domingo, junio 19, 2011

Michael y yo en Edimburgo


Conocí a Michael sin conocerlo la primera noche en que llegué a Edimburgo.

El autobús nos dejó en Waverley, subimos y allí estaba A., la amiga de H.S., que al verme me soltó un "¡Hola!, ¿cómo estás?" en español que me hizo gracia. A. era Malay, la etnia predominante en Malasia, musulmana pero educada en Occidente, primero en Estados Unidos durante sus años universitarios y después en Edimburgo donde cursó un master en Finanzas. Allí, en tierras escocesas, permanecía desde hacía nueve años, ya que tras haber trabajado para una multinacional, decidió iniciar una andadura profesional autónoma realizando proyectos "free lance".

Bajamos por Princes Street, torcimos a la izquierda por Leith Walk hasta alcanzar el piso donde vivía. Supongo que Michael también nos acompañó pero eso era algo que sólo supe mucho después, cuando volví a España y pensé en los días en los que estuve con él sin conocerlo.

Tras instalarnos, A. sugirió ir a cenar a un restaurante cercano, lo cual agradecimos porque no habíamos probado bocado desde aquel sandwich plastificado en el Aeropuerto de Standsted. Fue a los pocos minutos de estar sentados, con las bebidas -cervezas para nosotros y refresco para ella- puestas en la mesa, cuando escuché por primera vez su nombre. Surgió de su boca como una palabra presente, poseedora de un significado precioso y único, dotada de una relevancia indiscutible, de eso nos dimos cuenta al momento. "Michael y yo ya no estamos juntos". Ahora, tengo dudas de si añadió "anymore". "Anymore" le atribuye a la frase un significado definitivo y resuelto, de decisión meditada que, aunque he hecho esfuerzos en reconstruir el fotograma de aquel encuentro no podría estar seguro al cien por cien si salió de su boca.

Se produjo el segundo de silencio típico de reconstrucción situacional, roto afortunadamente por H.S., que tras los muchos años de amistad y para quitarle hierro a una revelación que a dos hombres puede chirriarle, le preguntó el origen de todo, a modo "Darwinesco", el origen de la "Especie Michael", cómo lo había conocido (durante el master), de dónde era (escocés de pura cepa, de Edimburgo), qué había pasado para romper...madre mía, qué había pasado para romper...aquello fue lo que desencadenó la tormenta que nos acompañó durante una semana.

A la mañana siguiente, siguiendo un informal planning de nuestra anfitriona, nos dispusimos a conocer la ciudad. Ella no podía acompañarnos por motivos laborales pero se comprometió a unirse para la cena.

Subíamos hacia Calton Hill en una mañana lluviosa y casi sin darnos cuenta empezamos a hablar de Michael. Un tipo introvertido que vio en ella algo...¿Qué vería? Porque A. no era guapa, pero sí tenía una calidez evidente, sí, quizá el hermético escocés reparó en la exótica empatía de una chica de oriente, alguien sin pasado ni lugares comunes con el que todo era realmente nuevo, cada día era recibir información de otro planeta, planear embelesado como sería ese primer beso, ese primer mordisqueo galáctico sin referencias que sabrías que lo cambiaría todo... Ah, esos primeros días Michael, cuando todo estaba por descubrir, cuando el futuro era mejor que el presente...

Tras Calton Hill enfilamos hacia la Royal Mile envueltos en una bruma que parecía que no tenía edad, que te hacía más forastero. Pensé en que era increíble que una ciudad como aquella hubiera sido capaz de alumbrar a alguien que escribió una novela sobre piratas de palo e ínsulas tropicales. Supongo que Stevenson lo hizo tras unos años de perpetuas bajas presiones, en un momento de súbito optimismo que dejó paso a la oscuridad de espíritu plasmada en Dr. Jeckill y Mr. Hide. Pero eso quien lo sabe.

