miércoles, abril 15, 2020

99#17




           Lady Agnes of Lochnaw. John Singer Sargent (1893)
                                ‎Scottish National Gallery‎, Edinburgh










Querida Gertrude:

Supongo que estarás sorprendida al haber leído el nombre del remitente de esta carta. He imaginado ese momento y barajé distintas situaciones, algunas descabelladas que espero que no se hayan producido, como que mi misiva haya terminado en la magnífica chimenea de Lochnaw Castle, en cuyo caso me conformaré con haber tenido la fortuna de que tus maravillosos ojos hayan dedicado unos segundos a algo que salió de mi mano y de mi corazón.
Si no es así, Gertrude, si mis palabras no sucumbieron en el fuego y me estás leyendo ahora mismo desde el chester rojo con una taza de té incandescente –bebida como siempre a sorbos cortos como era tu costumbre- quiero decirte dos cosas:
La primera es que he vuelto de India. Tras seis años donde mis tribulaciones podrían haber completado algunas páginas del Standard, decidí marcharme de mi último empleo en la Compañía de las Indias Orientales habiendo conseguido más fortuna de la que hubiera podido soñar cuando cogí triste y sin un penique aquel barco en Liverpool.
Sé que ahora mismo habrás puesto el sutil mohín de disgusto al leer esto último. Una dama no habla de dinero. Permíteme Gertrude, que  busque aunque sea erróneamente llenar mi exangüe pozo de vanidad.
La segunda cosa que te quiero decir, querida, no carece de cierta analogía con los motivos últimos – bien lo sabes- que originaron mi abrupta partida: tú. Vuelvo por ti. Podría añadir cientos de frases a esta afirmación, pero eso lo habría hecho el hombre enamorado y dubitativo que conociste en aquella maravillosa noche donde Bach amenizaba nuestro primer encuentro. Aquel hombre murío. El primer día que murió fue cuando lo rechazaste con una leve sonrisa, dándome razones que recuerdo como las brasas ardientes que vi en Rajastán en las festividades Holi. Tu boca, que quería devorar expelía sílabas equivocadas. Oí “soy mayor que tú, estás empezando a vivir, no niego que me atraes pero debo de pensar en el presente, tú solo tienes futuro”.  Ay, amor.
Me comunicaron que te has casado con Andrew Agnew. Recibe mis felicitaciones más sinceras, que lo son, y dicho lo cual, he de confesarte que no estoy sorprendido por tu elección: obstenta título, fortuna imprecisa pero impecable posición. Una opción de presente. Enhorabuena.
Hay un detalle que ha debido quitarte algunas horas de sueño –corrígeme si me equivoco-, que es el hecho de que ese “presente” que anhelabas sea también más pasado de lo que imaginas. Tiene catorce años más que tú. Confió así mismo que con tu gracia y elegancia sepas compensar el proverbial aburrimiento que traslada a cualquier reunión. Quizá sepas encauzarlo –no te  subestimes- para que llegue a tener esa virtud victoriana tan propia de la gente que no habla porque no tiene ninguna opinión que no sea prestada: será discreto.

El otro día me encontré por casualidad con el pintor Sargent en el club. Hablamos de ti y me informó que tu marido le ha contratado para hacerte un retrato de tres cuartos. Me estuvo hablando de los detalles. Utilizará –no creo que te descubra nada- un biombo de seda azul que compró a un marchante chino como fondo y te sentarás en un sillón Bergere.
Estaba realmente entusiasmado con el posible resultado y según me comentó insistirá en que te pongas para las sesiones de posado un vestido blanco de gasa, -“parece una ninfa en El Parnaso, créeme”- me dijo-, que según él fue la sensación de la última de las fiestas que has organizado con tus amigos. Ardo en deseos de verte con ese vestido, Gertrude.
Le di a Sargent un pequeño estuche que contiene algo que compré para ti en Jaipur. No voy a desvelarte qué es, pero póntelo para el retrato. Así, cuando reclines la espalda sobre el lado izquierdo del sillón rococó floreado, con la cuidada dejadez de tu brazo a lo largo del mismo, rozando el final del fajín malva que te cubre la cadera y la pierna que se apoya en la otra como meandros de un río tropical, mirándome con los ojos que solo tienen las elegidas de Rati, sabré que aún me quieres.

99#16






Hacía unos meses que había muerto mi madre y le prometí que vendría.

Dejé el coche en una plaza empedrada, presidida por una torre con reloj, y  cogí una de las calles que salía de allí paralela a la carretera hasta que di con el hostal que tenía la cafetería abierta.
Al sentarme al lado de la chimenea metálica, cerca de la ventana, el silencio apenas se rompíó por alguna puerta que se abría a lo lejos, y el casi inaudible sonido del amontonamiento de la nieve en el techo de los coches. Altdorf era un pueblo pequeño, con casas alpinas, fachadas blancas, techumbres marrones y ventanas de colores que rezumaban solidez, hechas para durar.

Podía haberme olvidado de lo que le dije, como tantas veces no he hecho lo que aseguré que haría a mucha gente. Pero tras días de quedarme en la cama, pensando en tiendas de ataúdes y derribar sombreros a viandantes como diría Melville, me dije que se lo prometí. Y allí estaba, a las tres y media, que era la hora acordada.

