lunes, enero 25, 2010
El Despertar del Pez Payaso
Todo empezó con una llamada equivocada. Entre la oscuridad logró descolgar el teléfono. Al “dígame” somnoliento le respondió una apagada respiración. Y después un clic.
A la noche siguiente, pasó lo mismo, salvo que no eran las cuatro sino las tres.
Quizá todo este asunto estaba maldito, quizá alguien lo había visto. Pero era imposible. Seguramente el tipo que andaba detrás de las llamadas se cansaría, eso pasaba constantemente y dentro de nada se metería en la cama sin ese temor sordo, sin la ominosa última mirada al teléfono.
Es curioso cómo cambian los hábitos. Uno se cree que lo que ha hecho durante años será lo que haga siempre. Pero es mentira. El fluir de la costumbre tiene meandros extraños, el agua panda de la rutina zigzaguea entre la realidad, se esconde y desaparece, encuentra nuevos territorios de forma silenciosa, y se apodera de la persona como un replicante biónico, una tenia invisible con alambres telescópicos que mueve brazos y piernas. Por ejemplo, ahora Américo Herzog no podía salir a trabajar sin abrir el armario, agacharse hasta encontrar debajo del final de los abrigos una caja de cartón donde guardaba zapatos que no usaba, tirar de la cremallera de una bolsa negra que había escondido al fondo y tocar el fulgor áspero, iridiscente de los dos mil billetes de quinientos euros.
En la oficina realizaba sus funciones de una manera desapasionada y eficaz y entre sus compañeros de trabajo tenía merecida fama de reservado y puntualmente inabordable. Era de esas personas que se sentían sutilmente incómodas con la habitual confianza que surgía con el transcurso del tiempo entre aquellos que compartían la misma actividad. Hacía años que los e-mails humorísticos unos, y pornográficos otros, tan extendidos en la oficina, que provocaban las risas contenidas y un poco culpables de los demás en su horario laboral, no llegaban a su correo. Ni tampoco había invitación para la cerveza pre-fin de semana, esas charletas en el bar y esas manos encima de los hombros. Suponía que a todos esos usos corporativos había renunciado sólo una vez. Tampoco lo recordaba. Quizá cuando llegó y alguno de los empleados le ofreció integrarse en el redil de la empresa, él dijo “no”. No a la cerveza y por favor no a mandar archivos mi cuenta de correo. Y de ahí venía la actual abstracción, esa invisibilidad sin empatía, esos buenos días, adioses sin esperar más respuesta que las palabras qué el acababa de lanzar con mirada huidiza.
Lo peor de Américo Herzog es que esa melancolía disidente se la llevaba bajando por el ascensor dentro de su maletín, viajaba con él en el coche hasta llegar a casa y definitivamente se mimetizaba en la llave que abría la puerta de la casa donde le esperaba la mujer con la que se había casado hacía veinteaños.
¿En qué momento se jodió todo? Ella era la chica más guapa del instituto, aquella con la que todos los amigos soñaban, la que provocaba la interrupción de las conversaciones cuando con una elegancia de cariátide pasaba sonriente por el pasillo. Ella, poseedora sin saberlo del halo indescifrable de las elegidas, andaba por allí con su carpeta, con sus apuntes, como un ángel perfecto y sin mácula que sólo tenía como misión en la Tierra provocar en los demás el sobrecogimiento absoluto al contemplar la belleza con mayúsculas.
Un día de Agosto coincidieron en la piscina municipal. Ella iba con amigas de clase a las que Américo conocía. Sin preguntar nada se sentaron juntos, y hubo risas entre aquel agua azul, ligerísimos roces de piel húmeda. Todavía recordaba el estar sentados en el césped y cómo él hacía esfuerzos por aparentar que seguía el fondo de lo que estuviera diciendo con asentimiento, el ocultar que no hablaba y que la miraba. Pero que no la oía, que buceaba perdido en sus ojos, preso sin remedio del fulminante relámpago traspasador de los momentos sin retorno.
