Hacía unos meses que había muerto mi madre
y le prometí que vendría.
Dejé el coche en una plaza
empedrada, presidida por una torre con reloj, y cogí una de las calles que salía de allí
paralela a la carretera hasta que di con el hostal que tenía la cafetería abierta.
Al sentarme al lado de la
chimenea metálica, cerca de la ventana, el silencio apenas se rompíó por alguna puerta que se abría
a lo lejos, y el casi inaudible sonido del amontonamiento de la nieve en el techo de los
coches. Altdorf era un pueblo pequeño, con casas alpinas, fachadas blancas, techumbres marrones y
ventanas de colores que rezumaban solidez, hechas para durar.
Podía haberme olvidado de lo
que le dije, como tantas veces no he hecho lo que aseguré que haría a mucha gente. Pero tras
días de quedarme en la cama, pensando en tiendas de ataúdes y derribar sombreros a
viandantes como diría Melville, me dije que se lo prometí. Y allí estaba, a las tres y media, que
era la hora acordada.
Cuando la enfermedad
devastadora avanzaba como un bulldozer loco por el cuerpo de mi madre, y cuando ya solo se
levantaba de la cama durante pocas horas al día, una mañana recibió una carta. Una carta de
Suiza. Me dijo que se la leyera:
“Estimada Señora :
Soy Jacob Christell. Tengo 76
años y vivo en Altdorf, cantón de Uri, en Suiza. Se preguntará por qué me pongo en contacto
con usted. Se lo voy a decir. Desde hace muchas generaciones vamos heredando algo muy
singular en mi familia. Unas cartas que una abuela nuestra muy lejana recibió durante años
desde La Carlota, el pueblo en el que nació usted y su madre. Por razones que no quiero explicar,
le estaría muy agradecido si al menos las leyera. Después puede hacer lo que quiera con
ellas.
Me gustaría poder entregárselas
personalmente pero mi estado de salud es precario. Soy el único que queda de los
Christell y por tanto, las cartas se perderán cuando yo muera. Quizá nada importa, pero me gustaría
que las viera y me dijera si quiere conservarlas. Puedo mandárselas por correo si tiene
interés.
Reciba un atento saludo."
Jacob Christell
Mi madre calló. Después
susurró: “Altdorf ”. Y recuperando un brillo de ojos perdido, dijo:
- Dile que mande las cartas. O
mejor. Ve tú allí. Es importante.
La miré como si estuviera
escuchando a alguien que deliraba, y sospeché que la morfina había hablado por
ella. Me volvió la cara y muy seria confirmó:
- Todos venimos de allí. Frank
Tristell fue el abuelo común de todos nosotros. Somos séptima generación de
alemanes.
- Pero mamá, espera. Primero
este señor se llama “Cristel” y no es alemán, es suizo.
- Originalmente era Cristel,
pero ya sabes que los escribanos de aquellos siglos españolizaban todo. Y
respecto a que es suizo: eso no importa. En aquellos años no existía Alemania
como estado, y el criterio que pusieron Olavide y el sinvergüenza de Türriegel
fue la lengua. Venían de Suiza pero hablaban alemán. Pregunta al cura y te lo
dirá. Además, los franceses quemaron los archivos y ya cada uno se puso el
apellido que le dio la gana.
- No sé mamá, me suena bastante
raro.
- Escríbele al menos, por
favor. Me gustaría leer esas cartas
Y todo quedó allí. Mi madre
tenía una obsesión con sus ancestros. Eso de “somos descendientes de colonos
alemanes” era un cajón de sastre para explicar un montón de cosas.
Si éramos retraídos, era por la
sangre alemana, no es que fuésemos “antipáticos” sino que éramos serios “como
los alemanes”. Y de ahí surgía un corolario a modo de llave multiusos.
Las acciones y la falta de
ellas tenían una explicación multicausal pero a ella le parecía divertido
apuntar a esos alemanes como demiurgos obniscientes dirigiéndonos a su antojo desde
el Valhalla. O al menos eso pensaba yo. Sí es cierto que había perdurado a
través de generaciones un patrón en las distintas ramas Tristell: altos por
regla general, y con pelo entre castaño y rubio. Abundaban los ojos claros.
Pero no era siempre así, y en nosotros, a diferencia de muchos de mis primos,
por influencia de mi padre, algo que mi madre en silencio seguro lamentaba, no había
rastro del gen nibelungo. Castaños ordinarios y ojos marrones.
La recuerdo hablar con mis tíos
de los colonos, claro. Trazaban árboles genealógicos que se remontaban a tres y
cuatro generaciones, con multitud de apellidos imposibles, que ellos no estaban
seguros de como se escribían, y lo aderezaban con anécdotas de los personajes
más singulares, aquellos que habían destacado en algún momento para bien o para
mal. Desde pequeño me encantaba oírlos, en aquella mesa de celebraciones, con
mi abuela presidiendo y dictando autoridad sobre aquellos temas que suscitaban
controversia, como una sacerdotisa de Delfos, que tras sacarle las entrañas a
una gallina, miraba en qué dirección volaban los pájaros.
