martes, octubre 22, 2013

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“Elegancia es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo de la misma manera que ellos”. Honoré de Balzac.

-“¿Nos vamos a una playa nudista?”- dijo al dejar sobre la mesa la caña de cerveza. Hacía calor allí, el toldo no evitaba que estuviésemos a punto de arrancar a sudar en aquella terraza junto al mar. Me pareció que dentro de la lógica furtiva de nuestros encuentros lo razonable era decir: “Estupendo”.  Estupendo.
Terminamos el arroz caldoso, un café adulterado y nos fuimos.
El amor de mi vida despareció de mi vida hacía muchos  años para volver a mi vida unos días después de haberme casado con otra persona. Podría hablar de porqué lo nuestro no funcionó, porqué nos hicimos tanto daño y qué sentí cuando ella se casó con otro. También de las ganas de morir, y de todo eso. Pero creo que no le interesa a nadie.
Volvió como un relámpago, y rápidamente supimos que seguíamos teniendo el fulgor de siempre. Su matrimonio no iba bien. El mío, tras su irrupción, entró en una cuesta abajo imparable. Hablamos mucho esas primeras veces. De todo, con ansia por recuperar todo lo que el tiempo nos debía. Todo era como antes, pero mejor.
Incluso nos reíamos al comentar nuestra realidad; el futuro era un testigo incómodo, una letra con vencimiento muy lejano. Nos alegrábamos tanto de vernos, que pasábamos de puntillas por nuestras parejas equivocadas, no fuésemos a hacer demasiada sangre, y aunque no lo reconocimos, ellos eran extraños en nuestro recuperado amor, personajes sin papel  en ese “remake” sobrevenido de nuestras vidas, caras que no entenderían la preexistencia atómica e indestructible de nosotros, latentes durante tanto tiempo como  super héroes  en la Antártida que vuelven a la vida con los poderes intactos, volando a la velocidad de la luz, poseedores y custodios de fuerzas de planetas lejanos que nos otorgaban  la capacidad refractaria de ser inmunes al mal.  

Conduje hasta la playa nudista. Pagué unas monedas, se abrió una valla. Siempre es desconcertante los primeros momentos cuando estás desnudo ante extraños. No los verás nunca más en tu vida, pero aún así. Nos fuimos lejos. Dejamos la bolsa de plástico con la ropa y las llaves del coche en la arena. Me cogió la mano y nos fuimos al agua. Atardecía. Me abrazó, esos labios salados dentro de mi. Por detrás, un mercante como un paquidermo  lejanísimo partía la puesta de sol.

“-Vámonos”- me dijo. Sorteamos las piedras de la orilla cogidos de la mano; la corriente nos había desplazado y no encontrábamos nuestras toallas. Al llegar a ellas, la risa paró y nos miramos. La bolsa había desaparecido.
No contaré lo proceloso que fue salir de allí con un mínimo de dignidad, sin ropa, sin llaves, sin dinero. Me ahorraré detalles.

Mucho tiempo después, ahora cuando recuerdo aquel verano, no puedo evitar pensar en lo extraño de nuestras vidas. Y a pesar de que los finales son lo menos importante, sí tengo la completa seguridad de que en el éxtasis de aquellos meses nosotros no éramos nosotros. Éramos Ménades danzando en una epifanía de fuego, naciendo y muriendo, volviendo a la vida y ardiendo buscando aquella máscara.  

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