sábado, abril 05, 2008

La Geometría del Amor

Terminé de leer hace un par de días, “La Geometría del Amor”, de John Cheever.
En la tercera página, hay una fecha con mi nombre y mi firma. Agosto 2005. Braulio.
Ya no me acuerdo si lo compré o me lo regalaron. Cheever me sonaba vagamente, un nombre asociado a otros nombres, un favorito en las preferencias de algunos de los escritores que me han hecho pasar horas gozosas. Un tipo que escribía cuentos. Y me sonaba “El Nadador”, claro, ese Burt Lancaster en un viaje acuático y sin futuro hasta su casa., dicen que hay algo de Ulises y de Ítaca postmoderna. Yo no sé.

He disfrutado. También me he entristecido. El libro tiene un magnífico prólogo de Rodrigo Fresán, que introduce con maestría las pautas previas para adentrarse en el “universo Cheever”, con deleite y rodeado de música inaudible, de sonrisas que se apagan y de silencios milenarios. El salto al vacío, exquisito y temerario, a las letras que subrepticiamente y como el fluir de una corriente que atraviesa nuestro corazón, nos salvarán para siempre. ¿Y no es eso lo que queremos todos?

“La literatura es el único sitio donde podemos refrescar nuestro sentido de posibilidad y nobleza (...) La literatura es el único registro continuo de nuestra lucha por ser ilustres, un monumento de aspiraciones, un vasto peregrinaje (...) Una página de buena prosa me parece la forma más seria de diálogo que hombres y mujeres bien informados pueden llegar a tener en su intento de hacer que los fuegos de este planeta continúen ardiendo en paz(...) La literatura tal vez pueda salvar al planeta” (John Cheever)

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