miércoles, febrero 20, 2013



He topado de nuevo con un artículo de Muñoz Molina. Ya me pareció en su momento (2007) que tenía ese aroma que impregnan ciertos textos, los que están destinados a no tener fecha, ni de de publicación, ni de caducidad, que trascendería a coyunturas cronológicas. Hoy, al releerlo, esa pasada impresión, adquiere carta de naturaleza: el artículo es de una modernidad, de una hondura, de una sencillez desarmante. “Estado de Delirio”. Ese es, el estado actual de España, el estado en 2007 y no sé , porque la biología no me lo permitirá, si es el estado en el que está condenado a vivir este país por los siglos de los siglos. Un rayo luminoso el de Muñoz Molina, una sobria daga sin aspavientos a las tripas de este marasmo pululento, una palabra, en fin, contra la cutrez ad infinitum de esta realidad que sufrimos boquiabiertos y asqueados. 

lunes, febrero 04, 2013


Estoy probando el teclado que me he comprado para ver si funciona. Diseñado para manos de pianista de la Sinfónica de Berlín, los dedos se me amontonan unos con otros, casi estoy a punto de arreglar un cronógrafo, o de hacer punto de cruz, o de dedicarme al pulimento de diamantes, ya puestos.  Esto no va a ser llegar y pegar. Ya me pienso si lo devuelvo. Ahora que tengo el teclado, ¿podré escribir una novela al fin utilizando el Ipad? Seamos realistas:
¿Podré escribir algo, aunque sólo sea unas páginas, de las que esté razonablemente satisfecho? Quiero decir que aguante una lectura posterior. Digamos unos meses. Porque eso es más difícil de lo que nos creemos. No sentir vergüenza al leer algo nuestro, que no le asalten a uno las ganas de mandarlo todo al carajo, de maldecir su falta de talento, su falta de ideas, de dedicarse a otra cosa como la gente normal, quiero decir, tengo amigos que les gusta ir de caza, y disfrutan, otros se emborrachan sin más los sábados y tan felices, otros simplemente ven como el tiempo trascurre, su panza crece, la papada aumenta, los partidos en el sofá, y bueno, yo creo que a ninguno les asalta esa melancolía al releer algo que creía que estaba bien. Sí, es algo raro: a veces lo que lees es repetitivo, otras veces falla la adjetivación, no has encontrado esa palabra que cambie todo el texto, que le de lustre y lo sitúe en otro nivel, en ese nivel que demuestre que conoces los clásicos sin ser pedante, que eres llano pero apuntas complejidad, que... Otras, es que el tema es una mierda. Llevas hablando de lo mismo toda tu vida y aparte de lloriqueos no tienes nada que decir.  No tienes nada que decir. Si lo tuvieras no escribirías este bodrio.

Habla de ti. Habla de cosas que te hayan pasado o que le haya pasado a alguien de tu círculo. Escribe con las tripas, sin miedo. Olvídate del final, que mas da, si el final es lo de menos, si ya no se llevan los finales felices, si no los hay en la vida, al final no los hay, admitámoslo. Dime, sí tú, si hay finales felices: Tengo un colega que siempre dice lo mismo: "un buen compromiso es aquel que hace a las dos partes infelices". Y piénsalo.   Es la puta verdad. Es discutible el grado de infelicidad provocado, pero que eso es así, es de cajón.  No, no hay finales felices. Hay soluciones temporales, apaños, pactos de no agresión, silencios con portazos y sin ellos, gritos, aguanta que ya se pasará, no te soporto pero follamos a ver si entre polvo y polvo hallamos el sentido de todo esto. El sentido de todo esto. Y yo que sé.