Y se casaron. Como una prolongación normal de las cosas, ilusionados, soñaron con países lejanos, y soñaron también con domingos por la tarde en el sofá, hechos un ovillo viendo una película, e imaginaron incluso alguna vez como sería tener un hijo. Y permanecieron los ojos brillantes, aquellos de la lejana tarde de piscina de un veinticinco de Agosto.
Fue el tiempo. Eso se decía él para justificar el estado de las cosas. Cuando abría la puerta, - cuando la melancolía disidente lo hacía- decía un “hola” difícilmente distinguible de los previos en jornada laboral y –dagas arteras- sus oídos recibían un saludo monocorde de la mujer que tenía el letal poder de pararle el corazón.
A partir de ahí, la tarde transcurría por territorios comunes, frases de complicidad manida, pactos de no agresión empíricamente valiosos para no generar situaciones desagradables.
“¿En qué momento se jodió esto?”, pensaba Américo pelando una naranja mientras ella buscaba entre el racimo de uvas, la más apropiada para redondear el postre.
- ¿Oíste anoche el teléfono?- Preguntó
- No, no oí nada, me dormí enseguida- contestó llevándose la uva a la boca
- Pues volvieron a llamar. Eran las cuatro. Te juro que no aguanto más. Llevamos dos meses así. Y a ti parece que te da igual, es como si no le dieras importancia.
- Porque no la tiene. Seguro que se aburrirá muy pronto y ya no te llama más. Y después, puede que incluso eches de menos esos despertares.
- Pues ojalá le llegue pronto el aburrimiento. Y otra cosa. ¿Por qué dices “el que te llama”? Podría ser para ti. – Y Américo la miró.
- No creo. Seguro que no.
Pasaron tres noches sin llamadas. Soñaba con peces payaso, con su atigrado diseño de mandarina y cebra, entre un fondo turquesa salpicado de colores, él sumergido entre aquellos peces, tocándolos, cuando un pitido intermitente, un zumbido lejano se coló en aquel mar sin nombre. Era el móvil que crepitaba en la mesita. Número privado de nuevo.
-¿Dígame?
El vacío. Pero esta vez oyó algo. Un llanto sordo, inaudible, estaba al otro lado. Encendió la luz, se levantó. Fue a la cocina. Allí estaba ella. Llorando.
- ¿Eres tú la que ha estado llamando todo este tiempo?
Ella lo miró como nunca lo había hecho, con un registro nuevo y recorrió escrutadoramente todo su cuerpo.
- ¿Me vas a dejar, verdad? Preguntó ella de golpe. – He visto lo que guardas en la bolsa, ese dinero, que revisas todos los días. Y que no tengo ni idea de dónde ha salido. Llevo sufriendo años como te vas alejando, soy alguien con la que vives pero no sé si soy la persona con la que quieres vivir. Es más – y sus lágrimas le caían por la mejilla, se bifurcaban por sus labios espléndidos hasta morir en el vacío- quizá sería lo mejor. Que te fueras.
Américo Herzog sostenía el móvil como un pájaro muerto mientras buscaba palabras precisas que trasladaran lo que sentía. Allí estaba la mujer de su vida, con las ojeras más bonitas del mundo, poseedora del tono de voz bíblico que hacía que todas las fieras de todas las selvas detuvieran su camino, diciéndole que todo había terminado.
Salió rápidamente. Abrió el armario, sacó la bolsa y se dirigió de nuevo a la cocina.
-Ábrela, por favor.
- Ya sé lo que hay- musitó ella.
- Por favor.
Con sus dedos menudos abrió la bolsa. No había nada. Nada. Sólo un sobre abultado en el lateral. Ella lo despegó, sin entender nada. Billetes de avión con los nombres de los dos aparecieron, cientos de billetes hacia sitios que ni siquiera sabía que existían iban cayendo sobre la mesa mientras él la besaba como aquel veinticinco de Agosto y le prometía que a partir de ahora ellos sí tendrían una segunda oportunidad sobre la Tierra.
- ¿De dónde venía ese dinero? ¿Dónde está ahora?-susurró.
- Te lo diré cuando lleguemos a Buenos Aires, amor.
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