Rai era cocinero por vocación. De pequeño ya era el pinche eficiente de su madre y mezclaba travesuras con batir huevos, preguntaba por las trufas blancas a la vez que hacía las tareas del colegio, desheredado en una mesa, mientras alienado sin saberlo aprendía los afluentes del Duero rodeado de los efluvios deliciosos del asado que lo transportaba a paraísos arcanos.
Ingresó en una prestigiosa Escuela de Hostelería. Aprendió a pulir su talento para la cocina, refinó el arte materno de los salmorejos y los arroces caldosos de la tía Enriqueta –ese silencio extático donde decidían qué faltaba y sobraba- y se convirtió en poco tiempo en una mago hacedor de sabores exquisitos.
Abrió un modestísimo local que rápidamente prosperó. Los clientes primeros se arrogaron la condición de descubridores de un nuevo mundo y como “Colones” que atesoraban un secreto, le contaban a amigos entre susurros, el arco iris sensual de la comida de Rai. Platos nuevos, con una cadencia desconocida, comer allí suponía abandonarse, masticar en silencio pedacitos de nubes sin saber a que sabían las nubes.
Pasó el tiempo y en su cabeza comenzó a abrirse paso una idea.”A su cocina le faltaba profundidad”. ¿Qué era la profundidad?. Era un tema opinable, desde luego. Los platos pueden ser dulces, salados, amargos, insípidos, pueden estar quemados, crudos, pasados, tiernos, duros, ¿pero profundos? No podía hablar con nadie de esto, porque lo tomarían por loco ¿Existía la tridimensionalidad en la comida? Para él era un concepto absoluto. Contemplar algunos cuadros de El Prado suponía indefectiblemente acordarse de la profundidad del boletus con aromas de alcaparras y reducción de hojas de amapola. Invención suya aclamada en medio mundo. Pero carecía de profundidad.
Una semana después les dijo a todos que cerraba. Necesitaba un descanso para replantearse su vida entera. Canceló todas las reservas y dio las últimas seis cenas. Era su número preferido. En esa noche terminal extrañamente no se cubrió la mesa número seis. Nadie llamó para dar ninguna explicación.
Llegó cansado a su casa. Hizo la maleta apresuradamente, compró un billete a Tokio y durmió durante catorce horas presintiendo que se acercaba a la profundidad. Durante los despertares brumosos en el asiento tenía la sensación de que alguien le observaba.
Llegó al hotel, salió y estuvo parado en Shibuya durante una hora. Allí, perplejo entre miles de personas que cruzaban, se acordó de aquella vez que quiso hacer flan de nieve. Transcurrieron meses. Madrugadas en Tsukiji viendo las hileras de atunes gigantescos. Tragos de sake en Nakameguro.
Miraba el anuncio de televisión en un enorme centro comercial de Akihabara sobre un nuevo videojuego cuando notó una mano sobre su hombro. “¿Eres Rai?" Se volvió y antes de que dijera nada, continuó: “Soy la sexta mesa. Tuve un retraso en el avión. Lo siento mucho. Al día siguiente ya no había nadie”.
La miró. Sus ojos. La profundidad. Sólo acertó a contestarle: “¿Quieres que te cocine algo ahora?". Ella levantó la vista hacia un helicóptero lejano que hacía llegar un ruído metálico: “Rabo de toro”.

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