Cuando la enfermedad devastadora avanzaba como un bulldozer loco por el cuerpo de mi  madre, y cuando ya solo se levantaba de la cama durante pocas horas al día, una mañana recibió una carta. Una carta de Suiza. Me dijo que se la leyera:

“Estimada Señora :

Soy Jacob Christell. Tengo 76 años y vivo en Altdorf, cantón de Uri, en Suiza. Se preguntará por qué me pongo en contacto con usted. Se lo voy a decir. Desde hace muchas generaciones vamos heredando algo muy singular en mi familia. Unas cartas que una abuela nuestra muy lejana recibió durante años desde La Carlota, el pueblo en el que nació usted y su madre. Por razones que no quiero explicar, le estaría muy agradecido si al menos las leyera. Después puede hacer lo que quiera con ellas.
Me gustaría poder entregárselas personalmente pero mi estado de salud es precario. Soy el único  que queda de los Christell y por tanto, las cartas se perderán cuando yo muera. Quizá nada importa, pero me gustaría que las viera y me dijera si quiere conservarlas. Puedo mandárselas por correo si tiene interés.
Reciba un atento saludo."
Jacob Christell


Mi madre calló. Después susurró: “Altdorf ”. Y recuperando un brillo de ojos perdido, dijo:
- Dile que mande las cartas. O mejor. Ve tú allí. Es importante.
La miré como si estuviera escuchando a alguien que deliraba, y sospeché que la morfina había hablado por ella. Me volvió la cara y muy seria confirmó:
- Todos venimos de allí. Frank Tristell fue el abuelo común de todos nosotros. Somos séptima generación de alemanes.
- Pero mamá, espera. Primero este señor se llama “Cristel” y no es alemán, es suizo.
- Originalmente era Cristel, pero ya sabes que los escribanos de aquellos siglos españolizaban todo. Y respecto a que es suizo: eso no importa. En aquellos años no existía Alemania como estado, y el criterio que pusieron Olavide y el sinvergüenza de Türriegel fue la lengua. Venían de Suiza pero hablaban alemán. Pregunta al cura y te lo dirá. Además, los franceses quemaron los archivos y ya cada uno se puso el apellido que le dio la gana.
- No sé mamá, me suena bastante raro.
- Escríbele al menos, por favor. Me gustaría leer esas cartas
Y todo quedó allí. Mi madre tenía una obsesión con sus ancestros. Eso de “somos descendientes de colonos alemanes” era un cajón de sastre para explicar un montón de cosas.
Si éramos retraídos, era por la sangre alemana, no es que fuésemos “antipáticos” sino que éramos serios “como los alemanes”. Y de ahí surgía un corolario a modo de llave multiusos.
Las acciones y la falta de ellas tenían una explicación multicausal pero a ella le parecía divertido apuntar a esos alemanes como demiurgos obniscientes dirigiéndonos a su antojo desde el Valhalla. O al menos eso pensaba yo. Sí es cierto que había perdurado a través de generaciones un patrón en las distintas ramas Tristell: altos por regla general, y con pelo entre castaño y rubio. Abundaban los ojos claros. Pero no era siempre así, y en nosotros, a diferencia de muchos de mis primos, por influencia de mi padre, algo que mi madre en silencio seguro lamentaba, no había rastro del gen nibelungo. Castaños ordinarios y ojos marrones.
La recuerdo hablar con mis tíos de los colonos, claro. Trazaban árboles genealógicos que se remontaban a tres y cuatro generaciones, con multitud de apellidos imposibles, que ellos no estaban seguros de como se escribían, y lo aderezaban con anécdotas de los personajes más singulares, aquellos que habían destacado en algún momento para bien o para mal. Desde pequeño me encantaba oírlos, en aquella mesa de celebraciones, con mi abuela presidiendo y dictando autoridad sobre aquellos temas que suscitaban controversia, como una sacerdotisa de Delfos, que tras sacarle las entrañas a una gallina, miraba en qué dirección volaban los pájaros.

Mi madre murió y tras un mes de pensar que hacía yo, no sólo allí sino en todos sitios, escribí a ese hombre en mi oxidado alemán una carta corta. Le dije que aprovechando que iba a estar de vacaciones por Suiza me pasaría a visitarlo y podríamos tomarnos un café. Le expuse el día y la hora y tras un rápido chequeo en internet elegí un hostal para vernos. No me respondió.



La puerta emitió un crujido y entró una chica con un gorro cubierto de nieve. Se quedó de pie y nos miramos.
- ¿Eres B?- dijo, con un tono cálido
- Sí- contesté sorprendido. ¿Tú...?
- Me llamo Magdalena. Estabas esperando a mi padre. No va a venir. Murió hace dos meses.
               
                                                      *******

Llevaba un abrigo negro que se quitó a cámara lenta, imbuída en el vapor humeante de su aliento, pegó su espalda al respaldar de la silla, suspiró y me contó todo.

Eran cartas del abuelo que se marchó a España y que le escribía a su abuela. Llevaban casados poco tiempo. La idea del abuelo Frank era ir primero y después que se uniera ella, cuando él estuviera más instalado, con casa y tierra, con animales y oficio. Eso era lo prometido. Aquello era el pasaporte para una nueva vida promisoria en un lugar donde dejar atrás la nieve, y la permanente lucha de tener algo que comer. Muchos lo hicieron. Además había otro asunto nada menor: estaba embarazada y embarcarse en un viaje como aquel no era lo más conveniente.
- Y hay más- dijo arrastrando las palabras- Puedo enseñártelas si quieres y ya ves lo que haces con ellas.

Pagué y la seguí. Llegamos a una casa grande, cálida con un agradable olor a café. Se veían libros, papeles apilados, un gato en un sofá que me miraba silente, cuadros ocres que eran mapas, fotos de gente con cara rosada y sonriente. "Este era mi padre. Hace muchos años". Y reparé en una cara dura, un señor de mi edad que miraba la cámara sosteniendo un vaso pequeño de cristal de café. Viste un polo negro y la mitad de su cara está ensombrecida. Y hay algo en esa mirada que me conmueve, me atraviesa. Es como si me viera yo.
Sacó de una caja de madera ribeteada de motivos orientales un sobre grande parduzco que contenía unas cubiertas de plástico. Debajo de estas, hojas como papiros, frágiles y cuarteadas, con manchas, con una letra vertical, imposible de entender.
Me pasó otras a ordenador que eran el contenido de todas ellas. En orden cronológico. Y esas sí las entendí. Frank Christell le escribía a su mujer embarazada. Le decía que el viaje había sido difícil. Que la travesía desde Trieste a Almería resultó complicada por no estar acostumbrado al movimiento del barco. Que ver el mar por primera vez era toda una experiencia. Y que todavía no tenía casa propia pero que confiaba en tenerla pronto.
En otra, Frank se queja de las condiciones, de que han tenido que desmontar todo el terreno, lleno de zarzas y piedras, que la gente se queja de que esto no es lo que le habían prometido.
Y le pregunta por el pequeño Joseph. Le insiste en que la espera en primavera. Se despide con unas palabras en español.



