En España los hombres mueren a los 78 y las mujeres a los
84. Eso dicen los números. Por tanto, me quedan 36. O sea, que ya he comenzado
el segundo tiempo del partido. ¿Soy más sabio? ¿Soy más maduro? ¿Soy mejor? No,
no, no. ¿He aprendido de mis errores? Lo suyo es que sí, pero no estoy seguro
por una razón: básicamente me gusta lo mismo que me gustaba hace veinte años. Libros,
mujeres, viajes, cine, música. Y si me analizo, creo sinceramente que lo que he
perdido es fuerza. Fuerza para meterme de lleno en lo que me hace feliz. No he
leído los libros que debo, no he viajado lo que era necesario cuando podía, para
tener esa visión serena de las cosas, no he visto todas las pelis que sé que
harían irme a dormir con una sonrisa o con una pregunta. Ni siquiera he sido un
melómano consistente. La música que he escuchado han sido propuestas en su
mayoría de otros, recomendaciones de radio. O sea, que el tiempo ha hecho de mi
una versión peor. Putadón.
No todo es malo. No vayamos a cortarnos las venas antes de
que Miss Parca nos sonría. Tenemos tiempo para tener no redención completa pero
sí algunos instantes de genialidad,
flashes que hacen que nos sigamos reconociendo. Acabo de empezar “Nieve de
Primavera” de Mishima y desde las primeras páginas el tío arrinconado de hace
veinte años me canibaliza y se apodera de mi. Cómeme, amor. Y así, todo. ¿Pero lo que queda de vida son ya momentos de lo que
fuimos? Cuando estoy triste sí lo pienso. Que el 70% del tiempo es trabajar en algo que paga
facturas, compartir charlas intrascendentes, romper el silencio del comedor
cuando marca tu equipo, y ver seis capítulos seguidos de Breaking Bad los fines
de semana. O sea, un planazo de cojones.
Cuando estoy feliz, una bruma de esperanza cala en mí. Y
pienso que soy capaz de todo. Imparable. Esos son los mejores días y los que
querría que duraran para siempre.
¿Y en cuánto a las mujeres? Siempre la solución, siempre el
cataclismo.

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