Mi madre murió y tras un mes de
pensar que hacía yo, no sólo allí sino en todos sitios, escribí a ese hombre en
mi oxidado alemán una carta corta. Le dije que aprovechando que iba a estar de
vacaciones por Suiza me pasaría a visitarlo y podríamos tomarnos un café. Le
expuse el día y la hora y tras un rápido chequeo en internet elegí un hostal
para vernos. No me respondió.
La puerta emitió un crujido y
entró una chica con un gorro cubierto de nieve. Se quedó de pie y nos miramos.
- ¿Eres B?- dijo, con un tono
cálido
- Sí- contesté sorprendido.
¿Tú...?
- Me llamo Magdalena. Estabas
esperando a mi padre. No va a venir. Murió hace dos meses.
*******
Llevaba un abrigo negro que se
quitó a cámara lenta, imbuída en el vapor humeante de su aliento, pegó su
espalda al respaldar de la silla, suspiró y me contó todo.
Eran cartas del abuelo que se
marchó a España y que le escribía a su abuela. Llevaban casados poco tiempo. La
idea del abuelo Frank era ir primero y después que se uniera ella, cuando él
estuviera más instalado, con casa y tierra, con animales y oficio. Eso era lo prometido.
Aquello era el pasaporte para una nueva vida promisoria en un lugar donde dejar
atrás la nieve, y la permanente lucha de tener algo que comer. Muchos lo
hicieron. Además había otro asunto nada menor: estaba embarazada y embarcarse
en un viaje como aquel no era lo más conveniente.
- Y hay más- dijo arrastrando
las palabras- Puedo enseñártelas si quieres y ya ves lo que haces con ellas.
Pagué y la seguí. Llegamos a
una casa grande, cálida con un agradable olor a café. Se veían libros, papeles
apilados, un gato en un sofá que me miraba silente, cuadros ocres que eran mapas,
fotos de gente con cara rosada y sonriente. "Este era mi padre. Hace
muchos años". Y reparé en una cara dura, un señor de mi edad que miraba la
cámara sosteniendo un vaso pequeño de cristal de café. Viste un polo negro y la
mitad de su cara está ensombrecida. Y hay algo en esa mirada que me conmueve,
me atraviesa. Es como si me viera yo.
Sacó de una caja de madera
ribeteada de motivos orientales un sobre grande parduzco que contenía unas
cubiertas de plástico. Debajo de estas, hojas como papiros, frágiles y cuarteadas,
con manchas, con una letra vertical, imposible de entender.
Me pasó otras a ordenador que
eran el contenido de todas ellas. En orden cronológico. Y esas sí las entendí.
Frank Christell le escribía a su mujer embarazada. Le decía que el viaje había sido
difícil. Que la travesía desde Trieste a Almería resultó complicada por no
estar acostumbrado al movimiento del barco. Que ver el mar por primera vez era
toda una experiencia. Y que todavía no tenía casa propia pero que confiaba en
tenerla pronto.
En otra, Frank se queja de las
condiciones, de que han tenido que desmontar todo el terreno, lleno de zarzas y
piedras, que la gente se queja de que esto no es lo que le habían prometido.
Y le pregunta por el pequeño
Joseph. Le insiste en que la espera en primavera. Se despide con unas palabras
en español.
Mis ojos dibujaban rápidas
líneas paralelas leyendo deprisa. Y llegué a la última.
"Querida Magdalena:
Espero que Dios te tenga bien,
así como a nuestro hijo. Disculpa los meses en que no te he escrito. Aquí las
cosas están mal. La cosecha ha sido escasa y el dinero prometido no llega.
¿Anda ya Joseph? Háblame de él
y de cómo estás tú"...
Continúa más y se despide con
un "siempre tuyo, Frank".
- Y ahí acabó todo- me miró
seria-.Después, el silencio de los siglos. La abuela Magdalena no supo más de
su marido. Crió a su hijo sola, murió sola. Mi padre quería de una forma absurda
contactar con vosotros porque tras investigarlo, supo que hubo otros dos
Christel que marcharon a la zona de La Carlota o alrededores y los únicos
descendientes con los que ha podido contactar sois vosotros. Así que él
entendíá, que quizá alguno podría darle alguna información. Personalmente creo
que todo esto es un disparate, pero me veo obligada a hacer lo último que me
pidió antes de vender todo, quemarlo o tirarlo al contenedor. Vivo en Berna y
quiero resolver este asunto lo antes posible, así que nada. Aquí acaba mi
labor. Mi padre, era un señor difícil. Se movía entre su natural hosquedad, su
frialdad y sus arranques de sobreprotección. Eso y el que no nos viésemos mucho
porque se divorció de mi madre hace muchos años, hizo que nos convirtiéramos en
casi extraños. Digamos que nos falló el timing cuando hicimos intentos de
acercamiento. La culpa no es sólo de él.
