“Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror desde las parte de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian. De modo que las guardaré para mí, y cubriré con ellas las paredes de mi choza”.
(Gustave
Flaubert)
En el
siglo XIX nadie podía ser catalogado como un genio sin haber contraído la
sífilis o haber luchado contra los turcos en Grecia. En el siglo siglo XX para
atesorar ese esclarecido honor debía de haber escrito un panfleto maoísta, o
uno estalinista, haber dado conferencias sesudas sobre la muerte del
capitalismo y la lucha de clases y fumar en pipa como Sartre.
¿Y
ahora? ¿Qué hay que hacer para ser un genio? Quiero decir para que tu nombre se
salga de ese “mainstream” y flote en la ingravidez cero de los que cual Faro de
Alejandría iluminarán nuestro porvernir. Uno lee: “Steve Jobs cambió nuestra
forma de relacionarnos con la tecnología, la hizo accesible, democratizó de
forma cualitativa la intereacción entre las personas. Fue un genio”. Sí, quizá
lo fuiste, Steve. Me molan tus teléfonos, tus gadgets tan cool y tu rollo
casual. Has hecho que me pase el sesenta por ciento de mi vida respondiendo
wassaps. Pero no te critico, ojo, es simplemente envidia. Creaste algo de la
nada y eso tiene un valor per se, fuiste un Leonardo californiano. Te admiro,
crack.
¿Qué es
lo que decía Jonathan Swift? Ah, sí, era algo así como “cuando un verdadero
genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se
conjuran contra él”. Leí la frase en el libro de Kennedy Toole en mis años de
universidad. Me pareció acertadísima, y de hecho, tiro de ella cada vez que
algún talibán del Madrid discrepa de mí
viendo el fútbol. Supongo que es vanidad, ese arrogamiento fatuo de
superioridad que nos hace tan estúpidos. ¿O era orgullo? Repasando a Flaubert
estos días, me encontré que en una de las cartas que le escribe a Colet, esa
loca que no paraba de agobiarlo en aras a procrear, a atarlo, a agobiarlo, a
castrarlo en realidad, en respuesta a las quejas de ella sobre que sólo se
“interesa por él mismo”, él le espeta: “El
Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el
desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y
parlotea a la vista de todos”. Supongo que si ahora alguien me respondiera así
un mail, mi grado de lividez alcanzaría cotas siderales. ¿Se imaginan? Estás en
un garito, rastreas como un programa de la NSA americana posibles caras
interesantes para “la seguridad del país y la libertad de nuestros aliados” y tras
ingerir un último trago de ambrosía destilada te lanzas al ataque. Hablas de banalidades
con una sonrisa, que si blablablá, y crees que todo va bien, has emitido las
señales correctas, y pronosticas a tenor de sus risas, un temblor de barbilla
cuando dentro de un rato veas lo que estás deseando.: una diosa con curvas te
mira saliendo del cuarto de baño a ti, sí a ti, que estás echado en la cama. Pero
de repente, regresas a la lucidez y escuchas como sus maravillosos labios
brillantes se acercan a tu oído y te susurran, con música de “Vampire Weekend” al
fondo: “El Orgullo es una fiera salvaje
que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un
loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Y miras
alrededor buscando micrófonos ocultos, es más, estás seguro de que tiene un
pinganillo en la oreja donde alguien le dicta esa frase para que te la suelte a
ti y se te quede esa cara de gilipollas.

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