viernes, noviembre 01, 2013

99#7




“Hay entre los marinos aquellos que descubren nuevos mundos, que añaden tierras a la tierra y estrellas a las estrellas: estos son los maestros, los excelsos, los eternamente espléndidos. Luego están los que vomitan el terror desde las parte de sus navíos, los que capturan, enriquecen y engordan. Algunos zarpan en pos del oro y la seda bajo otros cielos, otros sólo pretenden atrapar en sus redes salmones para los gourmets y bacalao para los pobres. Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que se zambulle hasta las profundidades y emerge con las manos vacías y la cara azul. Cierta atracción fatal me conduce hacia los abismos del pensamiento, hasta el fondo de unas simas interiores que, para los fuertes, jamás se agotan. Me pasaré la vida mirando el océano del arte en el que otros navegan o combaten, y a  veces me divertiré yendo a buscar al fondo del mar conchas verdes o amarillas que los demás desprecian. De modo que las guardaré para mí, y cubriré con ellas las paredes de mi choza”.
(Gustave Flaubert)


En el siglo XIX nadie podía ser catalogado como un genio sin haber contraído la sífilis o haber luchado contra los turcos en Grecia. En el siglo siglo XX para atesorar ese esclarecido honor debía de haber escrito un panfleto maoísta, o uno estalinista, haber dado conferencias sesudas sobre la muerte del capitalismo y la lucha de clases y fumar en pipa como Sartre.
¿Y ahora? ¿Qué hay que hacer para ser un genio? Quiero decir para que tu nombre se salga de ese “mainstream” y flote en la ingravidez cero de los que cual Faro de Alejandría iluminarán nuestro porvernir. Uno lee: “Steve Jobs cambió nuestra forma de relacionarnos con la tecnología, la hizo accesible, democratizó de forma cualitativa la intereacción entre las personas. Fue un genio”. Sí, quizá lo fuiste, Steve. Me molan tus teléfonos, tus gadgets tan cool y tu rollo casual. Has hecho que me pase el sesenta por ciento de mi vida respondiendo wassaps. Pero no te critico, ojo, es simplemente envidia. Creaste algo de la nada y eso tiene un valor per se, fuiste un Leonardo californiano. Te admiro, crack.
¿Qué es lo que decía Jonathan Swift? Ah, sí, era algo así como “cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconoceréis por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. Leí la frase en el libro de Kennedy Toole en mis años de universidad. Me pareció acertadísima, y de hecho, tiro de ella cada vez que algún talibán del Madrid discrepa  de mí viendo el fútbol. Supongo que es vanidad, ese arrogamiento fatuo de superioridad que nos hace tan estúpidos. ¿O era orgullo? Repasando a Flaubert estos días, me encontré que en una de las cartas que le escribe a Colet, esa loca que no paraba de agobiarlo en aras a procrear, a atarlo, a agobiarlo, a castrarlo en realidad, en respuesta a las quejas de ella sobre que sólo se “interesa por él mismo”, él le espeta: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Supongo que si ahora alguien me respondiera así un mail, mi grado de lividez alcanzaría cotas siderales. ¿Se imaginan? Estás en un garito, rastreas como un programa de la NSA americana posibles caras interesantes para “la seguridad del país y la libertad de nuestros aliados” y tras ingerir un último trago de ambrosía destilada te lanzas al ataque. Hablas de banalidades con una sonrisa, que si blablablá, y crees que todo va bien, has emitido las señales correctas, y pronosticas a tenor de sus risas, un temblor de barbilla cuando dentro de un rato veas lo que estás deseando.: una diosa con curvas te mira saliendo del cuarto de baño a ti, sí a ti, que estás echado en la cama. Pero de repente, regresas a la lucidez y escuchas como sus maravillosos labios brillantes se acercan a tu oído y te susurran, con música de “Vampire Weekend” al fondo: “El  Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y yerra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos”. Y miras alrededor buscando micrófonos ocultos, es más, estás seguro de que tiene un pinganillo en la oreja donde alguien le dicta esa frase para que te la suelte a ti y se te quede esa cara de gilipollas.

Lo dicho: zambullámonos a buscar conchas. El agua está buenísima. Se está mejor dentro que fuera. 

No hay comentarios: