“Elegancia
es la ciencia de no hacer nada igual que los demás, pareciendo que se hace todo
de la misma manera que ellos”. Honoré de Balzac.
-“¿Nos
vamos a una playa nudista?”- dijo al dejar sobre la mesa la caña de cerveza. Hacía
calor allí, el toldo no evitaba que estuviésemos a punto de arrancar a sudar en
aquella terraza junto al mar. Me pareció que dentro de la lógica furtiva de
nuestros encuentros lo razonable era decir: “Estupendo”. Estupendo.
Terminamos
el arroz caldoso, un café adulterado y nos fuimos.
El amor
de mi vida despareció de mi vida hacía muchos años para volver a mi vida unos días después
de haberme casado con otra persona. Podría hablar de porqué lo nuestro no
funcionó, porqué nos hicimos tanto daño y qué sentí cuando ella se casó con
otro. También de las ganas de morir, y de todo eso. Pero creo que no le
interesa a nadie.
Volvió
como un relámpago, y rápidamente supimos que seguíamos teniendo el fulgor de
siempre. Su matrimonio no iba bien. El mío, tras su irrupción, entró en una
cuesta abajo imparable. Hablamos mucho esas primeras veces. De todo, con ansia
por recuperar todo lo que el tiempo nos debía. Todo era como antes, pero mejor.
Incluso
nos reíamos al comentar nuestra realidad; el futuro era un testigo incómodo,
una letra con vencimiento muy lejano. Nos alegrábamos tanto de vernos, que pasábamos
de puntillas por nuestras parejas equivocadas, no fuésemos a hacer demasiada
sangre, y aunque no lo reconocimos, ellos eran extraños en nuestro recuperado
amor, personajes sin papel en ese “remake”
sobrevenido de nuestras vidas, caras que no entenderían la preexistencia
atómica e indestructible de nosotros, latentes durante tanto tiempo como super héroes en la Antártida que vuelven a la vida con los
poderes intactos, volando a la velocidad de la luz, poseedores y custodios de fuerzas
de planetas lejanos que nos otorgaban la
capacidad refractaria de ser inmunes al mal.
Conduje
hasta la playa nudista. Pagué unas monedas, se abrió una valla. Siempre es
desconcertante los primeros momentos cuando estás desnudo ante extraños. No los
verás nunca más en tu vida, pero aún así. Nos fuimos lejos. Dejamos la bolsa de
plástico con la ropa y las llaves del coche en la arena. Me cogió la mano y nos
fuimos al agua. Atardecía. Me abrazó, esos labios salados dentro de mi. Por
detrás, un mercante como un paquidermo
lejanísimo partía la puesta de sol.
“-Vámonos”-
me dijo. Sorteamos las piedras de la orilla cogidos de la mano; la corriente
nos había desplazado y no encontrábamos nuestras toallas. Al llegar a ellas, la
risa paró y nos miramos. La bolsa había desaparecido.
No
contaré lo proceloso que fue salir de allí con un mínimo de dignidad, sin ropa,
sin llaves, sin dinero. Me ahorraré detalles.
Mucho
tiempo después, ahora cuando recuerdo aquel verano, no puedo evitar pensar en
lo extraño de nuestras vidas. Y a pesar de que los finales son lo menos
importante, sí tengo la completa seguridad de que en el éxtasis de aquellos
meses nosotros no éramos nosotros. Éramos Ménades danzando en una epifanía de
fuego, naciendo y muriendo, volviendo a la vida y ardiendo buscando aquella
máscara.

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