Le comenté a H.S. que Edimburgo, aparte de otra gente ilustre, era la cuna de Irvine Wells, pero eso no se tradujo en ninguna reacción porque no tenía ni puta idea de quién era, pero sí movió la ceja cuando supo que era el tío que había escrito Trainspotting. La irreverente Trainspotting, la novela que escribiría un hooligan que no hubiera leído un libro en su vida, aunque en realidad, eso era lo difícil, abandonar todo lo que has leído de otros y escribir una frase tuya, aunque sea estúpida. El vitriólico Wells había bebido Guinness por muchos de los pubs de esta enigmática y bella ciudad, habría tenido contactos con gente nada recomendable en alguna época de su vida y por esas estrechas calles se habría liado muchos sábados etílicos con escocesas blancas, sobrealimentadas y desconocedoras de que en Febrero, con aquel clima infernal, no se podía ir en chanclas y en tirantes. Irvine, qué cabronazo. Sabes que te adoro.
La visita al castillo se limitó a la entrada porque los dos habíamos hecho un pacto de no hacer cola, fruto de una misantropía latente que se retroalimentaba siempre que estábamos juntos, quizá una pose para creernos más interesantes de lo que realmente éramos. Así que tras un intercambio de impresiones acordamos echarle valor y "atacar" el "Arthur´s Seat", un promontorio a las afueras de la ciudad, desde donde había unas vistas magníficas. Como H.S. tiene espíritu de sherpa frustrado, la idea le pareció luminosa. A mi no tanto, pero en aras a la armonía hubo quorum y tras echar un vistazo al feo edificio del Parlamento (lo hizo un español, que le vamos a hacer), avistamos el mítico y artúrico asiento. A Michael no le preguntamos si quería subir porque dimos por supuesto que al ser de naturaleza tímida y de temperamento acomodaticio, no nos diría que no, como efectivamente así fue.

El camino, al principio, era de una pendiente ligera y eso nos animó a abrir la sesión. "Creo que se le está yendo la cabeza con ese tío. No asume que Michael pasa de ella. La cosa ha llegado a un punto de no retorno y mientras antes se de cuenta mejor. Y para nosotros, porque estoy hasta los cojones de oír hablar de él". Aquello vino como resultado no sólo de la cena y la descarga del disco duro posterior al llegar a casa al que fuimos sometidos. Vino tras escuchar con pena los argumentos de una mujer enamorada que ve como la vida se le va al garete. Recapitulo: tras conocerse, flechazo incluido, viaje de Michael a Malasia, tras - eso no lo dijo A. pero lo dijimos nosotros subiendo por la puta colina -, haber probado la morena piel asiática, contrastando subrepticiamente el ardor musulmán con el producto local, decidieron dar un paso definitivo: comprarse una casa. Esto significaba para ella todo lo que quería: boda con un "westerner", o sea, Michael era para ella aparte de novio, la variable glamurosa y europea que haría sensación periódicamente en las escasas pero de calidad reuniones familiares en el país del sureste asiático. Una casa entre los dos era la parábola perfecta de una relación con la que soñaba su parte occidental, la parte que le impedía ponerse el pañuelo en la cabeza que otras malays sí exhibían. Michael era para ella abandonar el conflicto religioso que incubaba desde hacía años para sumergirse en la practicidad de una vida que le alejaba de arcanos residuos culturales.

Ella en realidad quería haberse casado y después haber comprado la casa. Su familia no entendería el proceso contrario, las creencias rigurosas de una madre devota provocarían un distanciamiento con ella, y eso le suponía una colisión mental que le oprimía por lo que intentaba por todos los medios ocultarle esa bomba de tiempo letal y silenciosa a Michael. Utilizó todas sus armas para lograrlo, según nos comentó. (H.S. y yo imaginamos maratones sexuales todo el fin de semana, Michael bebiendo Acuarius para poder sobrellevar aquel festival, ella con tarifa plana en la tienda de lencería de moda, habitaciones de hotel que ardían los sábados, susurrantes palabras al oído del escocés hierático que le evocaban un matrimonio burocrático, rápido y después...aquella fruta del paraíso nacida en su invernadero particular, la eternidad. Todo eso imaginamos).

Coronamos Arthur´s Seat tras cerca de una hora con la lengua fuera a paso de legionario de Ronda, y tras las fotos, descendimos para regresar a High Street y reponer fuerzas en el pub recomendado por A., el "Whiski Bar". ¿Y por qué fuimos allí? Porque era uno de los mejores sitios para comer lo que no se debe de comer: Haggis. Es inquietante el masoquismo gastronómico al que nos sometemos sin necesidad. Dejas tu casa por diez minutos y te conviertes en ese tío de la tele que en mitad del Amazonas se prepara unas brochetas de artrópodos, que asa en una fogata prendida tras veintiséis intentos, y que encima mira a la cámara y suelta: "está horroroso pero tiene un montón de proteínas". Vale, cojonudo, pero nosotros no tenemos que comerlo, nosotros no tenemos porqué llevar la inmersión cultural a cotas tan altas. ¿Comer asaduras de oveja (pulmón, hígado y corazón), mezcladas con cebolla, harina de avena, todo ello embutido en una bolsa hecha del estómago del animal no es definitivamente un ejercicio evidente de terrorismo culinario? No probé aquello. Él sí. Dijo que estaba buenísimo.

