A las seis de la mañana, después de mil esfuerzos por dormir se dio por vencido y decidió dejar el hotel. Todavía no había amanecido y una brisa agradable le acompañó cruzando el jardín, trayendo un suave olor a sakura que se fundía con las luces de los coches que como una hilera incesante y silenciosa desfilaban por las avenidas circundantes. El silencio de Tokio. Una ballena enorme que se sumerge en el Ártico tras mirar por un segundo de costado al tipo del barco que instintivamente abre un poco su boca, incapaz de descifrar la grandeza de lo que ve. Tokio era su Mobby Dick y el vapor de su soplido le humedecía la cara.
Se
metió por la boca de metro y anduvo durante diez minutos por pasillos
larguísimos; se cruzó con bastante gente que cual legión disciplinada marchaban
diligentes a sus trabajos. La ropa de los japoneses. El gris, el negro.
Abrigos. Las máscaras en la boca.
Se
decidió por la línea Yamanote ,la que daba
vueltas a la ciudad sin solución de continuidad, como un Sísifo ferroviario que
no paraba jamás. Encontró en el andén a un ejército de “salary men”, con la
vista perdida, esperando. Llegó el metro. Un empujador con gorra de plato
empezó a vociferar y a realizar su trabajo con eficacia, obligando a las hordas
obedientes a entrar en los chiqueros subterráneos, y éstos, y él, se movían
hacia la boca deglutidora, rápido, antes de que el general empujador les gritara que ya no cabía más gente, que la
bestia estaba saciada. Tuvo suerte y entró. Siempre le gustó el metro, a todos
los enamoradizos y melancólicos les gusta el metro. Sueñan con las vidas
ajenas, en cómo será la vida de esa chica que lee manga, tan marciana aunque
casi roce su hombro, y quien será el receptor de esos mensajes de móvil a las
seis de la mañana de ese chico con pelo naranja.
Se bajó
en Harajuku. Cogió el mapa, bordeó Yoyogi Koen y se adentro por el sendero flanqueado de árboles. Miles de ellos. Volvían a la vida.
Enormes y callados. Amanecía y la luz
anaranjada comenzaba a darle al horizonte una línea de sombra mortecina, que se
perdía entre el verde oscuro de los prados. Los pájaros revoloteaban entre las
fuentes, posándose una milésima de segundo y retomando el vuelo hacia esas
silentes ramas que ya sí, se iban definiendo como brazos gigantes sostenedores
de aire.
Los
pasos en la gravilla. Ese sonido. Y su respiración. Una puerta Torii,
separadora de lo profano y lo divino, le sorprendió . En mitad de la nada, aquel arco de madera, le
anunciaba algo, aunque no sabía muy bien qué. Llegó a Meiji Jingu. En la entrada apilados a la
derecha, se encontró con barriles blancos, debería preguntar qué era aquello.
Pero no lo hizo. Un cartel obligaba a lavarse las manos antes de entrar a las
estancias principales y eso hizo, junto a una anciana que lo miraba sonriente y
que al terminar se despidió con esa genuflexión que provocaba azoramiento. Entró en el templo y escuchó palmas. Cada
plegaria era acompañada de palmas. Se sentó. Miró a su derecha y se encontró a
la anciana. Le sonrió de nuevo. Le cogió la mano y le estuvo hablando durante cinco
minutos. No entendió ni una palabra pero de alguna manera se sintió mejor.
Salió fuera, cogió un trozo de papel del bolsillo, escribió lo que había ido a
escribir y lo dejó en el muro, con cientos de papelitos más. Respiró. Y se
despidió de su padre.

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