Año 2356. Al fin se consiguió. El Desfibrilador de Partículas es una realidad. Con la intrusión de la válvula proteica se ha dominado el átomo. Ahora se destruye y se vuelve a crear, se traslada en el tiempo. O sea, que ya podemos viajar al futuro y al pasado.
Vayamos por partes. Si no hubiera muerto en el 2356, porque
han inventado un santo grial en forma de ADN, por esas cosas que siempre
anuncian unos tipos de la Universidad de Michigan y me veo allí con más años
que una palmera pero totalmente sin una arruga, lo que viene siendo un modelo
mejorado de "El Puma" (¿alguien sabe los años que tiene “El Puma”?) y otro fulano con
leggings negros que se llamara Luca (italiano, cómo no) me dijera: “Amichi, ¿Dónde
quieres ir?”. ¿Qué le diría?. A ver:
Creo que, sí, estaría una temporada recordando de dónde
vengo: Asistiendo a la lectura de El Banquete por el Autor, ensimismado en el Ágora,
una mañana de Abril. Con el gran Julio
en Farsalia, sintiendo el fuego de la victoria, comprobando la biblioteca de
Adriano, dándole a Cleopatra un imperio ficticio a cambio de que me acercara a
Ra, en una noche alejandrina.
Tras mi periodo clásico, ya domino el latín y el griego a la
perfección, lenguas francas que me servirán para siempre. En cualquier situación
futura soltaré eso de “Certum est, quia impossible”. (Cierto es porque es
imposible). Lo diré con desgana, mirando al mar sosteniendo un martini, con una
rubia que me miraría arrobada sin entender nada. Y qué mas da: gracias
Petronio, Suetonio, Antonio, y todo lo que acabe en onio.
Tras aquello…¿dónde? Hernán
Cortés llega a Cozumel. Allí, blandiendo espadas y pecho de latón a lomo de caballos, algunos indios asustados le dicen
que en la isla hay otro como ellos, que es esclavo de un cacique local.
Hernán le manda una carta para un posible encuentro. Y tras varias vicisitudes
aparece un español, naúfrago de una expedición anterior que habiendo perdido
toda esperanza de salir de allí, ya conocía la lengua indígena, se había adaptado
a las costumbres tropicales con inusitada rapidez y se entendía con aquellas
gentes con soltura y gracia. Gerónimo de Aguilar se llamaba. Pues se
encontraron. Y le faltó tiempo para irse con Hernán y sus barcos,
convirtiéndose en intérprete que sería utilísimo para la conquista de México. Pero
ese encuentro de naúfrago a lo Tom Hanks debió ser
sublime. Como tengo tiempo, puedo estar donde quiera, ¿vale?

1 comentario:
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