Ya sé que es precipitado. Pero
¿podrías ayudarme o mejor dicho, podrías ayudarlo a él?
-Cuando vuelvas, intenta
averiguar qué le pasó a Frank Christell.
Nos despedimos. Nos dimos un
beso en la mejilla. La suya estaba caliente.
***
No voy a abundar en lo que vino
después. Hablé con el cura de la Iglesia de Santa Ana en La Carlota que
disponía del archivo que sobrevivió a los franceses. Allí comprobamos nacimientos
y decesos y cientos de legajos variopintos, arrendamientos de los Christell, y
de la evolución del apellido hasta llegar a Tristell, según el párroco porque
tras morir los monjes capuchinos alemanes que vinieron con los colonos ya nadie
sabía cómo escribir las diéresis,todo lo que sonaba raro se fonetizó. Todo se
escribió para entenderse.
De allí saqué el árbol
genealógico de los Tristell, efectivamente, eran tres ramas que se extendían y
se mezclaban con apellidos Herzog, Hilinger, Walls, Alors. Después me sirvió muchísimo
hablar con Juan Helmann, investigador curioso y atento de todo lo relacionado con
ese fenómeno extraordinario que originó que 6000 europeos emigraran desde
sitios como Alemania, Suiza, Francia, etc, hasta una zona tan aparentemente
incompatible para ellos como la parte norte de Jaén en el paso de Despeñaperros
(La Carolina, Guarromán...) y la zona sur de Córdoba siguiendo la ruta desde
Sevilla a Madrid. Según me contó Juan en aquellas tardes tan fructíferas, fue
una idea revolucionaria, un verdadero intento de reforma, de afrancesar la
estructura del estado por un lado (la división de la Carlota en Departamentos),
de asegurar esa ruta vital con asentamientos que terminaran con la inseguridad
(asaltos, bandidos) y por otro lado dotar a tierras baldías de colonos
extranjeros que las cultivaran y las pusieran en valor, redistribuyendo la
tierra con pequeños propietarios o arrendadores. "Se les prometió en oro y
el moro", me contaba Juan, "pero fueron literalmente engañados: las
casas no estaban preparadas, las tierras tardaron en adjudicarse porque
antiguos propietarios, latifundistas y algunos ayuntamientos vecinos no querían
ceder parte de su término municipal a extranjeros, y se les echaron encima.
Vivieron un infierno.
Para más inri sufrieron unos
años después una epidemia de paludismo que los diezmó, fruto de la falta de
higiene y de las penalidades".
Nunca le podré estar más
agradecido a Juan todo aquello por toda la luz que me aportó. Le expliqué el
asunto y se metió de lleno en él. Le pareció tan novelesco y tan sorprendente
que quiso desenredar "ese silencio europeo" como a menudo me
comentaba entre risas.
Y todo se aclaró. Llamé a
Magalena. Le dije que sin prisa, me gustaría contarle lo que ocurrió en
persona. Que cuando tuviera tiempo, concertáramos un día. Podría ir yo a Berna o
ella a Córdoba. Me dijo que iba a arreglarlo y que me contestaría lo antes
posible. Ante su insistencia para que le adelantara algo, le contesté que el
silencio europeo había terminado.
Ella rió.
Transcurrieron tres semanas
hasta que una tarde me saludó tras el cristal de su coche alquilado, con sus
gafas negras y el mismo abrigo que le había visto aquella tarde. El contraste del
negro con su cara blanca y angulosa le conferían el aire de la foto de su
padre. Me miró sonriente y me besó.
- Te voy a llevar a un sitio-
le dije casi divertido.
Y allí estábamos. Delante de
una cruz que pone F. Tristell. 1772. "¿Qué le pasó?", me preguntas.
"Lo que le pasó son dos cosas. Primero que se casó aquí con una alemana,
María Ott sin decírselo a tu abuela. Y pasó que murió por paludismo poco
después. Dejó una niña".
Magdalena calló. No sabíamos
porqué Frank se casó. No sabemos porqué no le dijo nada a Magdalena. O si se lo
lo dijo y ella nunca lo reveló. Tampoco sabemos cómo vivieron estas dos mujeres su ausencia. Una cerró el duelo. Otra, sola en un pequeño pueblo de los Alpes Suizos
se preguntó durante toda su vida a qué sabían sus besos durante la última noche
que estuvieron juntos.
Miré a Magdalena. Allí los dos
como estatuas permanecimos callados un rato. Me cogió la mano. Me abrazó con
fuerza, me rozó con su pelo rubio y me miró con los ojos que atraviesan miles
de noches. Y fue así como me contagié.