viernes, junio 10, 2011

Preciso (I)



Preciso: Sig.
1 . Si dice di cosa calcolata, fatta o detta con esattezza
2. Si dice di persona o cosa che agisce o funziona con accuratezza ed esattezza

”Es curioso, el recuerdo que queda al final de otras personas. ¿Qué me quedó de ti? Que eres un cenizo”.


Al subir al avión quedaban pocos asientos libres. Las portezuelas para dejar el equipaje estaban abiertas y miraba los huecos disponibles para dejar su maleta. Al final fue más rápido que un veinteañero que flirteaba con la sordera latente fruto del Ipod que amenazadoramente abrasaba sus oídos y embutió su bolsa de deportes entre dos cabin trolley de medidas académicamente aceptables para la compañía infame de bajo coste en la que viajaba.

Pasillo. Había unos ojos ligeramente azules pegados a la ventanilla que miraban a los operarios de tierra de peto amarillo. Dejó el asiento de en medio libre, para que los dos estuvieran más cómodos. Ella lo miró y sonrió levemente. Cuando el avión enfiló la pista de despegue, la chica de los ojos azules sacó una cadena oculta tras su jersey, la cogió y llevó una cruz a sus labios que comenzaron a musitar casi imperceptiblemente, a la vez que de los motores del avión ululaban ominosamante ruídos metálicos de miedo silencioso. Más rápido, más rápido, los labios que le pedían a un Dios creador de todo lo visible y lo invisible no morir abrasada, no morir aquí, no morir cuando era joven, bonita, sana y tenía tantos proyectos, plegarias de últimas voluntades, besaron con devoción proporcional a la velocidad, la imagen redentora que su madre le había regalado el día de su confirmación. Y el suelo dejó de tener contacto con ellos.

Algunas partes de su falda blanca de verano con ribetes azules ocupaban el asiento divisorio y terminaban en unos sandalias de las que sobresalían unas bonitas uñas pintadas en rojo. A la vez que continuaba con aquel libro que le ponía tan triste de Marai –trasunto de sus melancolías mediterráneas- observaba de vez en cuando el grácil movimiento vecino de aquellas uñas rojas, autónomamente bellas y desnudas, poseedoras de vida propia, pianistas consumadas de Nocturnos invisibles, cadenciosas armas de salvas transparentes.

-¿Qué tal nos pone ese libro?- Le preguntó en inglés. Ella, lo miró levemente sorprendida, apoyando la lectura en el regazo contestó:

- Es un poco denso, me parece. No puedo saber cómo sois los españoles en tan poco tiempo. Aquí dice que sois apasionados, un poco desorganizados, sociables…Pero supongo que es un cúmulo de tópicos para que los…”guiris” tengan la excusa de “ah, era esto lo que decía el libro” cuando se enfrenten a situaciones que se les escapan. Me llamo X, soy de Boston.

Los americanos. Esa gente proverbialmente amable, convencidos de pertenecer al pueblo elegido, blindado ante las envidias de los semejantes y que destilaban una seguridad que les permitía por ejemplo, hablar de chorradas con un español que claramente llevaba una hora mirándola a hurtadillas con evidentes propósitos lúbricos. Ah, estos latinos…

Él le preguntó qué hacía. Ella contestó que un curso de español en Sevilla. Había aprovechado la estancia para pasar una semana en Roma, una ciudad de la que había oído maravillas. “Te encantará. Voy un mes y medio todos los veranos desde hace veintidós años”. Esa respuesta provocó que la mirada atlántica de la chica lo atravesara inquisitivamente: “Veintidós años…eso es mucho tiempo para ir al mismo sitio, ¿no?” Él sonrió y contestó que sí, que era mucho tiempo pero que Roma era la ciudad más interesante del mundo. O de su mundo. Tras otra hora de charla amable y distendida hablaron de hoteles, de dónde se quedaba ella –un dudoso y barato bed and breakfast de Trastevere- y donde se quedaba él – un moderno hotel cerca de Villa Borghese. “Lo bueno de ser viejo es que puedes dormir en sitios mejores, lo malo es que te gustaría cambiarlo todo por tener treinta años menos y dormir en sitios como el tuyo”. Y así, entre risas, y murmuraciones de cruces en los labios de nuevo al aterrizar, llegaron a Roma.

Bajaron juntos la escalerilla y esperaron a que los flecos negros escupieran sus pertenencias a través de la cinta. Las risas continuaron en el autobús, conversaciones de “Derecho Comparado” como él decía, amenas porque ella tenía la luz de la juventud, el destello de lo puro, la inmarcesabilidad de la terra incognita, el fulgor del oro en una sonrisa desarmante. Él le sugirió apresuradamente y con no disimulada timidez los sitios de visita obligatoria, las rutas, los horarios, los pequeños trucos para hacer su estancia más provechosa. De su boca salieron palabras como “Foro, Panteón, Museos Vaticanos, Capilla Sixtina, Nabona, España, Miguel Angel, gelatos, expressos, Doria-Phampili…” con cadencia pseudo robótica y profesional, y se refugió en la experiencia de lo que contaba para no dar a la despedida el menor drama, consciente de que que aquella veinteañera con sandalias le producía a su estómago reacciones nada buenas para un hombre de su edad.

-¿Y no me vas a dar tu teléfono?- Súbitamente dijo ella cuando él terminó la retahíla de nombres.

- Umm…sí, claro…¿lo quieres?- preguntó ligeramente azorado por la estupidez de su pregunta.

- Pues claro que lo quiero. Podíamos quedar un día de estos y enseñarme algo que no venga en las guías. Vamos, si puedes o quieres. – dijo ella con una despreocupada seguridad, a la vez que se ponía una cinta en el pelo.

- Vale. Toma nota de mi número. Llámame si lo necesitas. Será un placer que me cuentes que tal te ha ido.

- Lo haré. Pero prométeme una cosa..

- ¿Qué?

- Que me dirás qué haces aquí después de veintitantos años…

No terminó la frase cuando su autobús le cerró la puerta en las narices y él se quedó mirándo como el espacio preciso entre el autobús que se alejaba y él, se convertía en un campo magnético más milenario que la ciudad más milenaria del mundo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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