jueves, febrero 26, 2009


En mis viajes argonáuticos no voy acompañado de héroes. Risas desaparecidas se mezclan en una alquimia fascinante con ojos nuevos. Leo:

"Cuando la belleza parte de una armónica suma de imperfecciones, te quedas desconcertado ante ella, sin armas estéticas para encajar su extraño prestigio. Te sientes pequeño y miserable, igual que si llevaras calcetines rotos por la punta. Ante la belleza anómala y misteriosa, eres el simio desconcertado que salta de rama en rama. Te da vergüenza profanar ese delicado equilibrio. Te sientes indigno de poseer esa belleza: esa belleza que se ha creado a sí misma como un enigma artesanal". ("El Novio del Mundo". Felipe Benítez Reyes).

Cuando Humbert Humbert musitaba extático y subyugado, aquello de "LO-LI-TA, LO-LI-TA, luz de mi vida", era eso de lo que hablaba.



Cuando X llamó por teléfono temí lo peor. Hay llamadas ominosas, donde antes de descolgar presientes que la información que se te va a proporcionar en los siguientes segundos va a producirte tristeza sin adulterar, hidras salvajes penetrarán en tus oídos para devorarte el corazón.
Al colgar, la lengua tenía un regusto a ceniza fría. Salí al campo a dar un paseo. El tacto de las hojas de los olivos, el sonido de las botas al pisar la tierra, la respiración, un tiro lejano. Ya nunca volveríamos a comer las manzanas de oro de las Hespérides.

¿Quién ennegreció el oro? ¿En qué momento tus ojos me miraron extranjero? ¿Cuándo las sílabas emanadas de mi boca rebotaban en tus oídos como palabras de mundos perdidos?
¿En qué momento, amor, los dos éramos cadáveres buscando la fosa común de nuestro olvido?

Rotondas


Rotondas perpetuas me acechan, mientras me pregunto cúal será mi último pensamiento, de quién me acordaré, qué imágenes recorrerán mi exánime cerebro mientras cierro los ojos.

Caras lejanas de mi pleistoceno sentimental cruzarán como relámpagos tropicales al atardecer, risas extintas moverán mis labios, abrazos de verdad me partirán en dos, silencios de coche, y el sabor de salivas ya jamás recobradas, me llevarán al pálpito selénico de la eternidad.

Quizá en ese instante -y sólo en ese- me de cuenta de que hay gente que transita por un fast lane atronador, otros por carreteras secundarias y yo vivo en un círculo voluntario, como un meteorito ingrávido en los anillos de Saturno.