lunes, diciembre 06, 2010
Rabo de Toro (II)
Cosas que nunca haremos:
-Levantarnos juntos los sábados por la mañana. Me dejabas el lado izquierdo y te dormías enseguida, como si el secreto mecanismo que movía tu cuerpo durante las horas de sol tuviera un límite temporal preciso. Y caías en un sueño definitivo de viaje de años luz acompañado por una respiración de sibila mitológica. Como despertaba muchas veces durante la noche, al verte imaginaba si soñabas en color, esa conversación tonta que tuvimos una vez. Tus ojos por la mañana y tu sonrisa al darme los buenos días. Tu forma de mirarme. Y cómo acababas en mi lado de la cama.
-Pasear sin rumbo, callados. Hacernos fotos. Hacer fotos a tejados. Ver tus zapatos al lado de los míos.
-Ver una película derrumbados en tu sofá tocándonos los pies.
-Colgar mis camisas en la parte del armario que una vez me dijiste que era para mi.
-No haber viajado contigo. Me jode no haber hecho un viaje contigo. Me cabrea, me parece una putada infame. Creo que serías una buena compañera de viaje. Un viaje que sellara nuestro amor para siempre. Lo necesitábamos y no lo hicimos.
Leo:
“Sí, es un lugar estupendo para extraviarse en él” . (Bruce Chatwin, “Los Trazos de la Canción”. Córdoba, 11 de Marzo de 2000. Firma).
“Llamadme Ismael. Hace años, no importa cuántos exactamente, hallándome con poco o ningún dinero en la bolsa y sin nada de especial interés que me retuviera en tierra, pensé que lo mejor sería darme a la mar por una temporada para ver la parte acuática del mundo. Es una manera mía de combatir la melancolía y de regular la circulación de la sangre. Siempre que siento que empiezo a hacer mohines y a enfurruñarme, y noto las húmedas brumas de Noviembre en mi espíritu; siempre que me sorprendo parándome ante las funerarias, o incorporándome al cortejo de cuantos funerales encuentro y, sobre todo, cuando mi hipocondría prevalece de tal manera sobre mí, que tengo que echar mano de todos mis modales para salir a la calle deliberadamente y, a golpes de modo metódico, quitarle a la gente los sombreros de la cabeza, entonces es cuando comprendo que ha llegado el tiempo de volver al mar con urgencia.” (“Moby Dick”. Herman Melville. Sin fecha, lugar, firma).
“Como cuestor le cupo en suerte la Hispania Ulterior. Recorriendo allí por delegación del pretor las diferentes demarcaciones para administrrar justicia y habiendo llegado a Gades, al encontrarse en el templo de Hércules frente la la estatuta de Alejandro Magno se puso a llorar, y como cansado ya de su propia negligencia, puesto que, se decía a sí mismo, a la edad en que Alejandro había ya sometido al mundo entero, él, en cambio, no había realizado ninguna acción memorable, solicitó inmediatamente ser relevado del cargo para poder aprovechar cuanto antes en la Urbe las oportunidades de más ambiciosas empresas. Desconcertado también por un sueño tenido aquella noche (pues le pareció mientras dormía, haber cometido estupro con su madre) los adivinos le insuflaron una desmedida esperanza al interpretar como un auguro de su futuro dominio sobre todo el orbe de la tierra, ya que, aseguraban, esa madre, que había visto que se sometía a él, no era otra que la Tierra, que es considerada la madre de todas las cosas. “ (“Vida de los Doce Césares”. Suetonio.Córdoba, 29 de Marzo de 2003. Nombre. Firma).
El zumbido del motor se difuminaba . Abajo una inmensidad helada se hacía inabarcable a través de la ventanilla, unos minúsculos surcos de vez en cuando, quizá carreteras, cuarteban el terreno, única mácula a la extensión extraterrestre que tenía ante sus ojos. Desde que salió de Narita, había leído pasajes de algunos libros que llevaba en el equipaje de mano, había escrito en su cuaderno, el que le acompañaba para plasmar los flashes que no quería que se perdieran en el mar líquido de una memoria cada vez más frágil, e incluso en pleno insomnio hizo torpes intentos de manipular la reducida pantalla que tenía enfrente con el ánimo de caer, al fin, dormido, engullido por una sedante película.
De repente, notó el roce de su piel. Giró un poco la cabeza y allí estaba, congelada en una elegancia yacente, pálida. La noche anterior tuvo su primer sueño erótico con ella. Se despertó sobre las cuatro de la madrugada y tuvo que escribirlo en el cuaderno.
Escribo:
Entro en un bar de tu ciudad. Me pregunto qué hago allí solo. Pido una cerveza. Alguien me toca. Eres tú. Me sonríes y noto como si un cortafríos me hiciera pedacitos. No sé que decirte porque estoy bloqueado . No me preguntas dónde he estado todo este tiempo. No te pregunto si tienes novio. Me coges la mano y me susurras al oído: “ya está bien, amor”. De repente estoy tocando el número 6 en un ascensor. Abres la puerta. Entramos en el dormitorio de la derecha. Me besas. No paras de besarme. La oreja derecha. El cuello. Me muerdes el labio inferior. Me haces daño. Me gusta. Tiras de la camisa. Me desabrochas un botón del vaquero. Respiro más fuerte. Ya no veo donde está tu cabeza. Te desnudo con ansia, con estertores de depredador. Me coges la cara con las dos manos. “Fóllame”. Entra luz por la ventana y gimes. Tus gemidos. Ya no los recordaba.
Me despierto a las cuatro de la mañana.
- ¿No te has dormido?
- No. Lo he intentado, pero imposible.
- ¿Has estado leyendo?
- Sí. Y entreteníendome con mi cuaderno anti alzheimer
- Ah, ¿sí? ¿Has escrito ya que estás loco por mi?
- He escrito…cosas que ya nunca haríamos.
- ¿Y eso?
Con un gesto, se liberó del cinturón del asiento y se acercó a él sin esperar a que respondiera. Le dio el beso más largo de la historia de la aviación comercial. Nunca se había sentido más feliz. Pensó en el cuento de aquel caballo que leyó de pequeño. Y esperó al lado de un manantial con las bridas doradas a que llegara Pegaso para volar los tres hacia Caria para siempre.
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