Mis ojos dibujaban rápidas líneas paralelas leyendo deprisa. Y llegué a la última.
"Querida Magdalena:
Espero que Dios te tenga bien, así como a nuestro hijo. Disculpa los meses en que no te he escrito. Aquí las cosas están mal. La cosecha ha sido escasa y el dinero prometido no llega.
¿Anda ya Joseph? Háblame de él y de cómo estás tú"...
Continúa más y se despide con un "siempre tuyo, Frank".

- Y ahí acabó todo- me miró seria-.Después, el silencio de los siglos. La abuela Magdalena no supo más de su marido. Crió a su hijo sola, murió sola. Mi padre quería de una forma absurda contactar con vosotros porque tras investigarlo, supo que hubo otros dos Christel que marcharon a la zona de La Carlota o alrededores y los únicos descendientes con los que ha podido contactar sois vosotros. Así que él entendíá, que quizá alguno podría darle alguna información. Personalmente creo que todo esto es un disparate, pero me veo obligada a hacer lo último que me pidió antes de vender todo, quemarlo o tirarlo al contenedor. Vivo en Berna y quiero resolver este asunto lo antes posible, así que nada. Aquí acaba mi labor. Mi padre, era un señor difícil. Se movía entre su natural hosquedad, su frialdad y sus arranques de sobreprotección. Eso y el que no nos viésemos mucho porque se divorció de mi madre hace muchos años, hizo que nos convirtiéramos en casi extraños. Digamos que nos falló el timing cuando hicimos intentos de acercamiento. La culpa no es sólo de él.
Ya sé que es precipitado. Pero ¿podrías ayudarme o mejor dicho, podrías ayudarlo a él?
-Cuando vuelvas, intenta averiguar qué le pasó a Frank Christell.

Nos despedimos. Nos dimos un beso en la mejilla. La suya estaba caliente.
                                                                                           
                                                        ***

No voy a abundar en lo que vino después. Hablé con el cura de la Iglesia de Santa Ana en La Carlota que disponía del archivo que sobrevivió a los franceses. Allí comprobamos nacimientos y decesos y cientos de legajos variopintos, arrendamientos de los Christell, y de la evolución del apellido hasta llegar a Tristell, según el párroco porque tras morir los monjes capuchinos alemanes que vinieron con los colonos ya nadie sabía cómo escribir las diéresis,todo lo que sonaba raro se fonetizó. Todo se escribió para entenderse.
De allí saqué el árbol genealógico de los Tristell, efectivamente, eran tres ramas que se extendían y se mezclaban con apellidos Herzog, Hilinger, Walls, Alors. Después me sirvió muchísimo hablar con Juan Helmann, investigador curioso y atento de todo lo relacionado con ese fenómeno extraordinario que originó que 6000 europeos emigraran desde sitios como Alemania, Suiza, Francia, etc, hasta una zona tan aparentemente incompatible para ellos como la parte norte de Jaén en el paso de Despeñaperros (La Carolina, Guarromán...) y la zona sur de Córdoba siguiendo la ruta desde Sevilla a Madrid. Según me contó Juan en aquellas tardes tan fructíferas, fue una idea revolucionaria, un verdadero intento de reforma, de afrancesar la estructura del estado por un lado (la división de la Carlota en Departamentos), de asegurar esa ruta vital con asentamientos que terminaran con la inseguridad (asaltos, bandidos) y por otro lado dotar a tierras baldías de colonos extranjeros que las cultivaran y las pusieran en valor, redistribuyendo la tierra con pequeños propietarios o arrendadores. "Se les prometió en oro y el moro", me contaba Juan, "pero fueron literalmente engañados: las casas no estaban preparadas, las tierras tardaron en adjudicarse porque antiguos propietarios, latifundistas y algunos ayuntamientos vecinos no querían ceder parte de su término municipal a extranjeros, y se les echaron encima. Vivieron un infierno.
Para más inri sufrieron unos años después una epidemia de paludismo que los diezmó, fruto de la falta de higiene y de las penalidades".
Nunca le podré estar más agradecido a Juan todo aquello por toda la luz que me aportó. Le expliqué el asunto y se metió de lleno en él. Le pareció tan novelesco y tan sorprendente que quiso desenredar "ese silencio europeo" como a menudo me comentaba entre risas.

Y todo se aclaró. Llamé a Magalena. Le dije que sin prisa, me gustaría contarle lo que ocurrió en persona. Que cuando tuviera tiempo, concertáramos un día. Podría ir yo a Berna o ella a Córdoba. Me dijo que iba a arreglarlo y que me contestaría lo antes posible. Ante su insistencia para que le adelantara algo, le contesté que el silencio europeo había terminado.
Ella rió.

Transcurrieron tres semanas hasta que una tarde me saludó tras el cristal de su coche alquilado, con sus gafas negras y el mismo abrigo que le había visto aquella tarde. El contraste del negro con su cara blanca y angulosa le conferían el aire de la foto de su padre. Me miró sonriente y me besó.

- Te voy a llevar a un sitio- le dije casi divertido.

Y allí estábamos. Delante de una cruz que pone F. Tristell. 1772. "¿Qué le pasó?", me preguntas. "Lo que le pasó son dos cosas. Primero que se casó aquí con una alemana, María Ott sin decírselo a tu abuela. Y pasó que murió por paludismo poco después. Dejó una niña".

Magdalena calló. No sabíamos porqué Frank se casó. No sabemos porqué no le dijo nada a Magdalena. O si se lo lo dijo y ella nunca lo reveló. Tampoco sabemos cómo vivieron estas dos mujeres su ausencia. Una cerró el duelo. Otra, sola en un pequeño pueblo de los Alpes Suizos se preguntó durante toda su vida a qué sabían sus besos durante la última noche que estuvieron juntos.

