martes, noviembre 27, 2007

Algo huele a podrido. Aquí y en Dinamarca. La alienación no se compra en Mediamarkt, sólo se alquila por un rato. La verdadera huída está en nosotros, dice una parte de mi cabeza pidiendo perdón a la otra mitad. ¿Pero cómo huir? ¿Adónde? ¿Con quien? ¿Hasta cuando?

Qué curiosos estos días. Y qué trágicos. Hay una categoría de personas que nunca se quedan a comer. Pongo los manteles, los platos y justo cuando me dispongo a sumergirme en el fascinante mundo de las marcas blancas, unos tipos me asaltan inopinadamente. La televisión escupe caras interactivas. Caras que de sólo verlas insultan mi esencia, mis centros, lo que soy. Sacan lo peor de mi. Articulan frases que en principio tienen sujeto y predicado. Lanzan objetos directos a mis oídos, y la hiel de sus proposiciones deja un poso ocre en mi paladar.En principio debería entender lo que dicen a fuer de repetitivo. Yo los miro mientras mastico mi comida de astronauta. Prometo que los miro a los ojos mientras ellos, iluminados de una realidad futura, hacedores de nuestro porvenir, intentan abrir el Mar Rojo de mi error. No encuentro el mando y comienzo a ponerme nervioso porque si tardo mucho tendré a seres que me acompañarán en el sagrado e íntimo acto de deglutir proteínas de silencio. Al final sí. Lo logré. Pongo el documental de los bichos.

Me pregunto cómo hemos podido llegar a esto. Ignatius....me hacías tanta gracia vendiendo salchichas... Siempre me pareciste un visionario. Ahora ese mundo que tu masa adiposa anunciaba por French Quarter ha llegado. Morrisey susurra “you have killed me” y me lo creo. Apago la puta tele.