Acaban de encontrar en un aparcamiento de Leicester el esqueleto de Ricardo III. Flipante. Por lo visto, estaba en unas condiciones estupendas. Vamos, que le haces dos palmas y se va a la Feria de Sevilla. Murió en 1485 en la batalla de Bosworth, combatiendo contra Enrique VII. Leo : "Ricardo III murió luchando como un hombre ante la presión de sus enemigos y llegó inclusó a matar al portaestandarte de Enrique VII, antes de caer abatido y de culpar en el último momento de su derrota al cambio de bando del barón Stanley que desequilibró finalmente la batalla: "Traición, traición, traición". Esas fueron las  últimas palabras tras recibir su espalda  las pérfidas saetas que acabarían con su vida. Lo de tres veces traición. Y apareces en las obras de un aparcamiento quinientos y pico años después para que tus huesos vayan a una vitrina. Traición, traición, traición. Si supieras, Ricardo, que tu perfectamente conservado cráneo será objeto de capturas de Instagram, que el photoshop hará diabluras contigo, que llegarás a rincones que ni siquiera has oído. Un aborigen del Outback australiano contemplará tus restos mientras bebe cerveza, un fundamentalista cristiano de Dakota rezará por ti, una experta en Shakespeare de Osaka añadirá una entrada nueva en su tesis, qué casualidad, y tu figura, perdedor en la batalla, habrá trascendido. O sea, que tú que eras un hombre de tu casa, de la batalla a tu casa y de la casa a la batalla vas a viajar más que en toda tu vida. Si eso no es la prueba de que la reencarnación existe, que venga Dios y lo vea.



domingo, febrero 03, 2013



“Que te guste espero”. Eso es lo que he leído durante muchos años cada vez que me he tropezado con ese primer libro que me regalaste . Bromeábamos sobre la cursilería de las dedicatorias, sobre lo empalagoso de esas muestras de cariño encorsetadas, nosotros que nos creíamos tan diferentes y huíamos de regalos estresantes en fechas previstas, de decirnos, en fin, todo lo que se suponía que debía decirse uno cuando tienes una novia. Pero claro, si partimos de que esa palabra no aparecía en nuestro común alfabeto, ese esperanto maravilloso en el que hablan todas las parejas del mundo, ese código de barras de dos, decirte que no podía vivir sin ti, que eras lo mejor que me había pasado jamás, que todo era peor cuando no estabas conmigo, estaba fuera de lugar. Y sin embargo era así. Todo era peor sin ti. Pero no te lo dije. O sí, pero mal y tarde. Y por supuesto, jamás lo escuché de tus labios. O mal y tarde, ya no me acuerdo.

Tu risa al ver mi cara. “Que te guste espero”. Esa risa me encantaba. ¿Te lo dije, verdad?

La última vez que hablamos me preguntaste algo acojonante: “Pero, ¿tú me has querido alguna vez”? Te miré como ese cruzado que ha penado por mil desiertos y  descubre al fin el fulgor  áureo del Santo Grial,  como ese imberbe que acaba de garrapatear la fórmula inopinable que nos llevará a viajar en el tiempo. Guardé unos segundos de silencio. ¿Sabes por qué callé? Porque me di cuenta de lo que nos había separado para siempre, de lo que se descompuso sin arreglo: sobreentendimos lo esencial, no tuvimos una conversación definitiva, la radio no funcionó en nuestro Stalingrado asediado, lo dejamos todo al albur de que el amor –ay, el amor- nos salvaría. Si no fui capaz de trasladarte eso, es que el cortocircuito era brutal. Quizá ya nada importaba, y era mejor dejarlo pasar. A qué venía a esas alturas  convertirme en un trasunto de Conde Vronski, uniformado, con pelo alborotado mirando al Neva, pensando en esa Ana que le partía el corazón. ¿Qué si te había querido alguna vez? Todas las veces.

Pero no quiero sonar dramático, en serio, ni reescribir lo prescrito. Me siento afortunado de poder haber compartido  contigo momentos al menos para mi, únicos. Me jode que pudiéramos ser mucho más y nos quedásemos en el camino. Y que nuestros relojes tuvieran husos horarios distintos; mentiría si no te dijera que me he imaginado como hubiera sido si ahora - si las cenizas del fracaso son curativas- nos hubiésemos tropezado.


 Y no niego que he soñado muchísimo contigo. Anoche de nuevo. Es raro eso, ¿no? Soñar contigo y levantarme con otra persona. Pero aceptarlo es una realidad de la que no tengo ni quiero avergonzarme. Formas parte de mi vida. Ahora y siempre. Y lo demás, me da igual. ¿Sabes? Es una sensación liberadora cuando llegas a ese punto en donde los reproches y el orgullo mal entendido desaparecen, te vuelves …um, ¿mejor? Eso espero.

El Final del Amor: No te rodees de gente que te aburre. No pierdas el tiempo. Lee, salta con esa música que te gusta. Viaja. Arriésgate. Equivócate otra vez. Y otra. Patenta esa risa. Besa. Besa muchísimo a todos los que te quieren. No me olvides.