Miré a Magdalena. Allí los dos como estatuas permanecimos callados un rato. Me cogió la mano. Me abrazó con fuerza, me rozó con su pelo rubio y me miró con los ojos que atraviesan miles de noches. Y fue así como me contagié.


lunes, marzo 16, 2015

99#15



Conocí a Mika Ran en un tren. Llegué tarde y ella ocupaba el asiento de al lado. Me fijé en sus labios. Ligeramente pintados de color frambuesa, entre abiertos, como a punto de decir algo, o como a punto de callarse. Sus ojos eran desconocidos, sepultados detrás de unas gafas que le tapaban la mitad de la cara. Aquello era viajar parapetada en una oscuridad vampírica, moverse por el mundo con una calculada misantropía, que ella llevaba con una elegancia de años, porque ni me respondió a las excusas por nuestro mínimo roce mientras me sentaba.

Escuchaba música en su Ipod y miraba por la ventana la sucesión de postes de electricidad, árboles y nubes, con apatía y un mínimo movimento de cabeza. De repente, el tren cimbró ligerísimamente a la derecha, se escuchó un ruído de cambio de vía y la miré, pretendiendo crear un territorio común para comenzar una conversación trivial. Y ella ladeó la cara y como pensando otra cosa, la oí musitar: "The rest can go to hell". 

-Me encanta esa canción.- Solté como si me hubieran dado cuerda. 

Ella no entendió.

- ¿Qué?- Respondió quitándose el auricular blanco de su oído derecho. No se quitó ni siquiera los dos. Solo uno.

-Que me gusta Bowie- .Y ahí fue cuando se quitó el otro. 

Lo demás pasó rápido. Digamos que conseguí ver sus ojos, lo que escondían sus cavernosas gafas negras. Y que después pude ver más cosas de ella. Todas me gustaron.

Nos veíamos mucho. Se vino a vivir a mi casa. Tenía una hermana gemela. Le insistía en conocerla, por eso de conocer algo más sobre ella, por tener más información, por crear lazos, por no verla como un alien sin pasado y sin familia con el que hacía tartas los sábados y amor todos los días. Quería a Mika Ran. 
Un día mientras desayunábamos me contó que se iba con su hermana gemela a un viaje de unos días. No dije nada. Ella me dio un beso con sus labios de fresa, o de frambuesa, o que se yo, y me dejó con la tostada a medias y mirando al techo. 

La ví cinco años después en El Retiro, el primer día de una primavera espectacular, con un vestido de flores,y unas gafas diferentes. 

Me paré delante de su banco y volví a tener esa estúpida pose de escultura ajada, aparentando una solemnidad que erróneamente siempre creí que me había dado muy buen resultado con las chicas. Ella alzó la vista. Y tampoco dijo nada, como esperando explicaciones. La intuí cambiada, pero me pareció que conservaba ese misterio de la gente trascendente, la que no cumple años sino sueños, y durante esos segundos, pensé en cuantos tíos se habría tirado, (mierda), en cuántos sitios increíbles habría estado, en qué historias tendría, en fin, en todas las cosas que harían que cuando empezáramos a hablar nos diéramos cuenta enseguida de que lo nuestro no tendría una segunda oportunidad. 

Ella abrió los labios. Iba a decir algo pero los cerró de nuevo. Y me fuí, con mi aire de Byron en el acantilado, de Napoleón cruzando un río polaco -qué lejos quedaba París- sabiendo que no era digno de ella. 

Fue al dar la primera curva del camino, cuando , de repente, se acercaba en sentido contrario sonriendo y fundiendo su lengua en una bola de helado, claramente con el súper poder de la ubicuidad o de la híper velocidad, como si en la ausencia hubiese estado en contacto con razas desconocidas en galaxias con nombres que terminaban en números. A medida que se acercaba, con su bola de helado en dirección contraria, no pude evitar pensar en Han Solo, en el Halcón Milenario y en el "poder de la Fuerza". 

-¡Hola! ¿Cómo estás? 

Y no me acuerdo lo que respondí. Estupideces. Me dijo que no me fuera, que había quedado con su hermana, a la que no veía desde hacía siglos, que estaba en el banco que acababa de dejar atrás. 


















99#15





Si esto es todo lo que hay. Si lo que queda ya son los cuidados paliativos y bandejas y frases tipo "incorpórese" y "¿le abro la ventana"? . Si el pijama azul roza ominosamente tu piel cuarteada. Si esto es todo lo que hay. Si la persona que te mira y te sonríe y te acerca un vaso de agua con las pastillas no es la que tenía que estar ahí. Hace mil años que no. Si piensas en ella.

99#14


Nací haciéndote daño. Y algunas veces un poco feliz. Los buscadores de conchas, los que llevan una vida plena, los que pegan portazos, los que se van y los que se quedan porque han leído en los fustes partidos de las las columnas de su vida, las palabras que los salvaron, esos son los que me interesan. Los que pasearon entre las piedras y descifraron su escritura.

99#13


Last man standing es el tipo que ayuda a recoger los vasos de la fiesta cuando los demás hace tiempo que se fueron. El que de forma silenciosa vacía los ceniceros, arroja los restos de comida cadenciosamente a la basura, abre el grifo de agua caliente, busca el detergente -no es su casa- , apila los platos, coge el paño y seca la encimera.

Last man standing ordena la zona cero del comedor, pone los cojines en su sitio, mete los cds en sus cajas, mete el papel de regalo promisorio en bolsas, formando un todo de buenos deseos y sorpresas y ooohs para que acaben en el contenedor de reciclaje. Es el tío que se queda cuando todo el mundo se va. Es el tío que una chica le gusta ver cuando por la mañana le duele la cabeza. No es divertido. Pero la casa está de nuevo impecable. 

miércoles, mayo 21, 2014

99#12



Conocí a Elia por “r>g”.  
  
Hacía unos meses que el economista francés Thomas Piketty había escrito un best seller mundial titulado “El Capital en el siglo XXI”, convirtiéndose en un fenómeno transversal alejado de los habituales y sesudos círculos académicos. Su tesis era que la desigualdad económica es un fenómeno inevitable del capitalismo, y que si no se combatía ardorosamente, la injustica avanzaría sin freno hasta horadar la viga maestra sustentadora de nuestra democracia. Según Piketty, la desigualdad aumenta cuando la tasa de remuneración del capital (“r”) es mayor que la tasa de crecimiento de la economía (“g”).  Y ahí venía su famosa formulación: la desigualdad aumenta cuando “r>g”.  

