Hace unas semanas tropecé con un
libro. El título me llamó la atención: “Momentos de inadvertida
felicidad”. Leí algunas páginas y rápidamente quedé enganchado.
Tentado estuve de comprarlo. Lo cogí, lo solté, volví a dejarlo en
el anaquel para retomarlo después, como para despedirme
correctamente, como esos novios principiantes de “no, cuelga tú,
amor, tú primero”, porque era tan sugerente, de una liviandad tan
cercana que abandonarlo allí, entre tantos libros de crímenes
nórdicos, asediado por miles de páginas de autoayuda contemporánea
y guías de viaje sobre sitios que dejan de ser interesantes en el
momento que llevas una guía, me partió el corazón. Abrí la
puerta de la librería como quien se despide de un viejo amor para
siempre y salí contento y triste a la vez porque sabía que
volveríamos a encontrarnos.
Al día siguiente, no pude evitarlo, cogí el tren, me planté delante de él y le dije: vente conmigo. Disfruté muchísimo. Ligero, humano, reconocible...y mediterráneo. ¿Hay libros mediterráneos? Por supuesto. Como libros bálticos, como libros del Mar del Norte, imposibles de entender al cien por cien si no vives en la Costa de Maine, si Nantucket no es algo más que un nombre, si no has soportado dos horas de atasco un domingo por la tarde cualquier agosto saliendo de Málaga. Y cuando digo mediterráneo, me refiero a la impronta que deviene por estar cerca del mar. Consideras lacerante haber llegado a aceptar que tu país será siempre segunda división comparada con esos bárbaros del Rin, donde la mayoría de las cosas funcionan correctamente, donde no hay ropa tendida en los balcones y la masa calvinista trabaja y ahorra en silencio mientras nosotros comemos sardinas en chanclas con gafas de sol pagadas a plazos en El Corte Inglés. Pero interiorizas que eso, eso que detestas también lo amas. Este libro va de eso. O a mi me lo parece.
Al día siguiente, no pude evitarlo, cogí el tren, me planté delante de él y le dije: vente conmigo. Disfruté muchísimo. Ligero, humano, reconocible...y mediterráneo. ¿Hay libros mediterráneos? Por supuesto. Como libros bálticos, como libros del Mar del Norte, imposibles de entender al cien por cien si no vives en la Costa de Maine, si Nantucket no es algo más que un nombre, si no has soportado dos horas de atasco un domingo por la tarde cualquier agosto saliendo de Málaga. Y cuando digo mediterráneo, me refiero a la impronta que deviene por estar cerca del mar. Consideras lacerante haber llegado a aceptar que tu país será siempre segunda división comparada con esos bárbaros del Rin, donde la mayoría de las cosas funcionan correctamente, donde no hay ropa tendida en los balcones y la masa calvinista trabaja y ahorra en silencio mientras nosotros comemos sardinas en chanclas con gafas de sol pagadas a plazos en El Corte Inglés. Pero interiorizas que eso, eso que detestas también lo amas. Este libro va de eso. O a mi me lo parece.
Pero también va de otras cosas. De
nosotros, de tí, de mi, de lo que fuimos, de lo que nos amamos y
sufrimos, de la miseria interior que llevamos pegada a la piel como
si fuéramos terroristas suicidas. Somos complejos, infelices,
felices, trágicos, mezquinos, generosos, apasionados, amamos cosas y
gente que nos produce dolor, con intensidad y sin límite. Caemos en
simas oceánicas de siniestra oscuridad al comprobar que el encanto
se fue sin saberlo, que disfrutas estando solo más que con ella, que
fantaseas ahora con todas menos con aquella con la que soñabas antes
de los primeros besos. Somos mediterráneos. Qué le vamos a hacer.
Hemos tenido esa suerte.

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