Tomando el café sorprendentemente potable, H.S. dijo que "Michael se había asustado". De acuerdo con su razonamiento -me asombraba su claridad expositiva-, compraron la casa pero sus planes eran vivir juntos y no tomar decisiones precipitadas. Porque estaba el tema de la religión. Para Michael, la idea de casarse podría parecer una opción a tener en cuenta tras tantos años. Sus amigos lo hacían constantemente, la gente les preguntaba en las bodas cuándo pasarían por el altar...el altar. Ahí estaba el asunto. En principio, la idea de casarse con alguien es para un hombre algo peliagudo, mucho más que para una mujer. Casarse para un tío es decir adiós a los amigos (admitámoslo. Es algo que tarde o temprano sucederá. La fagocitación se inicia imperceptiblemente desde el momento en que dejáis la iglesia), compartir el mando de la tele, y los planes requieren casi una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU. Compartir, amigo, compartir. A las mujeres les encanta esa palabra. Si a ese temor sordo, atávico al compromiso del género masculino le unimos la palabra "conversión", el panorama adquiere tintes sudoríparos. A. quería casarse, pero también quería que Michael se convirtiera. Cuando ella lo dijo, no pude por menos que contestarle: "¿Qué se convirtiera? ¿En qué? ¿Por qué? ¿Cómo?". Que se convirtiera en musulmán, y que educara a sus hijos en la fe del profeta. A., me argumentó que era algo simbólico, administrativo y que él no tenía por qué creer en nada. Y añadió que cuando le trasladó la idea, utilizó "la frase", el Martillo de Thor que nunca debió lanzar: "Si me quieres, lo harás por mi".
Michael era ordenado, metódico, riguroso en su trabajo y de costumbres adquiridas tras un filtro de años y de madurez. Sabía lo que le gustaba. Su "bed time" era a las diez y media. Tras la oficina se iba al gimnasio, cosa que hacía cuatro o cinco veces a la semana. Le gustaban las pesas, la desconexión del ejercicio físico. Por lo visto, su padre había sido linier en un mundial de fútbol y el deporte era básico en el entorno familiar. Tras el gimnasio, ducha, cena y cama. De lunes a viernes. Durante el fin de semana sí se permitía más licencias: básicamente dejarse arrastrar por la vorágine creativa de A., que era la que disfrutaba con las cenas, las fiestas, ir al Tube a tomar copas (antes de que decidiera que la sensación de expatriada no era óbice para no seguir los principios del Corán), o inventar cualquier reunión donde regalar a los amigos su proverbial sociabilidad. Era una subcontrata lógica, común en todas las parejas, el pacto tácito de no agresión que hace que las cosas funcionen: "ve al gimnasio, los fines de semana salimos". Así eran las cosas cuando funcionaban, cuando la inercia de los días solapaba la nube oscura de tormenta de Agosto que les rodeaba, así eran las cosas cuando la cotidianeidad escondía debajo de la moqueta, la llave del trastero donde se guardaban todos sus temores futuros.

Me tomé un whiski a su salud, antes de dejarlo allí, invisible, rodeado de restos de comida de extraños que hablaban de él sin conocerlo.
Sobre las siete llegó A., con mala cara y ojeras, la marca de la derrota y la pena. Encargamos comida china y nos fuimos a la cama. La puerta del frigorífico tenía por la mañana una nota que decía: "Esta noche vamos a The Tube, con mi amigo Tony. Bailaremos". Tony era australiano y el único amigo de A. en Edimburgo, "solo suyo", que no había conocido a través de Michael. También trabajaba en finanzas pero había montado una agencia de viajes especializada en travesías por el Mediterráneo. El mundo de los barcos le interesó desde siempre y antes de sentar la cabeza en un trabajo convencional vagabundeó por Europa hasta recalar en Naxos, una islita de Las Cícladas, donde se sacó el título de patrón, aparte de hacer buenas migas con el dueño del velero con el que decidió iniciarse en el joint venture de hacer que los noruegos soltaran pasta por pasar una semana en un barco que vendía romanticismo a golpe de Visa. A. había estado en su barco el año pasado con Michael y contó entre risas los primeros días de mareos, la sensación extraña y maravillosa a la vez de sentirse minúscula nadando en un mar de aquel color tan especial. Podía haber dicho en un mar "homérico, de Sirenas, en un mar de Teseo y Ariadna, de velas blancas y negras, de Dioses antiguos, en un mar de Cíclopes e Hidras". Pero si hubiera dicho eso hubiéramos pensado que estaba loca.
Tony tenía dos relojes, uno enorme, que parecía el prototipo fallido del inventor de los relojes de pulsera, y que encima marcaba una hora equivocada. Era consciente de ello pero, según apuntó, solo lo llevaba porque al verlo en un tenderete de Éfeso pensó que comprarlo sería una buena forma de recordar la magia de ese lugar. Qué mas daba si funcionaba o no. A. le dijo a Tony que tenía que arreglar algunas cosas importantes con Michael antes de tomar ninguna decisión, que se resumían sólo a dos: quedarse o irse. Había una casa a medias que, aunque llevaba a la venta seis meses no se vendía. Había asuntos de dinero, de llaves, cuestiones domésticas aplazadas en aras a un entendimiento que se antojaba ya imposible.