Setecientas páginas. 100.000 copias vendidas sólo en inglés en dos meses. El libro había salido en pleno debate acerca de las consecuencias que la devastadora crisis había tenido en las clases medias y bajas y el ensanchamiento oceánico que se había producido entre las minorías cada vez más ricas y los demás, un espectro variopinto de millones de familias  desesperadas. La brecha entre aquéllos y éstos se antojaba inadmisible. Piketty puso negro sobre blanco a un problema que iba a más, que amenazaba con partir la sociedad en dos, ellos y nosotros, un drama que daba gasolina a grupos anti sistema demagógicamente permeables a la angustia.

Pues bien, ahí me encontraba yo leyendo el tocho de Piketty, en el asiento que daba a ventanilla. El azul había aparecido súbitamente tras romper el avión las nubes que rodeaban el aeropuerto JFK, y entre cifra y cifra a cual más desalentadora, a veces abría mis labios para acompañar la música de mi Ipod.

 Now that you're mine 
We'll find a way 
Of chasing the sun 
Let me be the one that shines with you


O sea, era un cruzado contemporáneo. Preocupado por el futuro del planeta, concernido por la deriva de la humanidad, subido a un avión que me trasladaría en pocas horas al confort muelle de mi apartamento, escuchando mi última compra del Itunes, (“Definetely Maybe”. Edición Remasterizada. De Luxe Version), pero eso sí, con conciencia social. Piketty y los gamberros de Oasis. Lo mejor de dos mundos convergían accidentalmente en mi butaca. Pero hay días que uno está de suerte. Y la mía, se elevaba hasta el infinito, lo supe justo un nano segundo después de notar el tímido toque de colibrí de su mano en mi hombro, girar la cabeza, quitarme el auricular y acordarme de las escenas de mi infancia donde  pianos de cola parten cuerdas y poleas y aplastan al dibujo animado de turno.  

lunes, mayo 19, 2014

99#11







Estimado Daniel:

Antes que nada. Condolencias y felicitaciones.

Condolencias por la derrota del Madrid de baloncesto ayer tarde en Milán. Condolencias por la liga.  Veinte años no es nada cantó el porteño universal –o uruguayo, quien sabe- , que se lo digan al Atleti, el Cometa Halley balompédico, que cada cierto tiempo cruza fugaz por encima de nuestras cabezas, provocando el brillo en nuestras retinas, el oh silente en nuestros labios y la plenitud del que ve algo inexplicable.
Y felicitaciones, claro. Por la final de la “Liga de Champiñones”, el trofeo que pone siempre vuestro cuenta kilómetros a cero, el salvoconducto que os salva de cualquier mediocridad liguera. Yo, culé cordobés por rebeldía –en mi clase de Segundo de EGB éramos sólo dos, lo cual ha hecho que tenga que dar explicaciones toda mi vida, una agotadora ristra de porqués, ante mi merengona familia y amigos- voy con el Atleti como comprenderás. No me lo tengas en cuenta. Probablemente, Akram, ese taxista que te lleva y te trae, será siempre tu bálsamo de Fierabrás.

Y más felicitaciones. Acabo de dejarte en Yásnaia Poliana rodeado de mosquitos. No llevabas el Kalashnikov, mejor así.

Me ha gustado mucho tu libro. Lo he pasado muy bien. Y desde luego me has puesto una lista de deberes para cuando vaya a Moscú, cosa que espero sea pronto. :

-      - Comprobar ese ritual que yo creía extinto de las lentas. Me recuerda a mi pueblo, a esas primeras noches en las que entraba a la discoteca. Que eso se conserve bajo cero es un ejemplo de que la globalización tiene todavía fronteras inexpugnables.

-      -  Esa “belleza invasiva y de madreselva” de las rusas. Eso tengo que verlo.

-       -  No haré ningún viaje en tren sin llevar ibuprofeno.

-       - Lo de ver a Putin como un personaje más divertido de lo que los medios occidentales  nos presentan se me antoja complicado. Supongo que la realidad es siempre poliédrica pero no me gustan los tics autocráticos –ni en Rusia ni en ningún sitio- ni la doble vara de medir –Chechenia era un foco de terroristas a los que había que aniquilar y la autodeterminación no era negociable- pero en Crimea y el este de Ucrania las fronteras sí son maleables en aras a la protección de una minoritaria –o mayoritaria- población rusa supuestamente atacada por Kiev. Sé que todos los Imperios son así.  «Inglaterra no tiene aliados permanentes, solo intereses permanentes» dijo  Lord Palmerston, primer ministro británico  durante la Guerra de Crimea.

      Pero que unos y otros nos dejen por lo menos el pataleo del ahorcado. Dicho lo cual, si los rusos votan por Putin, pues aquí pan y después gloria.
En fin, Daniel, espero que escribas pronto cualquier cosa. Nos vemos en la azotea del Carlton.


Un abrazo.



Como bolazos de nieve:

-"Sudbá"(suerte, destino)
-Sentarse unos segundos en silencio con la persona que parte de viaje. Me parece hermosísimo.
-Nabokov
-“Hay que ensamblar la vida con la muerte de tal manera que la vida tenga una parte de solemnidad y de la ininteligibilidad de la muerte, y la muerte una parte de la claridad, de la simplicidad y de la ininteligibilidad de la vida” (Tolstoi en su Diario)
- “El hombre no puede ser dueño de nada mientras tenga miedo a la muerte. Quien no tiene miedo a la muerte lo posee todo”. (Pierre Bezújov, en Guerra y Paz. Tolstoi)
- “No te cases nunca, nunca, amigo mío; te lo aconsejo. No te cases antes que puedas decirte a ti mismo que has hecho todo lo posible por dejar de amar a la mujer escogida (…) “. (Andréi Bolkónski a Pierre Bezújov en Guerra y Paz. Tolstoi)

