Lady Agnes of Lochnaw. John Singer Sargent (1893)
Scottish National Gallery, Edinburgh
Querida Gertrude:
Supongo que estarás
sorprendida al haber leído el nombre del remitente de esta carta. He imaginado
ese momento y barajé distintas situaciones, algunas descabelladas que espero que
no se hayan producido, como que mi misiva haya terminado en la magnífica chimenea
de Lochnaw Castle, en cuyo caso me conformaré con haber tenido la fortuna de
que tus maravillosos ojos hayan dedicado unos segundos a algo que salió de mi
mano y de mi corazón.
Si no es así, Gertrude,
si mis palabras no sucumbieron en el fuego y me estás leyendo ahora mismo desde
el chester rojo con una taza de té incandescente –bebida como siempre a sorbos
cortos como era tu costumbre- quiero decirte dos cosas:
La primera es que he
vuelto de India. Tras seis años donde mis tribulaciones podrían haber
completado algunas páginas del Standard, decidí marcharme de mi último empleo
en la Compañía de las Indias Orientales habiendo conseguido más fortuna de la
que hubiera podido soñar cuando cogí triste y sin un penique aquel barco en
Liverpool.
Sé que ahora mismo
habrás puesto el sutil mohín de disgusto al leer esto último. Una dama no habla
de dinero. Permíteme Gertrude, que
busque aunque sea erróneamente llenar mi exangüe pozo de vanidad.
La segunda cosa que te
quiero decir, querida, no carece de cierta analogía con los motivos últimos –
bien lo sabes- que originaron mi abrupta partida: tú. Vuelvo por ti. Podría
añadir cientos de frases a esta afirmación, pero eso lo habría hecho el hombre
enamorado y dubitativo que conociste en aquella maravillosa noche donde Bach
amenizaba nuestro primer encuentro. Aquel hombre murío. El primer día que murió
fue cuando lo rechazaste con una leve sonrisa, dándome razones que recuerdo
como las brasas ardientes que vi en Rajastán en las festividades Holi. Tu boca,
que quería devorar expelía sílabas equivocadas. Oí “soy mayor que tú, estás
empezando a vivir, no niego que me atraes pero debo de pensar en el presente,
tú solo tienes futuro”. Ay, amor.
Me comunicaron que te
has casado con Andrew Agnew. Recibe mis felicitaciones más sinceras, que lo
son, y dicho lo cual, he de confesarte que no estoy sorprendido por tu
elección: obstenta título, fortuna imprecisa pero impecable posición. Una
opción de presente. Enhorabuena.
Hay un detalle que ha
debido quitarte algunas horas de sueño –corrígeme si me equivoco-, que es el
hecho de que ese “presente” que anhelabas sea también más pasado de lo que
imaginas. Tiene catorce años más que tú. Confió así mismo que con tu gracia y
elegancia sepas compensar el proverbial aburrimiento que traslada a cualquier
reunión. Quizá sepas encauzarlo –no te
subestimes- para que llegue a tener esa virtud victoriana tan propia de
la gente que no habla porque no tiene ninguna opinión que no sea prestada: será
discreto.
El otro día me encontré
por casualidad con el pintor Sargent en el club. Hablamos de ti y me informó
que tu marido le ha contratado para hacerte un retrato de tres cuartos. Me
estuvo hablando de los detalles. Utilizará –no creo que te descubra nada- un
biombo de seda azul que compró a un marchante chino como fondo y te sentarás en
un sillón Bergere.
Estaba realmente
entusiasmado con el posible resultado y según me comentó insistirá en que te
pongas para las sesiones de posado un vestido blanco de gasa, -“parece una
ninfa en El Parnaso, créeme”- me dijo-, que según él fue la sensación de la
última de las fiestas que has organizado con tus amigos. Ardo en deseos de verte
con ese vestido, Gertrude.
Le di a Sargent un
pequeño estuche que contiene algo que compré para ti en Jaipur. No voy a
desvelarte qué es, pero póntelo para el retrato. Así, cuando reclines la
espalda sobre el lado izquierdo del sillón rococó floreado, con la cuidada
dejadez de tu brazo a lo largo del mismo, rozando el final del fajín malva que
te cubre la cadera y la pierna que se apoya en la otra como meandros de un río
tropical, mirándome con los ojos que solo tienen las elegidas de Rati, sabré que aún me quieres.

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