Conocí a Mika Ran en un tren. Llegué tarde y ella ocupaba el asiento de al lado. Me fijé en sus labios. Ligeramente pintados de color frambuesa, entre abiertos, como a punto de decir algo, o como a punto de callarse. Sus ojos eran desconocidos, sepultados detrás de unas gafas que le tapaban la mitad de la cara. Aquello era viajar parapetada en una oscuridad vampírica, moverse por el mundo con una calculada misantropía, que ella llevaba con una elegancia de años, porque ni me respondió a las excusas por nuestro mínimo roce mientras me sentaba.
Escuchaba música en su Ipod y miraba por la ventana la sucesión de postes de electricidad, árboles y nubes, con apatía y un mínimo movimento de cabeza. De repente, el tren cimbró ligerísimamente a la derecha, se escuchó un ruído de cambio de vía y la miré, pretendiendo crear un territorio común para comenzar una conversación trivial. Y ella ladeó la cara y como pensando otra cosa, la oí musitar: "The rest can go to hell".
-Me encanta esa canción.- Solté como si me hubieran dado cuerda.
Ella no entendió.
- ¿Qué?- Respondió quitándose el auricular blanco de su oído derecho. No se quitó ni siquiera los dos. Solo uno.
-Que me gusta Bowie- .Y ahí fue cuando se quitó el otro.
Lo demás pasó rápido. Digamos que conseguí ver sus ojos, lo que escondían sus cavernosas gafas negras. Y que después pude ver más cosas de ella. Todas me gustaron.
Nos veíamos mucho. Se vino a vivir a mi casa. Tenía una hermana gemela. Le insistía en conocerla, por eso de conocer algo más sobre ella, por tener más información, por crear lazos, por no verla como un alien sin pasado y sin familia con el que hacía tartas los sábados y amor todos los días. Quería a Mika Ran.
Un día mientras desayunábamos me contó que se iba con su hermana gemela a un viaje de unos días. No dije nada. Ella me dio un beso con sus labios de fresa, o de frambuesa, o que se yo, y me dejó con la tostada a medias y mirando al techo.
La ví cinco años después en El Retiro, el primer día de una primavera espectacular, con un vestido de flores,y unas gafas diferentes.
Me paré delante de su banco y volví a tener esa estúpida pose de escultura ajada, aparentando una solemnidad que erróneamente siempre creí que me había dado muy buen resultado con las chicas. Ella alzó la vista. Y tampoco dijo nada, como esperando explicaciones. La intuí cambiada, pero me pareció que conservaba ese misterio de la gente trascendente, la que no cumple años sino sueños, y durante esos segundos, pensé en cuantos tíos se habría tirado, (mierda), en cuántos sitios increíbles habría estado, en qué historias tendría, en fin, en todas las cosas que harían que cuando empezáramos a hablar nos diéramos cuenta enseguida de que lo nuestro no tendría una segunda oportunidad.
Ella abrió los labios. Iba a decir algo pero los cerró de nuevo. Y me fuí, con mi aire de Byron en el acantilado, de Napoleón cruzando un río polaco -qué lejos quedaba París- sabiendo que no era digno de ella.
Fue al dar la primera curva del camino, cuando , de repente, se acercaba en sentido contrario sonriendo y fundiendo su lengua en una bola de helado, claramente con el súper poder de la ubicuidad o de la híper velocidad, como si en la ausencia hubiese estado en contacto con razas desconocidas en galaxias con nombres que terminaban en números. A medida que se acercaba, con su bola de helado en dirección contraria, no pude evitar pensar en Han Solo, en el Halcón Milenario y en el "poder de la Fuerza".
-¡Hola! ¿Cómo estás?
Y no me acuerdo lo que respondí. Estupideces. Me dijo que no me fuera, que había quedado con su hermana, a la que no veía desde hacía siglos, que estaba en el banco que acababa de dejar atrás.

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