miércoles, mayo 07, 2014

99#10



¿Por qué me gusta follar?
1º- Follar es lo mejor que puedes hacer sin pagar. Supongo que pagando debe de ser también satisfactorio.
2º- Follar es una de las pocas cosas que tiene un final feliz. Al menos para un hombre. Hay quien dice que los finales felices están sobrevalorados. Reivindico aquí el único final feliz que desde que éramos piojos acuáticos no ha sido mejorado. Ponme un ejemplo de algo con mejor final. No me compares el final de “Breaking Bad”, por favor. Estamos hablando de cosas distintas. Claro que hay grados. Claro que sí. Como en todo. Ahora voy a eso.
3º- Hablando de eso. ¿Cuántas categorías de polvos tienes? Sí, en tu vida. Polvos normales, regulares, muy buenos, buenísimos. Y los pata negra. Pero admítelo. Incluso en su peor versión es un producto que rara vez falla. Dime algo –algo- que a lo largo de miles de veces te proporcione la calidad media de un polvo. ¿El fideuá? Venga ya.
4ª- Mi lista. Tú tienes la tuya. Pero el que está escribiendo soy yo, así que cállate.
 Los malos. Cuando estás borracho y no te empalmas. Son las cinco de la mañana. A las tres, ya estabas cocido, pero en un alarde de parecerte al de Leaving las Vegas, has tenido la magnífica idea explorar tus límites y has pedido una sucesión de wiskis cola en plan el mundo se acaba. Incluso has invitado a la gordita que te miraba incrustada en el batallón de amigas dispuestas en “formación tortuga” desde hacía rato. Sí, no te gusta. Pero eso era antes. Ahora te gusta su lunar al lado de la boca. Y sus tetas claro. Las tetas son imbatibles a esas horas. Da igual. Y tras unas risas, y tras beberte Escocia, acabas quitándole la ropa a un orco que se llama Isabel. Pero eso no es lo peor. Lo peor, como siempre, es la lucidez. Cuando sus tetas adquieren dimensiones de italiana bamboleante en peli de neorrealismo con vespa, cuando la saliva se intercambia en plan cadena de montaje, cuando descubres como respira, cada vez más fuerte.Y de repente, "voilà, el gemido. Es tan excitante imaginar cómo gime una mujer. Nunca lo sabes. Voces de mujeres hay tantas como mujeres. Pero es que la belleza de esto es que no hay un patrón establecido. Voces graves, cazalleras y ahumadas, de mucho tabaco y muchos combinados, dan lugar a gemidos delicados, rítmicos, como balanceos de góndola, perfumados y envolventes. Voces atildadas, de cánticos de Orfeón Donostiarra, dan lugar a bufidos de león marino en celo. Voces desagradables se transforman por arte de birlibirloque en los cánticos infaustos e irresistibles que mi amado Ulises sufríó amarrado a un poste. Es el caos del gemido. Me encanta.
Pues eso. Que la lucidez. Que estás a lo que estás y te viene un flash de lucidez. Y el tema no remonta. Y lo peor. Sabes que no lo hará. La combinación etílica y el background católico es una mezcla complicada. O dejémonos de rollos. Tu cuerpo se venga de ti en el peor momento. Cabrón. Pero aún así, tienes una segunda oportunidad. Dentro de unas horas, si hay suerte y ella no te ha mandado a tomar por culo. Es un polvo frustrado. Pero aún así, la promisión de éxito no es desdeñable. Dime qué producto te ofrece eso.
5º- Los polvos administrativos. Sí, esos que hay en el matrimonio, con una pareja con la que llevas tiempo. Apoyas tu culo en el colchón y te desvistes como el que te suelta “a por manzanas vengo”. Ya sabías que ibas a follar un minuto antes o dos. Era el día o ese pellizco que inicia la comunicación entre el Rover Pathfinder marciano y Houston. Cada uno al lado de la cama. Y te pones a ello. Pero no desdeñemos los polvos administrativos. Son un producto honesto. El vino del Mercadona, las zapatillas Kalenji del Decatlon. Te dan el apaño. Mejor que nada, puto gourmet.
5º- Los polvos del comienzo con alguien que te gusta. Todo es ansia viva, todo es ropa tirada en sitios que ni siquiera sabías que tenía tu piso. Bragas por todos lados. Camas deshechas. Un no parar. No te cansas de cada centímetro de su cuerpo, quieres follarla a todas horas, comértela entera, te encanta lo que te hace, lo que te deja hacerle. Te vuelven loco sus tetas, si son pequeñas están bien puestas, si son grandes porque son grandes. Su cara, su sonrisa, su todo. Las cifras sugieren rescate inminente del Banco Central Europeo, un cataclismo macroeconómico de proporciones bíblicas. Os veis y folláis. No podéis evitarlo. Es el éxtasis helénico, el segundo círculo de Dante. Te mareas lujuriosamente cada vez que cierras los ojos. Te encanta.

6º- Los polvos pata negra. Tienen las características de los inmediatamente anteriores y además cuando no estás follando puedes ir al cine a ver pelis independientes y hablar de libros. Mis preferidos. El nirvana.

lunes, noviembre 11, 2013

99#9


Año 2356. Al fin se consiguió. El Desfibrilador de Partículas es una realidad. Con la intrusión de la válvula proteica se ha dominado el átomo. Ahora se destruye y se vuelve a crear, se traslada en el tiempo. O sea, que ya podemos viajar al futuro y al pasado.

Vayamos por partes. Si no hubiera muerto en el 2356, porque han inventado un santo grial en forma de ADN, por esas cosas que siempre anuncian unos tipos de la Universidad de Michigan y me veo allí con más años que una palmera pero totalmente sin una arruga, lo que viene siendo un modelo mejorado de "El Puma" (¿alguien sabe los años que tiene “El Puma”?) y otro fulano con leggings negros que se llamara Luca (italiano, cómo no) me dijera: “Amichi, ¿Dónde quieres ir?”. ¿Qué le diría?. A ver:

Creo que, sí, estaría una temporada recordando de dónde vengo: Asistiendo a la lectura de El Banquete por el Autor, ensimismado en el Ágora, una mañana de Abril.  Con el gran Julio en Farsalia, sintiendo el fuego de la victoria, comprobando la biblioteca de Adriano, dándole a Cleopatra un imperio ficticio a cambio de que me acercara a Ra, en una noche alejandrina.