Lo pasamos bien aquella noche. The Tube era un garito en el bajo de un bloque victoriano, y entre música indie desconocida, nos dirigimos con fruición a aquel abrevadero de treintañeros para rellenar sin descanso nuestras copas, buscando, qué se yo, buscando nada. Michael se auto invitó invisible al acercarse A. y comentarme que solían venir mucho juntos, que habían pasado noches memorables en aquellas cuatro paredes. Brindamos, amigo, bailaste canciones de Suede junto a A. una vez más, hiciste los coros de "Creep" de Radiohead dándolo todo, y ella miraba a la puerta esperando que tu evocadora presencia se hiciera real y que el azar y la sonrisa del millón de voltios que guardaba en su corazón curara aquella sed de amor. Pero no viniste.

¿Dónde van los amores prescritos, Michael? Te pregunto sin conocerte, y te pido mil perdones por inquisiciones epistolares que jamás tendrás la oportunidad ni las ganas de contestar. Soy un extraño perpetuo, un voyeur que hace preguntas estúpidas que quizá no se atreva a responder él mismo. ¿Dónde fue el amor que sentías? Siempre me ha fascinado la fragilidad de todo lo que tiene que ver con la gente, el plazo de caducidad que genéticamente arrastra una pasión justo en el mismo momento en la que nace, en ese segundo donde te sientes pleno, radiante, henchido de la voracidad exquisita del amor, donde asumes que has coronado el K2 por la vertiente jodida y sin oxígeno, contemplas el Himalaya nevado bajo tus pies con la respiración entrecortada y tras un parpadeo sublime, ya sabes que lo que te toca es bajar. Bajar. Iniciar un descenso a “algo peor”. No te engañes. Algunos lo llaman madurez, cariño, compromiso, verdadero amor. Mentira. Sabes que es una justificación mezquina para tirar para adelante. Llegó una tarde en que supiste que los besos adquirían un tono funcionarial, que el silencio vivía con vosotros sin pagar alquiler, que esa necesidad de tocarse, de besarse, de irse a la cama sin hora había terminado, y que ahora lo que quedaba era gestionar una retirada honrosa en el Frente del Este, antes de acabar ahogado en un puto río polaco sin nombre, muerto de frío y de miedo. Peleaste por salvarte. Pero no pudo ser, ¿verdad? Aceptar que lo mejor no volverá. Que han trascurrido años y ya no recuerdas de qué te enamoraste. Que mil carámbanos cortan tu corazón cuando la ves al llegar a casa. Que sientes pena por ti y por ella cuando ensimismado ves a dos chicos besarse. Porque la quisiste. Y ahora solo adelantas lo que sabes que sucederá: Mudanzas, lloros, llamadas, súplicas, últimos polvos redentores.

Tras aquello, nos diste un respiro para lanzarnos un último "coup de grâce" en forma de aviso de correos dos días después. A A. se le desataron los nervios mal que bien dominados con anterioridad. ¿Por qué una carta? ¿Qué querrías? H.S y yo éramos escépticos pero tampoco queríamos arruinar sus esperanzas. A fin de cuentas, todo se estaba transformando en una tragedia donde un Sófocles de las Highlands nos zarandeaba a todos en mayor o menor medida, y donde H.S. y yo, actores secundarios o suplentes por desaparición del principal, lo único que ansiábamos era que terminara la Obra con el silencio cabizbajo de una platea lejana.

