Hacía
unos meses que el economista francés Thomas Piketty había escrito un best
seller mundial titulado “El Capital en el siglo XXI”, convirtiéndose en un
fenómeno transversal alejado de los habituales y sesudos círculos académicos.
Su tesis era que la desigualdad económica es un fenómeno inevitable del capitalismo,
y que si no se combatía ardorosamente, la injustica avanzaría sin freno hasta
horadar la viga maestra sustentadora de nuestra democracia. Según Piketty, la
desigualdad aumenta cuando la tasa de remuneración del capital (“r”) es mayor
que la tasa de crecimiento de la economía (“g”). Y ahí venía su famosa formulación: la
desigualdad aumenta cuando “r>g”.
Setecientas
páginas. 100.000 copias vendidas sólo en inglés en dos meses. El libro había
salido en pleno debate acerca de las consecuencias que la devastadora crisis
había tenido en las clases medias y bajas y el ensanchamiento oceánico que se
había producido entre las minorías cada vez más ricas y los demás, un espectro
variopinto de millones de familias desesperadas.
La brecha entre aquéllos y éstos se antojaba inadmisible. Piketty puso negro
sobre blanco a un problema que iba a más, que amenazaba con partir la sociedad
en dos, ellos y nosotros, un drama que daba gasolina a grupos anti sistema demagógicamente
permeables a la angustia.
Pues
bien, ahí me encontraba yo leyendo el tocho de Piketty, en el asiento que daba
a ventanilla. El azul había aparecido súbitamente tras romper el avión las
nubes que rodeaban el aeropuerto JFK, y entre cifra y cifra a cual más
desalentadora, a veces abría mis labios para acompañar la música de mi Ipod.
“Now that you're mine
We'll find a way
Of chasing the sun
Let me be the one that shines with you”
We'll find a way
Of chasing the sun
Let me be the one that shines with you”
O sea, era un cruzado contemporáneo. Preocupado por el futuro del planeta, concernido por la deriva de la humanidad, subido a un avión que me trasladaría en pocas horas al confort muelle de mi apartamento, escuchando mi última compra del Itunes, (“Definetely Maybe”. Edición Remasterizada. De Luxe Version), pero eso sí, con conciencia social. Piketty y los gamberros de Oasis. Lo mejor de dos mundos convergían accidentalmente en mi butaca. Pero hay días que uno está de suerte. Y la mía, se elevaba hasta el infinito, lo supe justo un nano segundo después de notar el tímido toque de colibrí de su mano en mi hombro, girar la cabeza, quitarme el auricular y acordarme de las escenas de mi infancia donde pianos de cola parten cuerdas y poleas y aplastan al dibujo animado de turno.

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