“Que te guste espero”. Eso es lo que he leído durante muchos años cada vez que me he tropezado con ese primer libro que me regalaste . Bromeábamos sobre la cursilería de las dedicatorias, sobre lo empalagoso de esas muestras de cariño encorsetadas, nosotros que nos creíamos tan diferentes y huíamos de regalos estresantes en fechas previstas, de decirnos, en fin, todo lo que se suponía que debía decirse uno cuando tienes una novia. Pero claro, si partimos de que esa palabra no aparecía en nuestro común alfabeto, ese esperanto maravilloso en el que hablan todas las parejas del mundo, ese código de barras de dos, decirte que no podía vivir sin ti, que eras lo mejor que me había pasado jamás, que todo era peor cuando no estabas conmigo, estaba fuera de lugar. Y sin embargo era así. Todo era peor sin ti. Pero no te lo dije. O sí, pero mal y tarde. Y por supuesto, jamás lo escuché de tus labios. O mal y tarde, ya no me acuerdo.
Tu risa al
ver mi cara. “Que te guste espero”. Esa risa me encantaba. ¿Te lo dije, verdad?
La última
vez que hablamos me preguntaste algo acojonante: “Pero, ¿tú me has querido
alguna vez”? Te miré como ese cruzado que ha penado por mil desiertos y descubre al fin el fulgor áureo del Santo Grial, como ese imberbe que acaba de garrapatear la
fórmula inopinable que nos llevará a viajar en el tiempo. Guardé unos segundos
de silencio. ¿Sabes por qué callé? Porque me di cuenta de lo que nos había
separado para siempre, de lo que se descompuso sin arreglo: sobreentendimos lo
esencial, no tuvimos una conversación definitiva, la radio no funcionó en
nuestro Stalingrado asediado, lo dejamos todo al albur de que el amor –ay, el
amor- nos salvaría. Si no fui capaz de trasladarte eso, es que el cortocircuito
era brutal. Quizá ya nada importaba, y era mejor dejarlo pasar. A qué venía a
esas alturas convertirme en un trasunto
de Conde Vronski, uniformado, con pelo alborotado mirando al Neva, pensando en
esa Ana que le partía el corazón. ¿Qué si te había querido alguna vez? Todas
las veces.
Pero no quiero
sonar dramático, en serio, ni reescribir lo prescrito. Me siento afortunado de
poder haber compartido contigo momentos
al menos para mi, únicos. Me jode que pudiéramos ser mucho más y nos quedásemos
en el camino. Y que nuestros relojes tuvieran husos horarios distintos; mentiría
si no te dijera que me he imaginado como hubiera sido si ahora - si las cenizas
del fracaso son curativas- nos hubiésemos tropezado.
Y no niego que he soñado muchísimo contigo. Anoche
de nuevo. Es raro eso, ¿no? Soñar contigo y levantarme con otra persona. Pero
aceptarlo es una realidad de la que no tengo ni quiero avergonzarme. Formas
parte de mi vida. Ahora y siempre. Y lo demás, me da igual. ¿Sabes? Es una
sensación liberadora cuando llegas a ese punto en donde los reproches y el orgullo
mal entendido desaparecen, te vuelves …um, ¿mejor? Eso espero.
El Final del
Amor: No te rodees de gente que te aburre. No pierdas el tiempo. Lee, salta con
esa música que te gusta. Viaja. Arriésgate. Equivócate otra vez. Y otra. Patenta
esa risa. Besa. Besa muchísimo a todos los que te quieren. No me olvides.

No hay comentarios:
Publicar un comentario