Estoy enamorado de mi vecina.
Absolutamente, sin solución de continuidad. Antes de verla, la
presentí y ya me gustaba.
Oí un ruído de arrastrar muebles en el piso contiguo, que llevaba sin inquilinos desde siempre, taladros, operarios que entraban y salían y los preparativos de un desembarco inminente en forma de cajas, plantas, bolsas de Bimba y Lola, que generó una vaga sensación: tengo vecinos. Sopesé las posibilidades: un hombre no (incompatible con Bimba y Lola); quizá una pareja. Con niños. El horror. Llantos a medianoche, -el niño no come, el niño no para de comer, está enfermo, habría chillidos de amor entre padres e hijos (cosita mía, amor de mi vida, se puede ser más guapo, Dios mío, dale un besito a papi ) que romperían mi equilibrado mundo, mi coqueto pisito de soltero con tele plana, cenas burguesas a lo Woody Allen, risas inteligentes con la bruma de taninos y retrogusto se irían al carajo porque en mitad de una conversación sobre la fragil belleza de Naomi Watts (tema al que recurro cuando no sé de que hablar) escucharíamos el aullído de un infante desdichado, los reproches entre los padres (levántate tú alguna vez, el niño también es tuyo) y el repertorio de frases que desde mi atalaya de single irreductible siempre he grabado en mi disco duro para ingerir cicuta si yo soy protagonista.
O quizá, una mujer. Y esa era una sugerente opción. Y si era mujer, ya por pedir que fuera guapa. “Coge una mujer guapa, hijo, cuestan igual que las otras”, me decía mi padre, y yo seguí sus consejos como un Abraham postmoderno detenido en el último segundo en su estocada mortal. Por lo tanto, decidí pensar que mi vecina era un bellezón, por supuesto soltera, había llegado allí tras un desengaño amoroso que le indujo a cambiar de barrio, a modo de retiro tibetano para reflexionar sobre el fracaso inherente a todas las relaciones, sobre la mentira, sobre los besos amargos y las noches de terraza con cervezas en silencio. Sí, eso. Ella se habría dado cuenta de que su historia no iba bien cuando llegó al punto del que habría hablado con su novio cuando lo conoció: “Mira a esos dos. Llevan una hora y no se han dirigido la palabra”. Y ese día, el día en que a ella le pasó eso, se habría mudado para estar junto a mi. Porque aunque todavía no la había conocido, sí que la música que le gustaba -la compartía a través de las paredes- transmitía y corroboraba todo mi armazón intelectual: Le gustaba Muse, Radiohead, Joy Division, Morrisey, Kasabian. ¡Como a mi! Evidentemente, desprendían desgarro, oscuridad, sinceridad, me emocionaba cada vez que sonaba “Love will tear us apart”, y casi tenía que contenerme para no dejarlo todo, llamar a la puerta, abrazarla, ella con los hombros encogidos y los brazos flojos resistiendo mi abrazo salvador de todas las plagas bíblicas de su vida, y decirle: “No te preocupes, amor, ya estoy yo aquí”.
Oí un ruído de arrastrar muebles en el piso contiguo, que llevaba sin inquilinos desde siempre, taladros, operarios que entraban y salían y los preparativos de un desembarco inminente en forma de cajas, plantas, bolsas de Bimba y Lola, que generó una vaga sensación: tengo vecinos. Sopesé las posibilidades: un hombre no (incompatible con Bimba y Lola); quizá una pareja. Con niños. El horror. Llantos a medianoche, -el niño no come, el niño no para de comer, está enfermo, habría chillidos de amor entre padres e hijos (cosita mía, amor de mi vida, se puede ser más guapo, Dios mío, dale un besito a papi ) que romperían mi equilibrado mundo, mi coqueto pisito de soltero con tele plana, cenas burguesas a lo Woody Allen, risas inteligentes con la bruma de taninos y retrogusto se irían al carajo porque en mitad de una conversación sobre la fragil belleza de Naomi Watts (tema al que recurro cuando no sé de que hablar) escucharíamos el aullído de un infante desdichado, los reproches entre los padres (levántate tú alguna vez, el niño también es tuyo) y el repertorio de frases que desde mi atalaya de single irreductible siempre he grabado en mi disco duro para ingerir cicuta si yo soy protagonista.
O quizá, una mujer. Y esa era una sugerente opción. Y si era mujer, ya por pedir que fuera guapa. “Coge una mujer guapa, hijo, cuestan igual que las otras”, me decía mi padre, y yo seguí sus consejos como un Abraham postmoderno detenido en el último segundo en su estocada mortal. Por lo tanto, decidí pensar que mi vecina era un bellezón, por supuesto soltera, había llegado allí tras un desengaño amoroso que le indujo a cambiar de barrio, a modo de retiro tibetano para reflexionar sobre el fracaso inherente a todas las relaciones, sobre la mentira, sobre los besos amargos y las noches de terraza con cervezas en silencio. Sí, eso. Ella se habría dado cuenta de que su historia no iba bien cuando llegó al punto del que habría hablado con su novio cuando lo conoció: “Mira a esos dos. Llevan una hora y no se han dirigido la palabra”. Y ese día, el día en que a ella le pasó eso, se habría mudado para estar junto a mi. Porque aunque todavía no la había conocido, sí que la música que le gustaba -la compartía a través de las paredes- transmitía y corroboraba todo mi armazón intelectual: Le gustaba Muse, Radiohead, Joy Division, Morrisey, Kasabian. ¡Como a mi! Evidentemente, desprendían desgarro, oscuridad, sinceridad, me emocionaba cada vez que sonaba “Love will tear us apart”, y casi tenía que contenerme para no dejarlo todo, llamar a la puerta, abrazarla, ella con los hombros encogidos y los brazos flojos resistiendo mi abrazo salvador de todas las plagas bíblicas de su vida, y decirle: “No te preocupes, amor, ya estoy yo aquí”.
Estoy enamorado de mi vecina. Y antes
de conocerla, de oir su voz, de escuchar su risa, siento vértigo,
ahora que oigo el ruído de su puerta y que sé que si me doy
prisa la podré ver por la mirilla.


