lunes, febrero 04, 2013


Estoy probando el teclado que me he comprado para ver si funciona. Diseñado para manos de pianista de la Sinfónica de Berlín, los dedos se me amontonan unos con otros, casi estoy a punto de arreglar un cronógrafo, o de hacer punto de cruz, o de dedicarme al pulimento de diamantes, ya puestos.  Esto no va a ser llegar y pegar. Ya me pienso si lo devuelvo. Ahora que tengo el teclado, ¿podré escribir una novela al fin utilizando el Ipad? Seamos realistas:
¿Podré escribir algo, aunque sólo sea unas páginas, de las que esté razonablemente satisfecho? Quiero decir que aguante una lectura posterior. Digamos unos meses. Porque eso es más difícil de lo que nos creemos. No sentir vergüenza al leer algo nuestro, que no le asalten a uno las ganas de mandarlo todo al carajo, de maldecir su falta de talento, su falta de ideas, de dedicarse a otra cosa como la gente normal, quiero decir, tengo amigos que les gusta ir de caza, y disfrutan, otros se emborrachan sin más los sábados y tan felices, otros simplemente ven como el tiempo trascurre, su panza crece, la papada aumenta, los partidos en el sofá, y bueno, yo creo que a ninguno les asalta esa melancolía al releer algo que creía que estaba bien. Sí, es algo raro: a veces lo que lees es repetitivo, otras veces falla la adjetivación, no has encontrado esa palabra que cambie todo el texto, que le de lustre y lo sitúe en otro nivel, en ese nivel que demuestre que conoces los clásicos sin ser pedante, que eres llano pero apuntas complejidad, que... Otras, es que el tema es una mierda. Llevas hablando de lo mismo toda tu vida y aparte de lloriqueos no tienes nada que decir.  No tienes nada que decir. Si lo tuvieras no escribirías este bodrio.

Habla de ti. Habla de cosas que te hayan pasado o que le haya pasado a alguien de tu círculo. Escribe con las tripas, sin miedo. Olvídate del final, que mas da, si el final es lo de menos, si ya no se llevan los finales felices, si no los hay en la vida, al final no los hay, admitámoslo. Dime, sí tú, si hay finales felices: Tengo un colega que siempre dice lo mismo: "un buen compromiso es aquel que hace a las dos partes infelices". Y piénsalo.   Es la puta verdad. Es discutible el grado de infelicidad provocado, pero que eso es así, es de cajón.  No, no hay finales felices. Hay soluciones temporales, apaños, pactos de no agresión, silencios con portazos y sin ellos, gritos, aguanta que ya se pasará, no te soporto pero follamos a ver si entre polvo y polvo hallamos el sentido de todo esto. El sentido de todo esto. Y yo que sé.

Acaban de encontrar en un aparcamiento de Leicester el esqueleto de Ricardo III. Flipante. Por lo visto, estaba en unas condiciones estupendas. Vamos, que le haces dos palmas y se va a la Feria de Sevilla. Murió en 1485 en la batalla de Bosworth, combatiendo contra Enrique VII. Leo : "Ricardo III murió luchando como un hombre ante la presión de sus enemigos y llegó inclusó a matar al portaestandarte de Enrique VII, antes de caer abatido y de culpar en el último momento de su derrota al cambio de bando del barón Stanley que desequilibró finalmente la batalla: "Traición, traición, traición". Esas fueron las  últimas palabras tras recibir su espalda  las pérfidas saetas que acabarían con su vida. Lo de tres veces traición. Y apareces en las obras de un aparcamiento quinientos y pico años después para que tus huesos vayan a una vitrina. Traición, traición, traición. Si supieras, Ricardo, que tu perfectamente conservado cráneo será objeto de capturas de Instagram, que el photoshop hará diabluras contigo, que llegarás a rincones que ni siquiera has oído. Un aborigen del Outback australiano contemplará tus restos mientras bebe cerveza, un fundamentalista cristiano de Dakota rezará por ti, una experta en Shakespeare de Osaka añadirá una entrada nueva en su tesis, qué casualidad, y tu figura, perdedor en la batalla, habrá trascendido. O sea, que tú que eras un hombre de tu casa, de la batalla a tu casa y de la casa a la batalla vas a viajar más que en toda tu vida. Si eso no es la prueba de que la reencarnación existe, que venga Dios y lo vea.