Con el coche que teníamos alquilado la llevamos a la Post Office y al llegar, tanto él como yo decidimos resguardarnos en el burladero perfecto que suponía nuestro vehículo, mientras que A., con una lluvia sin tregua esquivaba charcos, para abrir la puerta donde sus dudas quedarían al fin disipadas.

-Limpia el vaho que ya sale- dije yo para lograr una visión de media distancia.

-¿Está llorando? ¡Madre mía, está llorando!- soltó H.S. a la vez que los dos abríamos la puerta e íbamos a su encuentro.

El pelo mojado, las gotas que le caían por la morena piel de sus mejillas mezcladas con lágrimas sin tiempo ni edad, como si hubiera nacido llorando. Me dio mucha pena, casi lloro yo también por solidaridad, para trasladarle que juntando nuestras caras mustias todo sería más rápido.

-Me manda las llaves, y todas las cartas que llegaban a casa del banco sin abrir. Dice que no va a abrirlas más, que comunique la nueva dirección a quien corresponda. Termina diciendo que es lo más "razonable". Lo más "razonable". ¿Qué mierda significa eso?

Ay, Michael, sé que te costó trabajo, que hubieras preferido que las cosas fueran de otro modo, que lo último que querías era ser espectador de un drama de otras latitudes. Pero el caso es que allí estábamos los cuatro, -tú no te mojaste, canalla-, en un silencio acuático, nosotros intentando consolar a tu ex novia con frases sin sentido y ella que veía como la implacable lluvia escocesa se llevaba licuada su alma por un sumidero sin fondo.

Al día siguiente volvimos a España.

Meses más tarde me enteré que A. había dejado Edimburgo y había regresado a Malasia para estar con la familia. Era un cambio que la alejaba del núcleo del dolor. Durante ese tiempo, H.S., que también había regresado, quedó con los dos. Estuvisteis en Tioman haciendo submarinismo. Michael sin saberlo, metido en las profundidades del Mar de la China, tocando receloso cientos de peces de colores, corales verdes en un mar de arena blanca. Michael ajeno, comiendo duriones bajo una humedad sofocante mientras dos personas, una conocida y otra no, pronuncian su nombre.

Lo último que sé de A. es que súbitamente desapareció. No respondía a los e-mails y era como si se la hubiera tragado la Tierra. Mas tarde me enteré que, quizá buscando el definitivo olvido, decidió hacer el Umrah, el peregrinaje a la Meca del que me había hablado en Escocia, quién sabe si como catarsis para iniciar un nuevo camino. Yo ahora, tras tanto tiempo, no sé si funcionó, desconozco si en cada una de las vueltas que daba a la sagrada Kaaba, Michael estaba con ella, ni si cuando intentaba tocar la esquina de la Piedra Negra no era la salvación lo que buscaba sino sus labios ya para siempre extranjeros.

viernes, junio 10, 2011

Preciso (I)



Preciso: Sig.
1 . Si dice di cosa calcolata, fatta o detta con esattezza
2. Si dice di persona o cosa che agisce o funziona con accuratezza ed esattezza

”Es curioso, el recuerdo que queda al final de otras personas. ¿Qué me quedó de ti? Que eres un cenizo”.


Al subir al avión quedaban pocos asientos libres. Las portezuelas para dejar el equipaje estaban abiertas y miraba los huecos disponibles para dejar su maleta. Al final fue más rápido que un veinteañero que flirteaba con la sordera latente fruto del Ipod que amenazadoramente abrasaba sus oídos y embutió su bolsa de deportes entre dos cabin trolley de medidas académicamente aceptables para la compañía infame de bajo coste en la que viajaba.

Pasillo. Había unos ojos ligeramente azules pegados a la ventanilla que miraban a los operarios de tierra de peto amarillo. Dejó el asiento de en medio libre, para que los dos estuvieran más cómodos. Ella lo miró y sonrió levemente. Cuando el avión enfiló la pista de despegue, la chica de los ojos azules sacó una cadena oculta tras su jersey, la cogió y llevó una cruz a sus labios que comenzaron a musitar casi imperceptiblemente, a la vez que de los motores del avión ululaban ominosamante ruídos metálicos de miedo silencioso. Más rápido, más rápido, los labios que le pedían a un Dios creador de todo lo visible y lo invisible no morir abrasada, no morir aquí, no morir cuando era joven, bonita, sana y tenía tantos proyectos, plegarias de últimas voluntades, besaron con devoción proporcional a la velocidad, la imagen redentora que su madre le había regalado el día de su confirmación. Y el suelo dejó de tener contacto con ellos.