Tras mi periodo clásico, ya domino el latín y el griego a la perfección, lenguas francas que me servirán para siempre. En cualquier situación futura soltaré eso de “Certum est, quia impossible”. (Cierto es porque es imposible). Lo diré con desgana, mirando al mar sosteniendo un martini, con una rubia que me miraría arrobada sin entender nada. Y qué mas da: gracias Petronio, Suetonio, Antonio, y todo lo que acabe en onio.  


Tras aquello…¿dónde? Hernán Cortés llega a Cozumel. Allí, blandiendo espadas y pecho de latón a lomo de caballos, algunos indios asustados le dicen que en la isla hay otro como ellos, que es esclavo de un cacique local. Hernán le manda una carta para un posible encuentro. Y tras varias vicisitudes aparece un español, naúfrago de una expedición anterior que habiendo perdido toda esperanza de salir de allí, ya conocía la lengua indígena, se había adaptado a las costumbres tropicales con inusitada rapidez y se entendía con aquellas gentes con soltura y gracia. Gerónimo de Aguilar se llamaba. Pues se encontraron. Y le faltó tiempo para irse con Hernán y sus barcos, convirtiéndose en intérprete que sería utilísimo para la conquista de México. Pero ese encuentro de naúfrago a lo Tom Hanks debió ser sublime. Como tengo tiempo, puedo estar donde quiera, ¿vale?  

domingo, noviembre 10, 2013

99#8


Escucho “Un Buen Día”, de los Planetas, porque me parece que es la canción que sincroniza con  cómo me siento.  “Nos hemos metido cuatro millones de rayas”…

¿Cúanto duele el amor?¿Hay un aparato con wifi que lo mida, en plan escala de uno a diez, o que utilice barras de colores de azul a rojo intenso, o con atractivos iconos en forma de lágrima de uno a tres, siendo uno  fase de ponzoña otoñal y tres fracaso rotonda-píllame-camión? ¿Qué cojones hacen en Cupertino que no lo fabrican ya? “Nos hemos bajado a tomarnos unas cañas. Y me he reído con ellos”


Anoche vi “La Vida de Adele” y me di cuenta de que el amor duele. Ya lo sabía, de más, lo experimento, pero cuando lo ves en pantalla grande durante tres horas con banda sonora, chicas que hablan en francés sobre el tema y encima hay lágrimas y sexo muy explícito  a diez centímetros de tus ojos, se refresca el conocimiento de que sí, de que la secuencia del asunto es esa en muchas ocasiones, el resplandor cegador-conocerse-estar bien-dejar de estar tan bien-no estar bien-estar un poco mal-estar bien y mal-estar peor que mejor-estar mal-no saber por qué estás-no te ves estando-no estás. Y después lágrimas. Adele, la prota, llora un montón, la pobre, y a uno le dan ganas de achucharla, decirle que la entiende, que es para eso y para más, que todo irá bien, que eso pasa, que patatín que patatán.  Palabras que no servirían de nada. Lo sabemos porque a nosotros cuando hemos estado como ella, -tú también, ¿verdad? ¿O eres de otro planeta?- no nos han servido de nada. Es esa sensación de pérdida, de que ya nada será igual, el vitriólico agujero que tienes en el estómago. Al igual que el primer día en que nos lanzan al mundo ya llevamos el gusano microscópico que roe la viga maestra de nuestra existencia, desde la primera mirada que nos cruzamos con alguien nuevo, en ese segundo nos intercambiamos vía infrarrojos el virus invisible que nos hará sentir que perdemos pie, que la cosa ya no tiene solución. Y lo que te queda son los siguientes mil buenos días al estilo de Los Planetas. 

viernes, noviembre 01, 2013

99#7




“Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror desde las parte de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a  veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian. De modo que las guardaré para mí, y cubriré con ellas las paredes de mi choza”.
(Gustave Flaubert)


En el siglo XIX nadie podía ser catalogado como un genio sin haber contraído la sífilis o haber luchado contra los turcos en Grecia. En el siglo siglo XX para atesorar ese esclarecido honor debía de haber escrito un panfleto maoísta, o uno estalinista, haber dado conferencias sesudas sobre la muerte del capitalismo y la lucha de clases y fumar en pipa como Sartre.
¿Y ahora? ¿Qué hay que hacer para ser un genio? Quiero decir para que tu nombre se salga de ese “mainstream” y flote en la ingravidez cero de los que cual Faro de Alejandría iluminarán nuestro porvernir. Uno lee: “Steve Jobs cambió nuestra forma de relacionarnos con la tecnología, la hizo accesible, democratizó de forma cualitativa la intereacción entre las personas. Fue un genio”. Sí, quizá lo fuiste, Steve. Me molan tus teléfonos, tus gadgets tan cool y tu rollo casual. Has hecho que me pase el sesenta por ciento de mi vida respondiendo wassaps. Pero no te critico, ojo, es simplemente envidia. Creaste algo de la nada y eso tiene un valor per se, fuiste un Leonardo californiano. Te admiro, crack.
¿Qué es lo que decía Jonathan Swift? Ah, sí, era algo así como “cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Leí la frase en el libro de Kennedy Toole en mis años de universidad. Me pareció acertadísima, y de hecho, tiro de ella cada vez que algún talibán del Madrid discrepa  de mí viendo el fútbol. Supongo que es vanidad, ese arrogamiento fatuo de superioridad que nos hace tan estúpidos. ¿O era orgullo? Repasando a Flaubert estos días, me encontré que en una de las cartas que le escribe a Colet, esa loca que no paraba de agobiarlo en aras a procrear, a atarlo, a agobiarlo, a castrarlo en realidad, en respuesta a las quejas de ella sobre que sólo se “interesa por él mismo”, él le espeta: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Supongo que si ahora alguien me respondiera así un mail, mi grado de lividez alcanzaría cotas siderales. ¿Se imaginan? Estás en un garito, rastreas como un programa de la NSA americana posibles caras interesantes para “la seguridad del país y la libertad de nuestros aliados” y tras ingerir un último trago de ambrosía destilada te lanzas al ataque. Hablas de banalidades con una sonrisa, que si blablablá, y crees que todo va bien, has emitido las señales correctas, y pronosticas a tenor de sus risas, un temblor de barbilla cuando dentro de un rato veas lo que estás deseando.: una diosa con curvas te mira saliendo del cuarto de baño a ti, sí a ti, que estás echado en la cama. Pero de repente, regresas a la lucidez y escuchas como sus maravillosos labios brillantes se acercan a tu oído y te susurran, con música de “Vampire Weekend” al fondo: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Y miras alrededor buscando micrófonos ocultos, es más, estás seguro de que tiene un pinganillo en la oreja donde alguien le dicta esa frase para que te la suelte a ti y se te quede esa cara de gilipollas.

