaron en adjudicarse porque antiguos propietarios, latifundistas y algunos ayuntamientos vecinos no querían ceder parte de su término municipal a extranjeros, y se les echaron encima. Vivieron un infierno.
Para más inri sufrieron unos años después una epidemia de paludismo que los diezmó, fruto de la falta de higiene y de las penalidades".
Nunca le podré estar más agradecido a Juan todo aquello por toda la luz que me aportó. Le expliqué el asunto y se metió de lleno en él. Le pareció tan novelesco y tan sorprendente que quiso desenredar "ese silencio europeo" como a menudo me comentaba entre risas.

Y todo se aclaró. Llamé a Magalena. Le dije que sin prisa, me gustaría contarle lo que ocurrió en persona. Que cuando tuviera tiempo, concertáramos un día. Podría ir yo a Berna o ella a Córdoba. Me dijo que iba a arreglarlo y que me contestaría lo antes posible. Ante su insistencia para que le adelantara algo, le contesté que el silencio europeo había terminado.
Ella rió.

Transcurrieron tres semanas hasta que una tarde me saludó tras el cristal de su coche alquilado, con sus gafas negras y el mismo abrigo que le había visto aquella tarde. El contraste del negro con su cara blanca y angulosa le conferían el aire de la foto de su padre. Me miró sonriente y me besó.

- Te voy a llevar a un sitio- le dije casi divertido.

Y allí estábamos. Delante de una cruz que pone F. Tristell. 1772. "¿Qué le pasó?", me preguntas. "Lo que le pasó son dos cosas. Primero que se casó aquí con una alemana, María Ott sin decírselo a tu abuela. Y pasó que murió por paludismo poco después. Dejó una niña".

Magdalena calló. No sabíamos porqué Frank se casó. No sabemos porqué no le dijo nada a Magdalena. O si se lo lo dijo y ella nunca lo reveló. Tampoco sabemos cómo vivieron estas dos mujeres su ausencia. Una cerró el duelo. Otra, sola en un pequeño pueblo de los Alpes Suizos se preguntó durante toda su vida a qué sabían sus besos durante la última noche que estuvieron juntos.

Miré a Magdalena. Allí los dos como estatuas permanecimos callados un rato. Me cogió la mano. Me abrazó con fuerza, me rozó con su pelo rubio y me miró con los ojos que atraviesan miles de noches. Y fue así como me contagié.