Algunas partes de su falda blanca de verano con ribetes azules ocupaban el asiento divisorio y terminaban en unos sandalias de las que sobresalían unas bonitas uñas pintadas en rojo. A la vez que continuaba con aquel libro que le ponía tan triste de Marai –trasunto de sus melancolías mediterráneas- observaba de vez en cuando el grácil movimiento vecino de aquellas uñas rojas, autónomamente bellas y desnudas, poseedoras de vida propia, pianistas consumadas de Nocturnos invisibles, cadenciosas armas de salvas transparentes.

-¿Qué tal nos pone ese libro?- Le preguntó en inglés. Ella, lo miró levemente sorprendida, apoyando la lectura en el regazo contestó:

- Es un poco denso, me parece. No puedo saber cómo sois los españoles en tan poco tiempo. Aquí dice que sois apasionados, un poco desorganizados, sociables…Pero supongo que es un cúmulo de tópicos para que los…”guiris” tengan la excusa de “ah, era esto lo que decía el libro” cuando se enfrenten a situaciones que se les escapan. Me llamo X, soy de Boston.

Los americanos. Esa gente proverbialmente amable, convencidos de pertenecer al pueblo elegido, blindado ante las envidias de los semejantes y que destilaban una seguridad que les permitía por ejemplo, hablar de chorradas con un español que claramente llevaba una hora mirándola a hurtadillas con evidentes propósitos lúbricos. Ah, estos latinos…

Él le preguntó qué hacía. Ella contestó que un curso de español en Sevilla. Había aprovechado la estancia para pasar una semana en Roma, una ciudad de la que había oído maravillas. “Te encantará. Voy un mes y medio todos los veranos desde hace veintidós años”. Esa respuesta provocó que la mirada atlántica de la chica lo atravesara inquisitivamente: “Veintidós años…eso es mucho tiempo para ir al mismo sitio, ¿no?” Él sonrió y contestó que sí, que era mucho tiempo pero que Roma era la ciudad más interesante del mundo. O de su mundo. Tras otra hora de charla amable y distendida hablaron de hoteles, de dónde se quedaba ella –un dudoso y barato bed and breakfast de Trastevere- y donde se quedaba él – un moderno hotel cerca de Villa Borghese. “Lo bueno de ser viejo es que puedes dormir en sitios mejores, lo malo es que te gustaría cambiarlo todo por tener treinta años menos y dormir en sitios como el tuyo”. Y así, entre risas, y murmuraciones de cruces en los labios de nuevo al aterrizar, llegaron a Roma.

Bajaron juntos la escalerilla y esperaron a que los flecos negros escupieran sus pertenencias a través de la cinta. Las risas continuaron en el autobús, conversaciones de “Derecho Comparado” como él decía, amenas porque ella tenía la luz de la juventud, el destello de lo puro, la inmarcesabilidad de la terra incognita, el fulgor del oro en una sonrisa desarmante. Él le sugirió apresuradamente y con no disimulada timidez los sitios de visita obligatoria, las rutas, los horarios, los pequeños trucos para hacer su estancia más provechosa. De su boca salieron palabras como “Foro, Panteón, Museos Vaticanos, Capilla Sixtina, Nabona, España, Miguel Angel, gelatos, expressos, Doria-Phampili…” con cadencia pseudo robótica y profesional, y se refugió en la experiencia de lo que contaba para no dar a la despedida el menor drama, consciente de que que aquella veinteañera con sandalias le producía a su estómago reacciones nada buenas para un hombre de su edad.

-¿Y no me vas a dar tu teléfono?- Súbitamente dijo ella cuando él terminó la retahíla de nombres.

- Umm…sí, claro…¿lo quieres?- preguntó ligeramente azorado por la estupidez de su pregunta.

- Pues claro que lo quiero. Podíamos quedar un día de estos y enseñarme algo que no venga en las guías. Vamos, si puedes o quieres. – dijo ella con una despreocupada seguridad, a la vez que se ponía una cinta en el pelo.

- Vale. Toma nota de mi número. Llámame si lo necesitas. Será un placer que me cuentes que tal te ha ido.

- Lo haré. Pero prométeme una cosa..

- ¿Qué?

- Que me dirás qué haces aquí después de veintitantos años…

No terminó la frase cuando su autobús le cerró la puerta en las narices y él se quedó mirándo como el espacio preciso entre el autobús que se alejaba y él, se convertía en un campo magnético más milenario que la ciudad más milenaria del mundo.