Lo dicho: zambullámonos a buscar conchas. El agua está buenísima. Se está mejor dentro que fuera. 

jueves, octubre 31, 2013

99#6





Yo no había leído nada de Flaubert hasta que leí algo que iba de Flaubert. “El Loro de Flaubert”, de Julian Barnes. Después, inmediatamente pasé a leerlo: cayeron “Madame Bovary, la “Educación Sentimental”, “Noviembre”. Y creo que ya está. Pasé una temporada muy imbuído por su forma de escribir. Era un maestro de la ocurrencia, un fino estilista, un mago de las palabras con un estilo zumbón, ligeramente lúbrico, un tipo talentoso en las descripciones de objetos muertos. Era capaz de llenar dos páginas hablando de un sombrero en una mesa. Esa era la parte que menos me gustaba de él, después sí había cosas que me resultaban interesantes, como por ejemplo la visión del “outsider”: Flaubert subido en en su andamio intelectual escribe con asco y aburrimiento sobre algo. Flaubert disecciona las miserias de sus personajes con una precisión que asusta. Cuando Emma Bovary se despeña poco a poco por las simas de la infidelidad, uno no puede sino plantearse lo mismo que le ocurre cuando se engancha a Breaking Bad. Ves a un fulano que es  profesor de química al que le comunican que la va a palmar en unos meses de cáncer. Seguidamente tiene la feliz idea de fabricar metanfetaminas para ganar mucha pasta que dejará a su familia. Ya sabéis: las penas con pan son menos.  En fin , ves eso en el primer capítulo y ya te dices: “Esto no va a acabar bien”. Lo sabes como que mañana amanece, lo sabes con la seguridad que te da la experiencia de cinco mil series anteriores,  noventa mil películas a las cuatro de la tarde, y más muertos en tu subconsciente que en todo el Sitio de Stalingrado. Sabes que  ese tipo no acabará bien. Y sabes que Emma Bovary no acabará bien.
Ese epílogo no impide el disfrute de Breaking Bad, ni por supuesto del libro de Flaubert.  Pero, ¿Hay alguna similitud entre Walter White, el protagonista de la serie y Enma Bovary? A ver: Enma , chica que vive en el campo, dada a las ensoñaciones románticas, ávida lectora, frágil, delicada,  se casa con un médico viudo. Al matrimonio le sucede rápidamente la frustración, y ella no tiene otra vía de escape –sí la tiene, pero si no no estaríamos hablando de nada- que serle infiel a su marido. Primero con el “chulo piscinas” de Boulanger, un Lecquio al uso, un indocumentado sin escrúpulos que quiere algo muy loable: tirársela. Y después contarlo a sus amigos en  una noche de copas, o de calvados, que para eso estamos por la zona de Normandía. En 1850 no había wassap, y por tanto Boulanger no pudo mostarle ninguna conversación subida de tono a sus colegas. Bastó con su palabra. Además, el que esté casada le da al tema mucho morbo, un objetivo legítimo para los depredadores académicos. Después, tras el fiasco, Emma, en vez de quedarse en su casa haciendo punto de cruz criando a su niña (sí, ha tenido una niña del médico, Dios aprieta pero no ahoga), le da por solazar su melancolía con León Dipuis, personaje éste que detesto. Un triste que  quiere lo mismo que Boulanger pero lo envuelve con literatura, frases grandilocuentes, pelos alborotados , tez blanquecina  y naderías sin fin. Es lo peor. Y acaba todo como el rosario de la aurora.

Walter  White se va a morir de cáncer. ¿Y qué hace? Meterse a criminal, sin dudarlo, mintiendo a su familia, juntándose con camellos , con yonquis, con la escoria. Y para lograr tener éxito -sólo medido en bolsas negras con fajos de billetes apresados en gomas-, hace juegos malabares, manteniendo la apariencia de tipo gris, padre de familia y a la vez cocinero de droga sintética azul que crea con sofisticado celo profesional, obviando alguna consideración moral. Repito: sabes que aquello no va a durar, que tu contrastado disco duro de pelis/series/ no necesita cruzar demasiados datos para que le endiñes la etiqueta de fiambre, pero eso no obsta para que le tengas cariño. Es un  dead man walking en la prisión estatal  de Texas, pero tiene cierta elegancia, admitámoslo. Emma me cabrea en su inactividad. Vive en un mundo de risa y de color, una diletante de sofá y peluquería, gastando dinero que no tiene, y dejándose enredar por alimañas ávidas de flujos soñados. Me gustó la maestría de Flaubert en mostrarla  irritante, ojo, me pareció un meritazo. Describir tan bien como una francesita burguesa del diecinueve se estrella, como sugerir sus sentimientos tan contenidos, sus suspiros cadenciosos paseando ausente por los parques de Yonville, sólo lo puede hacer alguien que haya sufrido un proceso de ósmosis sensorial catártica. Es como jugar al Grand Theft  Auto sin saberlo.  Y ahí está la dicotomía: ser soldado o filósofo. Emma es una teórica del amor, se le seca la boca hablando de él, el amor, ese ideal, esa luz que se le escapa entre las manos. La vida de Walter es un eterno Enero en el  Stalingrado del 43. Le queda poco, las hordas rusas huelen la sangre desde el Volga y van a por él. Morir o morir matando. Decide lo segundo. Quizá Emma y Walter no tienen nada que ver. No lo había pensado.